PARTE 2: EL INFORME QUE CAMBIÓ MI DESPEDIDA

Zhanzhan permaneció en silencio durante varios segundos.

—¿Te encuentras mal?

Miré el desayuno intacto sobre la mesa.

—Últimamente estoy demasiado cansada.

—También he perdido peso.

—Y anoche sentí un dolor extraño debajo de las costillas.

Mi amiga bajó la voz.

—¿Zhou Ziyan lo sabe?

—No.

—¿Quieres que lo llame?

—No lo hagas.

Respondí con más rapidez de la necesaria.

Después respiré hondo.

—Solo consígueme la cita.

—Esta misma mañana, si es posible.

Una hora más tarde entré por la puerta trasera del hospital privado donde trabajaba Zhanzhan.

Ella me esperaba junto al ascensor.

Llevaba la bata blanca abierta y el cabello recogido de cualquier manera.

Al verme, su expresión cambió.

—Bihan…

Se acercó y me sostuvo por los hombros.

—¿Cuánto tiempo llevas así?

—No lo sé.

—Tal vez varios meses.

—¿Y no fuiste al médico?

Sonreí con amargura.

—Siempre pensé que era estrés.

—O que estaba demasiado sensible.

Zhanzhan me observó durante unos segundos.

—Eso es exactamente lo que Zhou Ziyan te ha repetido todos estos años.

No respondí.

Ella tampoco insistió.

Me condujo a una consulta discreta y pidió una batería completa de pruebas.

Análisis de sangre.

Ecografía.

Tomografía.

Exploración hepática.

Mientras esperaba los resultados, permanecí sentada junto a una ventana del tercer piso.

Abajo, la gente entraba y salía del hospital.

Algunos sostenían flores.

Otros caminaban abrazados.

Una mujer embarazada se apoyaba en el brazo de su esposo mientras él le acomodaba cuidadosamente la bufanda.

Aparté la mirada.

Mi teléfono vibró.

Era Zhou Ziyan.

“Cariño, la urgencia terminará pronto.”

Un segundo mensaje llegó inmediatamente.

“Esta noche iremos al restaurante que te gusta.”

Después apareció una fotografía.

Dos tazas de café sobre una mesa.

Al fondo se veía una carpeta abierta.

Una escena perfectamente preparada para demostrar que estaba trabajando.

Pero en el borde inferior de la imagen aparecía una mano femenina.

Uñas rosadas.

Una pulsera con un pequeño corazón de diamantes.

La misma pulsera que había visto la noche anterior en la muñeca de Lin Yue.

Guardé la fotografía.

No porque quisiera conservar el dolor.

Sino porque finalmente había aprendido que las palabras podían negarse.

Las pruebas no.

Zhanzhan regresó casi dos horas después.

No llevaba los resultados en la mano.

Y eso fue lo primero que me asustó.

Cerró la puerta.

Después se sentó frente a mí.

—Bihan, necesito hacerte unas preguntas.

—Hazlas.

—¿Tomas medicación regularmente?

Saqué del bolsillo del abrigo el frasco que había comprado la noche anterior.

—Solo esto.

Ella lo sostuvo bajo la luz.

Leyó la etiqueta.

Su rostro se endureció.

—¿Quién te recetó este medicamento?

—El médico de la familia Zhou.

—¿Desde cuándo lo tomas?

—Casi dos años.

Zhanzhan abrió el frasco.

Observó las pastillas.

Luego llamó a una enfermera y le pidió que enviara una muestra al laboratorio.

—¿Qué ocurre?

Mi voz sonó extrañamente tranquila.

Ella me tomó de la mano.

—Tus pruebas muestran daño hepático.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

—¿Es grave?

—Todavía necesitamos confirmar el origen.

—Pero tus valores están muy alterados.

—Y el aspecto de estas pastillas no coincide con el medicamento que aparece en la etiqueta.

Miré el frasco.

Era Zhou Ziyan quien me lo entregaba cada mes.

Siempre decía lo mismo:

“Tu hígado es delicado. No olvides tomarlo.”

Yo jamás había dudado de él.

Zhanzhan llamó personalmente al laboratorio.

Pidió prioridad.

Cuarenta minutos después recibió el informe preliminar.

Lo leyó una vez.

Luego otra.

Cuando levantó la mirada, sus ojos estaban llenos de rabia.

—Estas pastillas contienen una combinación de sedantes y sustancias que, utilizadas durante mucho tiempo, pueden dañar el hígado y provocar debilidad, somnolencia y problemas de memoria.

La miré sin parpadear.

De pronto, muchas cosas comenzaron a encajar.

Los días en que despertaba sin fuerzas.

Las veces que había olvidado citas.

Las tardes enteras dormida.

La facilidad con la que Zhou Ziyan tomaba todas las decisiones por mí.

