Me quedé mirando la pantalla.
Mi nombre.
Mi número.
Mi foto.
—Yo no te envié eso —susurré.
Ethan levantó la mirada.
—Lo sé.
—Entonces, ¿quién lo hizo?
No respondió.
Se puso de pie y cerró las cortinas.
—Porque no fue un mensaje.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Ethan sacó su computadora de la mochila y la abrió.
Había una carpeta con decenas de archivos.
Fechas.
Horas.
Fotografías de nuestro edificio.
Y capturas de nuestras conversaciones privadas.
—Hace tres meses descubrí algo en el sistema de seguridad del edificio —dijo—. Alguien llevaba semanas accediendo a las cámaras desde una cuenta que no existía.
Pasó una fotografía.
Era nuestro pasillo.
Otra.
Era nuestra puerta.
Otra.
Era yo entrando a casa.
—¿Quién?
Ethan tragó saliva.
—No lo sé.
Entonces abrió el último archivo.
Era una grabación de la noche anterior.
La cámara mostraba nuestro pasillo exactamente a la 1:03 de la madrugada.
Mi esposo apareció en pantalla.
Pero yo estaba detrás de él.
Me quedé inmóvil.
—Eso no puede ser.
En el video, Ethan caminaba hacia el ascensor.
Yo lo seguía.
Pero la imagen se congeló.
La mujer que aparecía detrás de él no era yo.
Era alguien idéntica a mí.
Mismo cabello.
Misma ropa.
Mismo rostro.
La grabación continuó.
La mujer levantó la cabeza y miró directamente hacia la cámara.
Después sonrió.
Ethan cerró la computadora.
—Por eso te saqué de allí.
—¿Quién era ella?
Él me miró con los ojos llenos de miedo.
—Eso intenté descubrir durante tres meses.
Entonces mi teléfono vibró.
Los dos miramos la pantalla.
Había llegado un nuevo mensaje desde mi propio número.
Esta vez solo decía:
“Ethan cometió un error.”
Un segundo mensaje apareció debajo.

“Te sacó demasiado pronto.”
Y entonces llegó el tercero.
“Ahora sé dónde están.”