PARTE 2: EL NOMBRE PROHIBIDO

—Samuel Bennett —repitió Sammy.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Samuel había sido mi mejor amigo.

Mi socio.

El hombre que conducía la noche del accidente que casi me mató veinte años atrás.

Todos me dijeron que Samuel había huido después.

Nunca volví a verlo.

—¿Quién te habló de él? —pregunté.

Sammy señaló a su madre.

Rebecca comenzó a llorar.

—Mi padre.

La miré confundido.

—¿Samuel era tu padre?

Ella asintió.

Todo mi cuerpo se tensó.

Rebecca llevaba trabajando en mi casa casi cuatro años y jamás había mencionado aquel apellido.

—¿Por qué viniste aquí?

—Porque antes de morir, mi padre me dejó algo para ti.

Samuel estaba muerto.

Había fallecido tres años antes de que Rebecca solicitara trabajo en mi mansión.

Ella corrió hacia la casa y regresó con una pequeña caja metálica.

Dentro había una llave, una fotografía y una memoria USB.

La fotografía mostraba a Samuel y a mí con veintidós años.

Detrás había escrito:

Ethan nunca supo quién manipuló el coche.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Manipuló?

Rebecca conectó la memoria a mi computadora.

Apareció un video grabado por Samuel poco antes de morir.

Su rostro estaba envejecido.

—Ethan, si estás viendo esto, significa que mi hija finalmente decidió confiar en ti.

Tragué saliva.

—Yo no provoqué aquel accidente.

Samuel explicó que había descubierto irregularidades en Caldwell Industries.

Alguien desviaba dinero mediante empresas fantasma.

La noche del accidente, él llevaba documentos para entregármelos.

Pero los frenos fallaron.

Samuel sobrevivió y despertó días después bajo otro nombre en una clínica privada.

Alguien le dijo que yo había muerto.

A mí me dijeron que él había escapado.

Nos separaron deliberadamente.

—¿Quién? —susurré.

El video terminó antes de responder.

Pero Rebecca colocó la llave en mi mano.

—Mi padre dijo que abre una caja de seguridad.

—¿Dónde?

—En el banco que administra el fideicomiso Caldwell.

Aquella tarde mi abogado verificó el número.

La caja seguía activa.

Y estaba registrada conjuntamente a nombre de Samuel Bennett y otra persona.

Mi madre.

Sentí un vacío en el pecho.

Ella había muerto hacía ocho años.

Dentro de la caja encontramos registros bancarios, informes del accidente y una evaluación médica que jamás había visto.

Mi neurólogo actual leyó la última página dos veces.

—Ethan, esto cambia algunas cosas.

—¿Qué cosas?

Señaló una anotación.

Después del accidente original, mis lesiones habían respondido parcialmente al tratamiento.

Había recuperado sensibilidad.

Alguien había cancelado la rehabilitación experimental antes de completarla.

La autorización llevaba mi firma.

Era falsa.

Rebecca encontró entonces otro sobre.

Para Ethan, cuando vuelva a perder las piernas.

La habitación quedó completamente en silencio.

—¿Cuando vuelva a perderlas? —murmuré.

Mi accidente reciente había ocurrido apenas nueve meses atrás.

Samuel llevaba muerto siete años.

Abrí el sobre.

Dentro solo había una frase:

Si estás otra vez en una silla de ruedas, Ethan, entonces la persona que intentó destruirnos hace veinte años nunca dejó de vigilarte.

Debajo había un nombre.

El mismo hombre que actualmente dirigía mi fundación médica.

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