Teresa leyó el mensaje tres veces.
“Señora Teresa, no le diga a Adrián lo del premio. Hay algo peor que usted todavía no sabe.”
Debajo aparecía un único nombre.
Noemí.
Respiró hondo antes de responder.
—¿Quién es usted?
La respuesta llegó menos de un minuto después.
—La contadora de la imprenta de Adrián.
Necesitamos hablar.
No por teléfono.
Una hora más tarde, Teresa entró en una pequeña cafetería del centro de Guadalajara.
Una mujer de unos cuarenta años se levantó al verla.
Tenía el rostro cansado.
Y una carpeta azul entre las manos.
—¿Usted es Noemí?
La mujer asintió.
—Perdón por buscarla así.
Pero si Adrián descubre que hablé con usted, perderé mi trabajo.
Noemí empujó la carpeta sobre la mesa.
—Revise esto.
Teresa comenzó a pasar las hojas.
Estados de cuenta.
Facturas.
Transferencias.
Todas relacionadas con la imprenta de Adrián.
Frunció el ceño.
—No entiendo.
Noemí respiró profundamente.
—Su hijo nunca estuvo en quiebra.
Teresa sintió que el café se le helaba entre las manos.
—¿Qué dice?
—Cada vez que le pedía dinero…
La empresa tenía ganancias.
Abrió otro documento.
—El año pasado declaró utilidades por más de seis millones de pesos.
Las manos de Teresa empezaron a temblar.
—Entonces…
¿Por qué me decía que iba a perder el negocio?
Noemí bajó la mirada.
—Porque era más fácil que usted pagara todo.
La renta.
Los créditos.
La maquinaria.
Hasta los impuestos.
Teresa cerró lentamente la carpeta.
Pensó que ya no podía doler más.
Se equivocaba.
Noemí sacó un sobre amarillo.
—Hay otra cosa.
Dentro había copias de préstamos.
Todos llevaban el nombre de Teresa Morales.
Ella jamás los había visto.
—¿Qué es esto?
—Créditos solicitados usando documentos firmados por usted.
Teresa abrió mucho los ojos.
—Yo nunca pedí ese dinero.
Noemí negó lentamente.
—Lo sé.
Las firmas no coinciden.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
—¿Está diciendo que…
Mi hijo falsificó mi firma?
Noemí guardó silencio.
Ese silencio fue suficiente respuesta.
En ese momento sonó el teléfono de Teresa.
Era Adrián.
No contestó.
Segundos después llegó un mensaje.
“Mamá, el doctor quiere hablar contigo. Dice que urge otro tratamiento.”
Teresa ya no creyó una sola palabra.
Esa misma tarde acudió al hospital.
No para ver a su hijo.
Sino para hablar directamente con el médico tratante.
El doctor Ramírez la recibió con evidente sorpresa.
—Señora Teresa.
Su hijo dijo que usted ya conocía el nuevo presupuesto.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué presupuesto?
El médico abrió el expediente.
Su expresión cambió.
—Perdón…
Creo que hubo un error.
Revisó nuevamente las hojas.
—Nosotros no hemos solicitado ningún tratamiento nuevo desde hace casi tres meses.
Teresa sintió que el mundo se detenía.
—Entonces…
¿Quién me pidió doscientos ochenta mil pesos la semana pasada?
El doctor levantó lentamente la vista.
—Nosotros no fuimos.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Teresa.
Durante meses había entregado dinero creyendo que salvaba la vida de su hijo.
Pero el hospital jamás había emitido esas solicitudes.
Cuando salió del consultorio, decidió pasar frente a la habitación 214.
La puerta estaba apenas entreabierta.
Escuchó nuevamente la voz de Adrián.
—Todavía no me dice nada del premio.
Seguro sigue escondiéndolo.
Una mujer respondió.
Era la misma voz de la llamada.
—¿Y si sospecha?
Adrián soltó una risa.
—No importa.
Mañana le voy a decir que encontraron otra complicación.
Con eso cae.
Como siempre.
Teresa retrocedió sin hacer ruido.
Ya no lloraba.
Su rostro estaba completamente sereno.
Sacó el boleto ganador.
Lo guardó otra vez en el bolso.
Después marcó un número.
—Licenciado Salas.
Necesito contratarlo hoy mismo.
Quiero revisar todas mis propiedades.
Todas mis cuentas.
Y presentar una denuncia por falsificación de firma.
Hubo un breve silencio.
El abogado respondió.
—¿Hay algo más?
Teresa miró por última vez la habitación de su hijo.
—Sí.
Quiero cambiar mi testamento.
Completamente.
Cuando estaba a punto de salir del hospital, recibió otra vez un mensaje de Noemí.
Esta vez solo contenía una fotografía.
Era un contrato.
En la parte superior podía leerse:
“Seguro de vida – Beneficiario único: Adrián Morales.”
La fecha de emisión era de apenas dos semanas antes.
Y el asegurado no era Adrián.
Era ella.
Debajo, Noemí escribió una única frase:
“Eso no es lo peor.”

“Mire la cláusula de muerte accidental.”
Teresa amplió la imagen.
Entonces dejó de respirar.
Porque el contrato no solo estaba firmado con una firma que jamás había hecho…
También establecía una indemnización de 50 millones de pesos que Adrián cobraría únicamente si ella fallecía de forma repentina dentro de los siguientes seis meses.