Taylor permaneció varios segundos inmóvil frente a la puerta de la habitación.
No tuvo el valor de entrar.
A través del pequeño cristal vio a Maya dormida, con una vía intravenosa en el brazo y los monitores marcando un ritmo cardíaco irregular.
La mujer con la que se había casado por una apuesta parecía increíblemente pequeña sobre aquella cama.
—Señor King.
El cardiólogo se acercó con una carpeta bajo el brazo.
—Necesito hablar con usted.
Taylor lo siguió hasta una sala privada.
—¿Qué tiene exactamente mi esposa?
El médico abrió el expediente.
—Miocardiopatía dilatada avanzada.
Taylor frunció el ceño.
No entendía los términos médicos.
—Hable claro.
El doctor respiró hondo.
—El corazón de la señora Maya funciona con menos de un treinta por ciento de su capacidad.
El silencio fue absoluto.
—¿Desde cuándo?
—Al menos dos años.
Taylor sintió un golpe en el pecho.
Dos años.
Es decir…
Mucho antes de conocerlo.
—¿Y ella lo sabía?
El médico lo miró con sorpresa.
—Por supuesto.
Sacó otra hoja.
—Incluso rechazó entrar en la lista prioritaria de trasplantes hace ocho meses.
Taylor levantó bruscamente la cabeza.
—¿Rechazó un trasplante?
—Dijo que había personas con hijos pequeños que lo necesitaban más.
Aquellas palabras lo dejaron sin aliento.
Mientras él hacía apuestas absurdas con sus amigos…
Maya renunciaba silenciosamente a la posibilidad de salvar su propia vida.
El médico deslizó un documento más.
Era un consentimiento informado firmado por Maya.
En la esquina inferior aparecía una fecha rodeada por un círculo rojo.
Taylor la leyó dos veces.
—¿Qué significa esto?
El doctor bajó la voz.
—Es la fecha en la que calculábamos que su enfermedad entraría en una fase crítica si no aparecía un donante compatible.
Taylor sintió que el estómago se le cerraba.
Esa fecha era apenas tres meses después de terminar el supuesto matrimonio de seis meses.
De repente todo tuvo sentido.
Ella nunca había querido joyas.
Nunca había querido dinero.
Nunca había pedido nada.
Solo había aceptado un matrimonio temporal.
Como si supiera que probablemente no existiría un “después”.
…
Entró finalmente en la habitación.
Maya abrió lentamente los ojos.
Al verlo, intentó sonreír.
—Supongo que el médico ya te lo contó.
Taylor acercó una silla.
Por primera vez desde que se conocían, no encontraba ninguna frase ingeniosa.
Ninguna respuesta arrogante.
Solo una pregunta.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Ella observó el techo.
—Porque este matrimonio tenía fecha de caducidad desde el principio.
—Eso no responde mi pregunta.
Maya soltó una pequeña risa cansada.
—¿Qué habría cambiado?
Él abrió la boca.
Pero no salió ninguna palabra.
Ella tenía razón.
Al principio…
Nada habría cambiado.
Él seguía creyendo que aquello era un juego.
—Pensé que sería más fácil para ti odiarme cuando todo terminara —susurró Maya—. Los hombres olvidan más rápido a las mujeres que nunca llegaron a amar.
Taylor bajó la cabeza.
Aquella frase le dolió más de lo que esperaba.
—Te equivocas.
Maya lo miró.
—¿Sí?
Él tomó su mano con cuidado.
Ya no por obligación.
Ya no para mantener las apariencias.
—Creo que el único que no entendió cuándo dejó de ser una apuesta fui yo.
Ella permaneció en silencio.
—Taylor…
—No.
Él negó lentamente.
—No quiero escuchar que sientes lástima por mí.
—No iba a decir eso.
—Entonces, ¿qué?
Maya respiró despacio.
—Iba a decir que no quiero que me quieras solo porque estoy enferma.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Taylor sintió un nudo en la garganta.
Porque esa era exactamente la pregunta que llevaba haciéndose desde que el médico pronunció el diagnóstico.
¿La amaba de verdad?
¿O solo estaba reaccionando al miedo de perderla?
Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Una enfermera asomó la cabeza.
—Señor King…
Su expresión era extraña.
—Hay unas personas preguntando por usted.
Taylor salió al pasillo.
Cinco hombres vestidos con trajes oscuros lo esperaban junto al ascensor.
Reconoció inmediatamente a uno de ellos.
Era Eric.
El mismo amigo que había organizado la apuesta.
Eric sonrió con suficiencia.
—Vengo a cobrar.
Taylor frunció el ceño.
—¿Cobrar qué?
Eric sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta.
—El acuerdo decía seis meses de matrimonio sin romper las reglas.
Miró hacia la habitación donde Maya descansaba.
Después añadió con una sonrisa que heló la sangre de Taylor:
—Y si quieres salir antes de tiempo para quedarte con ella… tendrás que pagar exactamente lo que apostaste aquella noche.
Abrió el sobre lentamente.

Dentro no había una cifra.
Había un contrato firmado por todos ellos.
Y en la última cláusula aparecía una condición que Taylor jamás recordaba haber aceptado.
Si alguno de los participantes se enamora realmente de su esposa antes de finalizar la apuesta, perderá el control de todas sus acciones en King Capital a favor del resto del grupo.