El restaurante entero quedó en silencio.
Roberto fue el primero en reaccionar.
Soltó una risa incrédula.
—¿Señor Alcázar?
El gerente asintió inmediatamente.
—Sí, señor.
Miraba a Julián con un respeto que ninguno de nosotros le había visto antes.
—El consejo de administración ya comenzó. Todos lo están esperando.
Julián respiró con calma.
—Diles que llegaré en quince minutos.
—Por supuesto.
El gerente inclinó ligeramente la cabeza antes de retirarse.
Nadie dijo una palabra hasta que desapareció.
Roberto volvió a romper el silencio.
—¿Qué consejo?
Julián sonrió apenas.
—El de la fundación.
Roberto soltó el aire.
—Ah… pensé que hablaban de otra cosa.
Pero Mauricio seguía mirando el sobre color marfil.
—¿Qué fundación?
Julián me observó.
—¿Prefieres que lo expliquemos otro día?
Negué lentamente.
Ya había soportado suficientes insinuaciones por una sola noche.
—No.
Ahora.
Julián tomó asiento otra vez.
Abrió el sobre y extrajo varios documentos.
Los colocó frente a mí.
En la primera hoja aparecía el logotipo de la Fundación Alcázar para la Conservación del Patrimonio Histórico.
Debajo figuraba su nombre completo.
Julián Alcázar.
Presidente.
Verónica frunció el ceño.
—¿Desde cuándo eres presidente de una fundación?
Julián respondió con absoluta tranquilidad.
—Desde hace once años.
Roberto sonrió con desconfianza.
—¿Y también reparas relojes por afición?
—No.
Reparo relojes porque me gusta hacerlo.
El silencio volvió a caer sobre la mesa.
Julián acarició suavemente el viejo reloj de bolsillo de Ernesto.
—Mi abuelo era relojero.
Aprendí con él cuando tenía nueve años.
Aunque después trabajé en otra profesión, nunca dejé el taller.
—¿Qué profesión? —preguntó Mauricio.
Julián guardó unos segundos de silencio.
—Durante treinta y siete años dirigí Alcázar Capital.
Sentí que Verónica dejaba caer el tenedor.
Incluso Roberto dejó de sonreír.
Conocían perfectamente ese nombre.
Era uno de los grupos de inversión privados más importantes del país.
—Me retiré hace cuatro años —continuó Julián—. Desde entonces dedico casi todo mi tiempo al taller y a la fundación.
Roberto tragó saliva.
—Entonces…
¿Por qué trabaja en un local tan pequeño?
Julián sonrió con serenidad.
—Porque allí soy feliz.
No necesito un edificio de veinte pisos para saber quién soy.
…
Nadie encontraba qué decir.
Finalmente fui yo quien rompió el silencio.
—¿Por qué nunca me contaste nada?
Él me miró con ternura.
—Porque la primera vez que hablamos, no me preguntaste cuánto dinero tenía.
Me preguntaste si creía que un reloj podía volver a funcionar después de ocho años detenido.
Sentí un nudo en la garganta.
Era verdad.
Nunca hablamos de patrimonio.
Hablábamos de libros.
De música.
De Ernesto.
Del paso del tiempo.
…
Roberto comenzó a ponerse nervioso.
—Bueno…
Supongo que todos juzgamos demasiado rápido.
Julián lo miró sin rastro de resentimiento.
—No.
Usted me juzgó exactamente como acostumbra juzgar a la gente.
Por su apariencia.
Roberto bajó la vista.
…
En ese momento sonó nuevamente el teléfono de Julián.
Esta vez respondió.
—Sí.
Escuchó unos segundos.
—Voy para allá.
Colgó.
Después volvió hacia mí.
—Elena.
Lo que quería explicarte esta noche no tiene que ver conmigo.
Empujó el sobre hacia mis manos.
Había otro documento debajo.
Esta vez llevaba mi nombre.
Lo abrí lentamente.
Era una escritura.
Levanté la vista, confundida.
—¿Qué es esto?
Julián respondió con absoluta calma.
—Hace ocho meses compré el edificio donde está mi taller.
La planta baja seguirá siendo la relojería.
Pero el segundo piso fue restaurado para convertirlo en un centro gratuito donde personas mayores puedan aprender oficios, reparar objetos antiguos y reunirse sin sentirse solas.
Respiró profundamente antes de continuar.
—Quería pedirte que lo dirigieras conmigo.
Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.
No era una propuesta de matrimonio.
No era un regalo.
Era una invitación para volver a tener un propósito.
Después de tantos años viviendo alrededor de una silla vacía.
…
Cuando salíamos del restaurante, Verónica corrió detrás de mí.
—Mamá…
Espera.
Me giré lentamente.
Ella tenía los ojos húmedos.
—Perdóname.
Debí detener a Roberto desde el primer momento.
No supe qué responder.
Entonces Julián habló con una voz tranquila.
—Las disculpas valen mucho cuando llegan antes de que sea demasiado tarde.
Verónica asintió en silencio.
Pero justo cuando pensábamos marcharnos, el celular de Julián volvió a vibrar.
Leyó el mensaje.
Por primera vez desde que lo conocía, su expresión cambió.
Me mostró la pantalla.

Era un correo del abogado de Ernesto, mi esposo fallecido.
“Acabamos de encontrar una carta escrita por don Ernesto pocos días antes de morir. Está dirigida exclusivamente a usted y al señor Julián Alcázar. Debe abrirse mañana, en presencia de ambos.”
Julián levantó lentamente la mirada.
—Elena…
Creo que tu esposo sabía mucho más de nosotros… de lo que cualquiera habría imaginado.