PARTE 2: EL LIBRO DE LAS REGLAS

Y yo todavía no había empezado.

Aquella noche regresé sola a la residencia principal.

No me molesté en preguntar dónde estaba Adrian.

La respuesta era evidente.

La señora Miller me esperaba junto a la biblioteca.

Llevaba entre las manos un libro de cuero negro tan antiguo que las esquinas estaban desgastadas por el tiempo.

—¿Qué es eso? —pregunté.

Lo colocó cuidadosamente sobre la mesa.

—El reglamento interno de la familia Whitmore.

Abrí la primera página.

Cada generación había añadido normas, decisiones y precedentes durante casi ciento veinte años.

No era un simple libro.

Era el verdadero poder de aquella familia.

Porque allí no importaban los sentimientos.

Importaban las reglas.

La señora Miller habló en voz baja.

—Desde que falleció la señora Eleanor, nadie ha vuelto a ejercer plenamente la autoridad de la residencia principal.

Levanté la vista.

—¿Por qué?

—Porque el joven señor nunca quiso hacerlo.

Pasó lentamente varias páginas.

—Y mientras tanto… muchas personas comenzaron a decidir por su cuenta.

Comprendí inmediatamente de quién hablaba.

Serena.

Sus sirvientes.

Las personas que llevaban años actuando como si aquella villa también les perteneciera.

Cerré el libro.

—Mañana empezaremos.


A las ocho de la mañana siguiente, los cuarenta y tres empleados de la residencia estaban formados en el jardín principal.

Cocineros.

Jardineros.

Choferes.

Guardias.

Enfermeras.

Secretarias.

Nadie entendía por qué habían sido convocados.

Me senté en la silla principal.

La señora Miller permanecía a mi derecha.

—Buenos días.

Nadie respondió.

No por falta de educación.

Por incertidumbre.

Continué hablando.

—Desde hoy todas las órdenes relacionadas con la residencia principal deberán pasar por esta oficina.

Un murmullo recorrió discretamente la fila.

—Quien reciba instrucciones de personas ajenas a esta casa deberá comunicarlas inmediatamente.

Si no lo hace, abandonará su puesto ese mismo día.

En ese momento apareció Adrian.

Acababa de regresar de la empresa.

Observó la reunión desde la entrada.

No dijo una palabra.

Solo cruzó los brazos.

Era evidente que quería saber hasta dónde pensaba llegar.

Saqué una carpeta.

—Durante las últimas cuarenta y ocho horas hemos revisado las cuentas domésticas.

Miré al administrador.

—Encontramos compras enviadas regularmente a la villa de la señorita Serena.

El hombre comenzó a sudar.

—Señora…

—Medicamentos.

Vino.

Muebles.

Personal de limpieza.

Jardinería.

Chef privado.

Todo pagado desde las cuentas de la residencia principal.

Adrian frunció el ceño.

—¿Eso es cierto?

El administrador bajó lentamente la cabeza.

—Sí… joven señor.

—¿Quién autorizó esos gastos?

Nadie respondió.

Yo sí.

—No hace falta preguntarlo.

Todos sabemos quién se sentía con autoridad suficiente para hacerlo.

En ese instante una criada entró corriendo.

—¡Señor! ¡La señorita Serena está aquí!

Como si hubiera escuchado su nombre.

Serena apareció vestida nuevamente de blanco.

Esta vez no sonreía.

Traía varios documentos entre las manos.

—Adrian…

Se detuvo al verme presidiendo la reunión.

Después intentó mantener la compostura.

—Solo vine porque hubo un error.

Levantó las facturas.

—Cancelaron los suministros de mi villa.

La observé tranquilamente.

—No hubo ningún error.

Su expresión cambió.

—¿Qué quiere decir?

—Que desde hoy dejarás de recibir recursos de esta residencia.

Miró inmediatamente a Adrian.

—Pero el abuelo permitió que viviera aquí.

Asentí.

—Vivir.

No administrar el dinero de los Whitmore.

No utilizar a sus empleados.

No convertir tu casa en una extensión de esta.

Adrian seguía en silencio.

Serena dio un paso hacia él.

—¿Vas a permitir esto?

Por primera vez, él no respondió enseguida.

Miró las facturas.

Luego las cuentas.

Después el libro de reglamentos que descansaba sobre mi escritorio.

Finalmente habló.

—¿Las cuentas realmente salían de la residencia principal?

El administrador respondió con voz temblorosa.

—Desde hace seis años, señor.

El rostro de Adrian perdió todo el color.

—¿Seis años?

—Sí.

—¿Y cuánto dinero?

El administrador tragó saliva.

—Hasta ahora… poco más de ocho millones de dólares.

El jardín entero quedó en absoluto silencio.

Ni siquiera Serena fue capaz de hablar.

Porque acababa de descubrir que durante años no había vivido gracias al amor de Adrian.

Había vivido gracias a la riqueza y al poder de la casa cuya dueña acababa de convertirse en su peor obstáculo.

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