PARTE 2: EL INFORME QUE NADIE DEBÍA LEER

Renato no respondió de inmediato.

Observó a Mariana.

Después miró a Mateo.

La alarma del monitor seguía sonando con un ritmo irregular.

Tomó una decisión.

—Doctor.

¿Quién es el cardiólogo de guardia?

Un médico dio un paso al frente.

—Soy el doctor Esteban Lozano.

Renato sostuvo su mirada durante varios segundos.

—A partir de este momento, nadie administra un solo medicamento a mi hijo sin que usted lo revise personalmente delante de ella.

Señaló a Mariana.

El médico asintió.

—De acuerdo.


Mariana se quitó los guantes ensangrentados.

No pretendía sustituir al equipo médico.

Solo observaba cada procedimiento con atención.

Mientras el doctor revisaba la vía intravenosa, ella señaló una pequeña etiqueta adherida a la bolsa de solución.

—Eso no estaba hace unos minutos.

El doctor acercó la lámpara.

La etiqueta parecía haber sido colocada encima de otra.

La retiró cuidadosamente.

Debajo aparecía un número de lote diferente.

El médico frunció el ceño.

—No coincide con el registrado en la hoja de enfermería.


Renato giró hacia Ramiro.

—Nadie toca esa bolsa.

Llamen a criminalística.

Que documenten todo antes de retirarla.


Cuarenta minutos después llegaron especialistas de la fiscalía.

Fotografiaron la habitación.

Recogieron la jeringa rota.

Embalaron la bolsa intravenosa.

También solicitaron las grabaciones internas del hospital.


La administradora del hospital apareció visiblemente nerviosa.

—Señor Salgado, las cámaras del sexto piso…

hoy tuvieron una falla técnica.

Ramiro dio un paso adelante.

—¿Todas?

—Sí.

Desde las once y veinte.

Renato no levantó la voz.

Precisamente por eso todos guardaron silencio.

—Entonces conserven también los servidores.

Completos.


Mientras tanto, el laboratorio realizó una prueba urgente sobre la sangre de Mateo.

El doctor Lozano regresó con el informe preliminar.

—Encontramos una sustancia que no forma parte de su tratamiento habitual.

Todavía no podemos establecer cómo ingresó al organismo.

Necesitamos análisis confirmatorios.


Renato respiró lentamente.

—¿Fue por vía intravenosa?

El médico negó con prudencia.

—No podemos afirmarlo.

La concentración encontrada es compatible con una exposición anterior al ingreso hospitalario, pero aún sería irresponsable señalar un mecanismo específico.


Mariana permanecía sentada mientras una enfermera limpiaba la herida de su frente.

Renato se acercó.

—¿Por qué supo que el hombre no era médico?

Ella respondió sin dudar.

—Porque entró mirando únicamente la cama.

Los médicos primero observan al paciente.

Después revisan el monitor.

Luego el expediente.

Él hizo exactamente lo contrario.

Venía buscando una vía de acceso.

No un diagnóstico.


Aquella explicación quedó registrada también en la declaración oficial.


Cerca de las cuatro de la madrugada, Ramiro entró con una carpeta.

—Ya revisamos todo el personal que tuvo contacto con Mateo desde la tarde.

Renato abrió el listado.

Pediatras.

Enfermeras.

Camilleros.

Lucía, la niñera.

El chofer.

El cocinero.

Todos aparecían registrados con horarios.

Entonces encontró un nombre que no esperaba.

Eduardo Salgado.

Su hermano mayor.

Hora de visita:

18:42.

Duración:

27 minutos.

Renato levantó lentamente la vista.

—¿Eduardo estuvo con Mateo?

Ramiro asintió.

—Según la bitácora, sí.

Dijo que quería llevarle un juguete.


Renato permaneció en silencio.

Eduardo adoraba a su sobrino.

Nunca había tenido hijos propios.

Mateo corría hacia él cada vez que lo veía.

Nada de aquello tenía sentido.


En ese instante sonó el teléfono de Ramiro.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

—Acaban de localizar al supuesto médico que huyó.

Renato dio un paso al frente.

—¿Está vivo?

—No.

Lo encontraron abandonado dentro de un vehículo.

Sin documentos.

Sin teléfono.

Pero llevaba un auricular de comunicación todavía encendido.

Los técnicos recuperaron parte del último audio transmitido.


Ramiro activó la grabación.

La voz era entrecortada por la interferencia.

“…no pude terminar…”

“…la mujer de limpieza…”

“…avisen que el niño sigue vivo…”

Después se escuchó otra voz.

Muy clara.

Muy tranquila.

Solo dijo una frase antes de cortar la comunicación.

“Entonces tendremos que adelantar la segunda fase.”

Nadie en la habitación reconoció aquella voz.

Excepto Mariana.

Su rostro perdió completamente el color.

Porque acababa de recordar dónde la había escuchado antes.

No en el hospital.

Sino semanas atrás, cuando alguien visitó discretamente el área de pediatría haciéndose pasar por un importante benefactor del hospital.

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