PARTE 2: EL NOMBRE FALSO

El tren avanzaba bajo la lluvia con un balanceo lento y constante.

Apoyé la frente contra la ventana.

Las luces de Harbor City ya eran apenas un reflejo lejano.

Por primera vez en cinco años, nadie sabía dónde estaba.

O eso creía.


En Nueva York, Ethan Whitmore dejó de firmar el contrato que tenía frente a él.

—¿Qué dijiste?

La voz del jefe de seguridad sonó al otro lado de la línea.

—Su exesposa utilizó una identidad falsa para salir de Harbor City.

Ethan se puso de pie.

—¿Cuál?

—Clara Hayes.

Él sonrió con frialdad.

—No.

El hombre guardó silencio.

—Ese nombre no lo eligió ella.

Ethan caminó hasta el enorme ventanal de su oficina.

—Clara Hayes murió hace doce años.

Del otro lado de la línea no se escuchó nada.

—Encuentren quién le dio esa identidad.

Colgó sin esperar respuesta.


Yo ignoraba por completo aquella conversación.

Acababa de terminar una taza de té cuando alguien llamó suavemente a la puerta de mi compartimento.

Tres golpes.

Pausados.

Abrí apenas unos centímetros.

Era el revisor.

—¿Su boleto, señorita Hayes?

Se lo entregué.

Lo observó apenas unos segundos.

Después levantó la vista.

Sus ojos permanecieron sobre mí un instante más de lo normal.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

¿Me había reconocido?

Pero él solo devolvió el boleto.

—Que tenga un buen viaje.

Respiré cuando se alejó.


Dos vagones más atrás, un hombre de abrigo oscuro cerró discretamente su computadora portátil.

No era pasajero.

Era uno de los responsables de seguridad del tren.

Acababa de recibir una fotografía.

Mi fotografía.

Debajo aparecía una única instrucción.

“Si identifica a esta mujer, comuníquelo inmediatamente.”

El hombre observó la imagen.

Después miró la lista de pasajeros.

El nombre “Clara Hayes” llamó su atención.

Frunció el ceño.

Pero no hizo ninguna llamada.

Simplemente cerró el ordenador.


Tres horas después, el tren redujo la velocidad.

Una voz anunció por los altavoces:

—Próxima parada: Ashford.

Miré por la ventana.

El andén estaba lleno de policías.

Patrullas.

Perros.

Agentes revisando documentos.

Sentí un escalofrío.

No podía ser una coincidencia.

La puerta de mi compartimento se abrió de golpe.

La misma empleada que me había acompañado al subir entró rápidamente.

—No baje aquí.

—¿Qué ocurre?

Ella cerró la puerta.

—Están revisando todas las identificaciones.

Mi respiración se hizo más pesada.

—¿Me están buscando?

La mujer dudó unos segundos.

—No lo sé.

Pero abrió una pequeña puerta oculta al fondo del compartimento.

Nunca la había visto.

—Venga conmigo.


El pasillo secreto comunicaba varios vagones de servicio.

Caminamos deprisa.

Finalmente llegamos a una pequeña oficina.

Allí nos esperaba un anciano de cabello completamente blanco.

Vestía el uniforme del jefe de estación.

Cuando me vio, sonrió con una tristeza extraña.

—Se parece muchísimo a ella.

Fruncí el ceño.

—¿A quién?

El hombre no respondió de inmediato.

Sacó una vieja fotografía del bolsillo interior de su chaqueta.

Era una mujer joven.

Tenía mi misma mirada.

Mi mismo cabello oscuro.

Y llevaba exactamente el mismo colgante de jade que yo había entregado en el hotel.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Quién es?

El anciano acarició la fotografía con los dedos.

—Su madre.

Las piernas estuvieron a punto de fallarme.

—Eso es imposible.

—No.

Levantó lentamente la vista.

—La conocí hace treinta años.

Se hizo un largo silencio.

—Ella también huyó de Harbor City.

Noté que mis manos empezaban a temblar.

—¿Usted… la conocía?

El hombre asintió.

—Más de lo que imagina.

Respiró profundamente antes de continuar.

—Y también conocí al hombre del que escapaba.

Tragué saliva.

—¿Quién era?

El anciano sostuvo mi mirada.

—El padre de Ethan Whitmore.

Sentí que el mundo entero dejaba de tener sentido.

Porque, de pronto, comprendí que mi matrimonio con Ethan quizá nunca había sido una casualidad.

Y antes de que pudiera formular una sola pregunta más, el anciano pronunció unas palabras que cambiaron por completo todo lo que creía saber sobre mi vida.

—Él no te encontró hace cinco años por accidente.

Hizo una pausa.

—Llevaba buscándote desde mucho antes de conocerte.

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