El despacho quedó en absoluto silencio.
Julián seguía mirando la pantalla del teléfono de Rogelio.
“Borra todo antes de que Julián llegue. El avión sale a las 11 y Santiago ya tiene los otros 14 millones.”
Leyó el mensaje una segunda vez.
Después una tercera.
No porque no lo entendiera.
Sino porque su mente se negaba a aceptarlo.
—¿Desde cuándo…? —preguntó sin apartar la vista del celular.
Rogelio tragó saliva.
—Hace casi un año, señor.
Julián levantó lentamente la cabeza.
—Empieza desde el principio.
El contador respiró hondo.
—La señora Marcela comenzó diciendo que necesitaba reorganizar la nómina del personal doméstico. Como ella administraba los gastos de la residencia, nadie sospechó.
Sacó otra carpeta del archivero.
Era mucho más gruesa que la primera.
—Después ordenó que algunos pagos se retrasaran “por problemas bancarios”. A los empleados les decía que usted estaba enterado.
Julián sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Y ustedes me ocultaron todo?
Rogelio bajó la mirada.
—Intenté hablar con usted dos veces.
—¿Cuándo?
—Pero la señora canceló las reuniones. Decía que usted estaba ocupado cerrando contratos en Monterrey, Guadalajara o Houston.
Cada respuesta hacía que las piezas encajaran con una precisión insoportable.
Marcela conocía perfectamente su agenda.
Sabía cuándo estaba fuera.
Sabía cuándo nadie podía desmentirla.
Julián abrió la carpeta.
Había hojas marcadas con notas adhesivas de distintos colores.
Cada color correspondía a un trabajador.
Elena Ortega.
Tres meses sin sueldo.
Ignacio, jardinero.
Dos meses.
Marta, cocinera.
Cuatro quincenas retenidas.
Víctor, chofer.
Horas extras jamás pagadas.
Y así uno tras otro.
Dieciocho personas.
Todas afectadas.
Al final aparecía una hoja de cálculo.
Total retenido al personal: $2,460,000 pesos.
Pero debajo había otra cifra.
Transferencias adicionales autorizadas: $49,540,000 pesos.
Julián frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
Rogelio respondió con voz apenas audible.
—Las cuentas que encontramos.
—No pertenecen a la empresa.
—Tampoco a usted.
—Pertenecen a sociedades recién creadas.
El total hizo que Julián recordara el mensaje.
Cuarenta y nueve millones quinientos cuarenta mil…
Más los catorce millones mencionados en el teléfono…
No.
Algo no cuadraba.
Tomó una calculadora.
Revisó varias operaciones.
Entonces comprendió.
Los catorce millones eran solo la última transferencia.
No el total.
Sumó todas las cantidades.
El resultado apareció en la pantalla.
$52,000,000.
Exactamente cincuenta y dos millones de pesos.
Respiró despacio.
—Todo estaba planeado.
Rogelio asintió.
—Creemos que sí.
Mientras tanto, en la cocina, Elena seguía intentando tranquilizar a Valeria.
—No debiste hablar así con el señor.
La niña negó con firmeza.
—Si no lo hacía, nadie iba a escucharte.
Elena acarició su cabello.
—No quiero que aprendas a pelear por todo.
Valeria levantó la vista.
—No peleé.
Solo dije la verdad.
Julián escuchó aquellas palabras desde el pasillo.
Una niña de diez años había hecho en un minuto lo que dieciocho adultos no habían conseguido durante meses.
Romper el silencio.
Se acercó lentamente.
—Elena.
Ella se puso de pie de inmediato.
—Señor…
—Quiero pedirle disculpas.
La mujer abrió los ojos con sorpresa.
—Usted confió en esta casa.
Y yo fallé en vigilar lo que ocurría dentro.
Sacó el teléfono.
Hizo una transferencia.
Segundos después, el celular de Elena vibró.
Ella miró la pantalla.
No podía creerlo.
—Señor… aquí dice…
—Están depositados los tres meses completos.
También el bono que debió recibir.
Y un adelanto del siguiente mes.
Elena comenzó a llorar.
Valeria abrazó a su madre con fuerza.
Pero Julián todavía no había terminado.
—Además…
Miró a Rogelio.
—Esta misma noche quiero reunidos a los dieciocho trabajadores.
Todos cobrarán antes de las nueve.
Sin excepción.
Eran las siete con veinte cuando el primer movimiento inesperado ocurrió.
El sistema de seguridad envió una alerta.
Vehículo de la señora Marcela ingresando al estacionamiento privado.
Julián observó la hora.
Ella no debía regresar hasta mucho más tarde.
—¿Sabe que usted volvió?
—No.
—Perfecto.
Guardó rápidamente las carpetas.
—Nadie le dirá una palabra.
Quiero escuchar qué piensa hacer.
Las luces del vestíbulo iluminaron la entrada.
Marcela apareció elegante, con un vestido color marfil y unas gafas oscuras.
Sonreía.
Demasiado.
—¡Cariño! Pensé que seguías en Monterrey.
Julián también sonrió.
Como si no supiera absolutamente nada.
—La reunión terminó antes.
Ella se acercó para besarlo.
Él respondió con absoluta normalidad.
—¿Cómo estuvo tu día?
Marcela dejó el bolso sobre el sofá.
—Agotador.
Ya sabes…
Resolver problemas de la casa.
Julián sostuvo su mirada.
—Imagino que sí.
Ella no notó nada extraño.
Ni siquiera cuando tomó las llaves del automóvil nuevamente.
—Voy a salir un momento.
No tardo.
—¿Tan tarde?
—Solo una cena con unas amigas.
Julián asintió.
—Claro.
Que te diviertas.
Marcela volvió a sonreír.
Se dio la vuelta.
Y salió de la casa convencida de que su secreto seguía intacto.
Esperó exactamente treinta segundos.
Después marcó un número.
—Arturo.
Del otro lado respondió su jefe de seguridad.
—Sí, señor.
—No la detengan.
No todavía.
Solo síganla.
Quiero saber con quién piensa encontrarse…

Porque esta noche no solo va a perder cincuenta y dos millones.
También va a descubrir que lleva horas siendo observada.
Continúa en la Parte 3.