PARTE 2: EL MENSAJE QUE CAMBIÓ TODO

Soledad leyó el mensaje tres veces.

Las manos comenzaron a temblarle.

“Señora Soledad, no le diga todavía a Rafael lo de la lotería. Hay algo mucho peor que usted debe saber.”

Solo aparecía un nombre.

Verónica.

No había fotografía de perfil.

No había explicación.

Solo aquellas dos líneas.

Durante unos segundos pensó que podía tratarse de una estafa.

Pero entonces llegó un segundo mensaje.

—Soy la contadora que trabajó con Rafael hasta hace cuatro meses. Si todavía quiere ayudar a su hijo, primero averigüe por qué realmente está en ese hospital.

El corazón de Soledad comenzó a latir con fuerza.

Marcó inmediatamente el número.

Contestaron al tercer tono.

—¿Señora Soledad?

La voz sonaba nerviosa.

Muy joven.

—¿Quién es usted?

—Me llamo Verónica Salas. Trabajé para el negocio de impresión de Rafael.

—¿Qué significa ese mensaje?

Hubo unos segundos de silencio.

—No puedo decirle todo por teléfono.

—¿Por qué?

—Porque si él descubre que hablé con usted… vendrá por mí.


Una hora después se encontraron en una pequeña cafetería del centro de Guadalajara.

Verónica tendría poco más de treinta años.

Llegó mirando constantemente hacia la calle.

Como si temiera que alguien la hubiera seguido.

Se sentó frente a Soledad.

No pidió café.

Solo colocó una memoria USB sobre la mesa.

—Antes de abrir eso necesito hacerle una pregunta.

Soledad asintió.

—¿Su hijo realmente tiene una enfermedad grave?

La mujer sintió un escalofrío.

—Eso dicen los médicos.

Verónica bajó lentamente la mirada.

—No exactamente.


Soledad sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué acaba de decir?

—No estoy diciendo que esté sano.

Respiró hondo antes de continuar.

—Estoy diciendo que las cuentas nunca coincidían.

Sacó varias copias de facturas.

—Durante ocho meses yo llevaba la contabilidad del negocio.

Cada vez que Rafael le pedía dinero, también registraba gastos médicos enormes.

Pero…

Empujó los papeles hacia ella.

—Las fechas eran imposibles.

Soledad comenzó a revisar las hojas.

Había depósitos.

Transferencias.

Recibos.

Todo cuidadosamente ordenado.

—Aquí aparece que usted pagó ciento veinte mil pesos por un tratamiento el doce de marzo.

Pasó otra hoja.

—Ese mismo día Rafael retiró exactamente esa cantidad en efectivo desde otra sucursal.

Soledad levantó lentamente la vista.

—¿Qué significa eso?

—Que el dinero nunca llegó al hospital.


Verónica abrió entonces la memoria USB en una pequeña computadora portátil.

Aparecieron decenas de archivos.

Fotografías.

Estados de cuenta.

Transferencias bancarias.

Y una carpeta llamada:

“Hospital”.

Dentro había copias de recibos.

—Muchos son auténticos.

Otros…

Señaló varios documentos.

—Nunca fueron emitidos por el hospital.

Soledad dejó escapar un suspiro tembloroso.

—¿Está diciendo que falsificó gastos médicos?

Verónica negó con cautela.

—No puedo afirmarlo.

Solo puedo decir que encontré diferencias importantes entre los registros contables y los comprobantes entregados.

Y por eso renuncié.


Soledad sintió un nudo en la garganta.

—¿Por qué nunca me buscó antes?

La joven sonrió con tristeza.

—Lo intenté.

Le envié dos cartas.

Nunca recibí respuesta.

—Yo jamás recibí ninguna.

Verónica bajó la cabeza.

—Porque las dos fueron devueltas.

Alguien cambió la dirección que aparecía en los archivos del negocio.


El teléfono de Soledad vibró nuevamente.

Era Rafael.

“Mamá, el doctor dice que necesito otro medicamento urgente.”

Cinco minutos después llegó otro mensaje.

“Si no lo compras hoy podrían suspender el tratamiento.”

Soledad no respondió.

Apagó lentamente la pantalla.


Miró nuevamente la memoria USB.

Después el boleto de lotería que seguía oculto dentro de su bolso.

Doscientos millones de pesos.

Durante toda la mañana había pensado que el verdadero peligro sería que Rafael descubriera aquel premio.

Ahora comprendía que el problema era mucho más profundo.

Ni siquiera sabía cuánto de lo que había vivido durante el último año era cierto.


Respiró profundamente.

Sacó su teléfono.

No llamó a Rafael.

Buscó otro contacto.

Lic. Ernesto Cárdenas — Derecho Civil y Penal.

Cuando el abogado respondió, habló con una serenidad que ni ella misma reconoció.

—Licenciado…

Necesito proteger un patrimonio importante.

Y también necesito que alguien revise toda la documentación médica y financiera relacionada con mi hijo.

El abogado permaneció unos segundos en silencio.

Luego hizo una pregunta inesperada.

—¿Su hijo se llama Rafael Ramírez?

Soledad frunció el ceño.

—Sí.

—Entonces venga hoy mismo.

Porque esta mañana otra persona ya presentó una denuncia donde aparece exactamente ese nombre.

Soledad sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Una denuncia por qué?

Del otro lado de la línea hubo una breve pausa.

La respuesta llegó lenta, grave y suficiente para hacerle comprender que la lotería ya era el menor de sus problemas.

—Por la posible utilización de documentación médica presuntamente alterada para obtener dinero de varias personas al mismo tiempo.

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