Las palabras de Allison atravesaron mi pecho con más fuerza que cualquier bisturí.
—Papá… no dejes que descubra que todavía estoy viva.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Quién, hija? ¿Lucas?
Ella cerró los ojos de inmediato, como si incluso pronunciar un nombre pudiera ponerla en peligro.
El doctor Robert me tomó del brazo y me llevó unos pasos hacia el pasillo.
—Samuel, hay algo más.
Sacó una bolsa transparente de evidencia.
Dentro había un teléfono móvil completamente destrozado.
—Lo encontramos debajo del asiento del automóvil donde la dejaron.
Fruncí el ceño.
—¿Pudieron recuperar algo?
Robert asintió.
—El laboratorio logró extraer los últimos treinta segundos de un mensaje de voz.
Un técnico conectó el archivo al ordenador.
Primero solo se escuchaban respiraciones agitadas.
Luego apareció la voz aterrorizada de Allison.
—¡No… por favor… yo ya lo sé!
Después sonó una voz masculina.
Distorsionada.
Irreconocible.
—Nunca debiste buscar la verdad sobre tu padre.
Sentí que la sangre dejaba de circular por mis venas.
¿Mi padre?
¿Yo?
Eso no tenía sentido.
Entonces el audio terminó con un golpe seco y un grito.
Miré a Robert.
Él tampoco entendía nada.
En ese instante mi teléfono comenzó a vibrar.
Era Lucas.
Mi yerno.
Contesté sin decir una palabra.
—Doctor Samuel —dijo con una voz temblorosa—. Llevo una hora buscando a Allison. ¿Está con usted?
No sonaba como un hombre que ocultaba un crimen.
Sonaba desesperado.
—¿Dónde estás? —pregunté.
—En la comisaría.
Guardé silencio.
—Me acaban de detener porque encontraron mi camisa ensangrentada cerca del río. Pero yo nunca estuve allí.
Mi mirada cayó sobre el pedazo de tela que seguía dentro de la bolsa de evidencia.
Las iniciales.
L.J.B.
Todo apuntaba hacia él.
Y, sin embargo…
Algo no encajaba.
Antes de poder responder, una enfermera salió corriendo de la sala de traumatología.
—¡Doctor!
Corrimos de inmediato.
La cama de Allison estaba vacía.
Las vías intravenosas colgaban del suelo.

La ventana de la habitación permanecía abierta de par en par.
Pero lo que realmente hizo que se me helara el corazón fue la nota escrita con sangre sobre la almohada.
“Se llevaron a la hija equivocada.”