PARTE 2 — El nombre que lo aterrorizó

La puerta golpeó la pared con tanta fuerza que dos enfermeras levantaron la vista desde el pasillo.

Adrian respiraba agitado.

La corbata estaba torcida.

Parecía haber conducido sin detenerse en ningún semáforo.

—¿Dónde está el certificado de nacimiento? —repitió—. ¿Y qué nombre pusiste como padre?

Lo miré en silencio.

Noah seguía dormido sobre mi pecho, ajeno al caos.

Acomodé con cuidado la manta antes de responder.

—Hola, Adrian.

Él ignoró el saludo.

—Contéstame.

—Baja la voz. Acabas de entrar a una sala de maternidad.

Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en la cuna transparente.

Por primera vez vio a mi hijo.

Se quedó inmóvil.

Tenía mis ojos.

Pero aquella pequeña nariz…

Era idéntica a la suya.

Adrian tragó saliva.

—Es… mío.

No era una pregunta.

Era una certeza.

Respiré despacio.

—Hace seis meses dijiste que ese embarazo era “demasiado conveniente”. No veo por qué el tema te interesa ahora.

Él pasó una mano por su cabello.

—Escúchame con atención.

Su voz ya no sonaba arrogante.

Sonaba asustada.

—Nadie puede saber que existe este bebé.

Fruncí el ceño.

—¿Perdón?

Se acercó un paso.

—Por favor.

No lo inscribas todavía con mi apellido.

No hables con periodistas.

No publiques fotografías.

No se lo digas a Vanessa.

Lo observé como si estuviera viendo a un desconocido.

—¿Te preocupa tu boda?

Él negó rápidamente.

—No entiendes.

—Explícame.

Miró hacia la puerta para asegurarse de que nadie escuchaba.

Después habló casi en un susurro.

—El padre de Vanessa cree que yo no tengo hijos.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Y?

—El contrato matrimonial incluye una cláusula.

Permanecí en silencio.

—Si descubren que oculté un hijo antes del matrimonio… cancelarán toda la inversión.

La habitación quedó completamente en silencio.

No podía creer lo que estaba escuchando.

Mi hijo acababa de nacer.

Y la primera preocupación de Adrian no era conocerlo.

Ni saber si estaba sano.

Ni preguntarme cómo había sobrevivido al parto.

Lo único que le importaba era un contrato.

—¿Viniste hasta aquí…

…para pedirme que esconda a nuestro hijo?

No respondió.

Ese silencio dijo más que cualquier palabra.

Lentamente abrí el cajón de la mesa de noche.

Saqué una carpeta azul.

La dejé sobre la cama.

Adrian la miró con ansiedad.

—¿Es el certificado?

—Sí.

Estiró la mano para tomarlo.

Pero coloqué la mía encima.

—Antes quiero que respondas una pregunta.

Él asintió con impaciencia.

—¿Cuál?

—Si hoy no existiera ese contrato millonario…

¿Habrías venido?

Su expresión cambió.

No encontró ninguna respuesta.

Porque ambos conocíamos la verdad.

Retiré lentamente la mano.

Adrian abrió el documento con rapidez.

Sus ojos fueron directamente a la línea donde aparecía el nombre del padre.

Leyó una vez.

Después otra.

Y una tercera.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Qué… qué significa esto?

En el certificado no aparecía su nombre.

En ese espacio solo había una frase.

“Padre: pendiente de resolución judicial.”

Adrian levantó la vista, completamente desconcertado.

—¿Por qué hiciste esto?

Lo miré con absoluta calma.

—Porque hace seis meses dijiste ante un juez que dudabas de la paternidad de este niño.

Hice una breve pausa.

—Ahora será otro juez quien decida cuándo tendrás derecho a llamarte su padre.

En ese instante llamaron suavemente a la puerta.

Una enfermera asomó la cabeza.

—Señora Vale…

Hay dos agentes federales preguntando por el señor Adrian Vale.

Dicen que necesitan hablar con él… antes de que llegue a su boda.

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