PARTE 2: EL NIÑO LO VIO TODO

Daniela introdujo la tarjeta en su computadora.

El primer archivo era un audio.

La voz de Rodrigo llenó la habitación.

—Cuando Daniela ya no pueda hacerse cargo de la empresa, activamos el poder legal.

Después habló Ofelia:

—¿Y Emiliano?

—Diremos que necesita atención especializada. Con el niño fuera, nadie podrá cuestionarnos.

Daniela sintió que Emiliano le apretaba la mano.

Pero el siguiente archivo era peor.

Había documentos de Desarrollos Salgado con su firma.

Firmas que ella jamás había hecho.

Transferencias.

Poderes notariales.

Informes médicos donde se afirmaba que Daniela sufría episodios de confusión.

Llevaban meses construyendo una historia para declararla incapaz.

—No querían solamente mi empresa —susurró—. Querían hacer parecer que estaba perdiendo la razón.

Jacinta asintió.

—Por eso insistían tanto con las cápsulas.

Daniela tomó el teléfono.

No llamó a Rodrigo.

Llamó a su abogado.

Después al jefe de seguridad de la empresa.

—Bloqueen inmediatamente cualquier operación que lleve mi firma sin verificación presencial. Y quiero una auditoría completa de los últimos doce meses.

Luego entregó el frasco a un laboratorio acreditado para que fuera analizado.

Aquella noche Rodrigo llamó desde Los Cabos.

—¿Tomaste tu vitamina?

Daniela miró a Emiliano.

—Sí.

Hubo un silencio.

Después Rodrigo respondió con dulzura:

—Buena niña.

Daniela tuvo que contener las náuseas.

—Estoy cansada.

—Entonces duerme. Mañana te sentirás mejor.

—Seguro.

Colgó.

Emiliano la abrazó.

—¿Va a volver?

—Sí.

Daniela acarició su cabello.

—Pero esta vez nosotros estaremos preparados.


Rodrigo y Ofelia regresaron dos días después.

Entraron en la casa sonriendo.

Daniela estaba sentada en el comedor con la cabeza apoyada sobre una mano.

—¿Daniela? —preguntó Rodrigo.

Ella levantó lentamente la mirada, fingiendo confusión.

—No me siento bien.

Ofelia y Rodrigo intercambiaron una mirada.

Fue rápida.

Pero Daniela la vio.

—Te dije que necesitabas descansar —respondió él.

Entonces Emiliano apareció en la escalera.

Rodrigo lo miró.

El niño retrocedió instintivamente.

Daniela dejó de actuar.

—No vuelvas a mirarlo así.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué?

Daniela se puso de pie.

Las puertas del salón se abrieron.

Entraron dos abogados, personal de seguridad y un representante legal de la empresa.

La sonrisa de Ofelia desapareció.

Daniela dejó la tarjeta de memoria sobre la mesa.

—Encontramos esto.

Rodrigo palideció.

—No sé qué es.

—Entonces quizá reconozcas tu voz.

Reprodujo el audio.

Ofelia se agarró a una silla.

Rodrigo intentó acercarse a la computadora.

Seguridad lo detuvo.

—¡Esto está manipulado!

—Perfecto —respondió Daniela—. Podrás explicarlo durante la investigación.

Después colocó frente a él las firmas falsificadas.

—También esto.

Por primera vez, Rodrigo perdió completamente la compostura.

—Daniela, escucha…

—Te escuché durante nueve años.

Señaló a Emiliano.

—Pero debí escucharlo a él.

El niño bajó lentamente las escaleras.

Rodrigo lo observó con incredulidad.

—Emiliano…

El pequeño tomó la mano de su madre.

Y entonces habló claramente delante de todos.

—Yo también escuché cuando escondiste los papeles en el despacho de la abuela Ofelia.

Ofelia quedó blanca.

—¿Qué papeles?

Emiliano señaló su bolso.

—Los que trajiste hoy.

Todos miraron hacia ella.

Ofelia apretó el bolso contra el pecho.

Daniela hizo una señal.

Su abogado habló:

—Señora Ofelia, nadie tocará sus pertenencias sin el procedimiento correspondiente.

Daniela sostuvo la mirada de su suegra.

—Pero ahora sabemos exactamente qué debemos buscar.

Ofelia miró a Rodrigo.

Y Daniela vio algo que no esperaba.

Miedo.

No hacia ella.

Hacia su propio hijo.

Rodrigo también lo comprendió.

—Mamá… ¿qué llevas ahí?

Ofelia retrocedió.

Emiliano susurró:

—Papá no sabe todo.

Daniela lo miró.

—¿Qué quieres decir?

El niño señaló a su abuela.

—Ella dijo que cuando papá consiguiera tu empresa…

Tragó saliva.

—También se iba a deshacer de él.

Rodrigo dejó de respirar.

Y por primera vez, comprendió que él tampoco había sido el cerebro del plan.

Solo la siguiente víctima.

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