Salí del despacho del doctor Leal sin sentir las piernas.
El pasillo de la clínica seguía tan silencioso como cuando llegué, pero ahora cada paso parecía pesar el doble.
Antes de que pudiera marcharme, el doctor volvió a llamarme.
—Señora Calvo.
Me giré.
—Hay algo más.
Regresé al despacho.
Él cerró la puerta con calma.
—Necesito insistir en algo importante. No saque conclusiones todavía.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo no voy a hacerlo?
El doctor apoyó las manos sobre la mesa.
—Lo único que sabemos con certeza es que la muestra presentada en los análisis prematrimoniales no corresponde a la identidad de Daniel según nuestros registros previos.
Hizo una pausa.
—No sabemos quién acudió en su lugar ni por qué.
Asentí lentamente.
Aquella diferencia importaba.
Mucho.
Abrió entonces otra carpeta.
—La persona que realizó la prueba firmó toda la documentación habitual.
Me mostró una copia.
La firma parecía la de Daniel.
O, al menos, lo bastante parecida para que nadie hubiera sospechado.
—¿Cómo pudo pasar esto?
—La investigación interna sigue abierta.
No queremos acusar a nadie sin revisar toda la documentación.
Respiré hondo.
—¿Qué necesitan de mí?
—Una nueva muestra genética de su marido para confirmar definitivamente la discrepancia.
Sentí un nudo en el estómago.
—Eso significará decirle que sé algo.
El doctor negó despacio.
—Antes de tomar cualquier decisión, queríamos informarle a usted.
Guardó silencio unos segundos.
—Hay otro dato que quizá le resulte relevante.
Abrió el registro de acceso del día de los análisis.
—La cita estaba programada a nombre de Daniel Calvo.
Pero el sistema también registró la presencia de otra persona ese mismo día.
Leí el nombre.
Rubén Ortega.
No lo reconocí.
—¿Quién es?
El doctor cerró la carpeta.
—No puedo facilitar información médica de otros pacientes.
Solo puedo decirle que ese nombre figura en el registro de acceso del mismo tramo horario.
El corazón empezó a latirme con fuerza.
Rubén.
Nunca había oído hablar de ningún Rubén relacionado con Daniel.
Aun así, algo me decía que aquel nombre no había aparecido allí por casualidad.
Conduje de regreso al hotel intentando recordar conversaciones de los últimos meses.
Viajes de trabajo.
Reuniones.
Llamadas que Daniel respondía fuera de la habitación.
Promesas de que todo estaba bajo control.
Al entrar encontré a Daniel despierto.
Sonrió al verme.
—Pensé que te habías perdido buscando café.
Me abrazó.
Olía al mismo perfume de la boda.
Al mismo hombre con el que había bailado la noche anterior.
—¿Todo bien?
Lo miré durante unos segundos.
Había imaginado muchas veces cómo sería nuestro primer desayuno como marido y mujer.
Nunca pensé que empezaría preguntándome si conocía realmente a la persona que tenía delante.
Forcé una sonrisa.
—Sí.
Solo había salido un momento.
Fue mi segunda mentira.
Y mientras Daniel seguía hablándome de la luna de miel, yo solo podía pensar en una pregunta que empezaba a hacerse cada vez más grande.
Si él no acudió a aquellos análisis…
¿Quién era realmente Rubén Ortega?

Y, sobre todo…
¿Por qué alguien habría aceptado ocupar el lugar de otro justo antes de una boda?