PARTE 2: EL NOMBRE QUE CAMBIÓ TODO

Miré el documento durante varios segundos.

No podía mover los ojos.

No podía respirar con normalidad.

Porque el nombre escrito en la página no era desconocido.

Era alguien que yo conocía.

Alguien que había estado presente en mi vida mucho antes de esa llamada a las 2:07 de la madrugada.

—No puede ser… —susurré.

Renee observó mi reacción con atención.

—¿Lo conoces?

Levanté la mirada lentamente.

—Sí.

Ella apretó los dedos sobre el reposabrazos de su silla.

—Entonces entiendes por qué te necesito.

El nombre seguía frente a mí.

Marcus Hale.

Su supuesto prometido.

El hombre que había desaparecido justo cuando Renee más lo necesitaba.

Pero no era solo eso.

Marcus había sido mi antiguo jefe.

Cinco años atrás, antes de la muerte de Sarah, yo trabajaba como técnico de mantenimiento en una empresa contratista que tenía varios acuerdos con Sterling Global.

Marcus era uno de los ejecutivos jóvenes que visitaban las instalaciones.

Siempre llevaba trajes caros.

Siempre sonreía.

Siempre hablaba como si el mundo le perteneciera.

También fue el hombre que firmó el último proyecto en el que trabajé antes de dejar mi empleo para cuidar a Sarah durante su enfermedad.

Recordé perfectamente la última vez que lo vi.

Me estrechó la mano y me dijo:

—Daniel, eres demasiado bueno para quedarte arreglando cables toda tu vida.

Entonces no entendí lo que significaba.

Ahora sí.

Renee tomó aire con dificultad.

—Cuando mi padre murió, Marcus apareció como un salvador. Me ayudó a manejar la empresa. Me convenció de que confiara en él.

Hizo una pausa.

—Y después de mi diagnóstico, empezó a mover acciones sin mi autorización.

Miré los documentos.

Transferencias.

Cambios de propiedad.

Firmas digitales.

Todo estaba ahí.

—¿Cómo conseguiste esto?

Renee miró hacia la ventana.

—Porque alguien dentro de la empresa me ayudó.

—¿Quién?

Su expresión se volvió más seria.

—Esa es la parte que todavía no sé.

El silencio llenó la habitación.

Afuera, Boston seguía viviendo como si nada estuviera pasando.

Personas caminando.

Autos pasando.

Luces encendidas.

Pero dentro de aquella mansión, una mujer que todos creían derrotada estaba preparando una guerra.

—Renee, no entiendo algo —dije—. Si tienes pruebas contra Marcus, ¿por qué necesitas fingir que somos pareja?

Ella me miró directamente.

—Porque la junta directiva cree que estoy demasiado enferma para dirigir.

—¿Y?

—Si creen que tengo estabilidad personal y apoyo externo, no podrán activar la cláusula de incapacidad.

Fruncí el ceño.

—¿Y yo qué tengo que ver con eso?

Renee deslizó otro documento.

Era un contrato.

—Mi padre dejó una condición en el testamento.

Leí la primera página.

Mis ojos se abrieron.

“Si Renee Sterling pierde temporalmente la capacidad de liderazgo, el control de Sterling Global pasará a un fideicomiso externo administrado por una persona sin vínculos corporativos”.

Levanté la mirada.

—¿Y esa persona soy yo?

Ella asintió.

—Porque no tienes ambición.

La frase me golpeó de una manera extraña.

—Eso suena como un insulto.

Por primera vez sonrió un poco.

—No lo es.

Miró mis manos llenas de pequeñas cicatrices por años de trabajo.

—Todos los hombres que me rodean quieren algo de mí. Dinero. Poder. Influencia.

Bajó la voz.

—Tú fuiste al hospital porque una mujer desconocida tenía miedo de morir sola.

No supe qué responder.

Porque era verdad.

No fui por dinero.

No fui por negocios.

Fui porque recordé a Sarah.

Esa noche, cuando acepté escuchar la propuesta de Renee, pensé que estaba entrando en un simple acuerdo.

Me equivoqué.

Al día siguiente, fui a la sede de Sterling Global.

Y todos los empleados se quedaron mirándome.

Un hombre con botas gastadas.

Una chaqueta vieja.

Sin traje.

Sin experiencia empresarial.

Caminando al lado de la mujer que controlaba una compañía de miles de millones.

Entonces apareció Marcus Hale.

Perfectamente vestido.

Con una sonrisa tranquila.

Como si no hubiera pasado nada.

—Daniel —dijo sorprendido—. ¿Qué haces aquí?

Lo miré fijamente.

—Vine a trabajar.

Su sonrisa desapareció apenas un segundo.

Pero fue suficiente.

Porque en ese instante confirmé algo.

Marcus no estaba sorprendido de verme.

Estaba preocupado.

Y cuando Renee tomó mi mano delante de todos y anunció:

—Les presento a mi socio.

El rostro de Marcus perdió todo color.

Porque acababa de darse cuenta de algo.

El hombre al que había ignorado durante años era ahora la única persona capaz de destruir su plan.

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