“Quédate en casa.”

“Tu cuerpo es demasiado débil.”

“No necesitas trabajar.”

“Yo cuidaré de ti.”

No me había convertido en una mujer dependiente.

Él me había mantenido así.

—¿Podría haber sido un error de la farmacia? —pregunté.

Zhanzhan negó lentamente.

—El frasco es auténtico.

—Las pastillas fueron sustituidas.

Mis dedos comenzaron a temblar.

No lloré.

Solo saqué el teléfono.

Abrí la conversación con Zhou Ziyan.

Busqué todos los mensajes relacionados con el medicamento.

Había decenas.

“Recuerda tomarlo.”

“Te envié otro frasco.”

“No consultes a otros médicos. Ellos no conocen tu historial.”

Cada frase que antes me había parecido preocupación ahora se convertía en una amenaza.

Zhanzhan se inclinó hacia mí.

—Tenemos que informar a la policía.

—Todavía no.

—Bihan…

—Primero necesito saber por qué.

Guardé el frasco en una bolsa transparente.

—Y necesito asegurarme de que no pueda destruir las pruebas.

Aquella tarde regresé a casa como si nada hubiera ocurrido.

La empleada doméstica me recibió en la entrada.

—Señora, el señor llamó para decir que volverá antes de las ocho.

—Entiendo.

Subí al dormitorio.

Abrí la caja fuerte que Zhou Ziyan creía que yo no sabía usar.

Durante años lo había visto introducir la contraseña.

La fecha no era nuestro aniversario.

Tampoco su cumpleaños.

Era el día en que Lin Yue había cumplido dieciocho años.

La puerta se abrió.

Dentro había documentos de empresas.

Joyas.

Dinero en efectivo.

Y una carpeta médica con mi nombre.

Me senté en el suelo.

La abrí.

Encontré análisis realizados sin mi conocimiento.

Informes de fertilidad.

Resultados hormonales.

Y, entre ellos, un documento firmado tres años atrás.

“Paciente no apta temporalmente para el embarazo debido a tratamiento farmacológico prolongado.”

Debajo aparecía una autorización.

Mi firma.

Solo que yo nunca había firmado aquello.

Pasé a la siguiente página.

Era un contrato de administración patrimonial.

Si mi salud mental o física me impedía tomar decisiones, Zhou Ziyan obtendría el control completo de las acciones que había heredado de mi padre.

Me quedé inmóvil.

Por fin comprendí la verdad.

Él no me había traicionado porque se hubiera cansado de mí.

Me había mantenido sedada.

Aislada.

Enferma.

Porque todavía necesitaba algo que estaba a mi nombre.

Escuché un coche detenerse frente a la casa.

Eran las siete y cuarenta.

Zhou Ziyan había regresado temprano.

Guardé todos los documentos en mi bolso.

Dejé en la caja copias vacías.

Después bajé.

Él entró con una sonrisa y una caja de pastel.

—Cariño, hoy sí cumplí mi promesa.

Se acercó para abrazarme.

Yo no retrocedí.

Permití que me rodeara la cintura.

Incluso apoyé la cabeza sobre su pecho.

—Ziyan…

—¿Sí?

—¿Todavía me amas?

Su cuerpo se tensó apenas un instante.

Después besó mi cabello.

—Claro.

—Eres la persona que más amo en este mundo.

Cerré los ojos.

Aquellas palabras ya no podían herirme.

Porque ahora sabía que no estaba frente a un esposo infiel.

Estaba frente al hombre que llevaba años enfermándome para quedarse con todo lo que me pertenecía.

Sonreí contra su camisa.

—Entonces esta noche quiero beber contigo.

Él se relajó.

—Por supuesto.

Mientras fue a buscar las copas, saqué discretamente el teléfono.

Activé la grabadora.

Después coloqué sobre la mesa el frasco de pastillas.

Cuando Zhou Ziyan regresó, su sonrisa desapareció.

—¿Por qué lo has sacado?

Levanté la mirada.

—Porque hoy fui al hospital.

Sus dedos apretaron con fuerza el cuello de la botella.

—¿A qué hospital?

—Al de Zhanzhan.

Durante un segundo, el miedo apareció claramente en sus ojos.

Solo duró un instante.

Pero fue suficiente.

—Bihan, sabes que ella exagera todo.

—Ese medicamento fue recetado especialmente para ti.

—¿Para mi hígado?

—Sí.

Incliné la cabeza.

—Qué extraño.

—Porque el laboratorio dice que es precisamente lo que lo está destruyendo.

El vaso resbaló de su mano.

Cayó al suelo.

El cristal se hizo añicos entre nosotros.

Zhou Ziyan me miró fijamente.

Ya no parecía el esposo tierno que me había abrazado aquella mañana.

—¿Qué más te dijeron?

No respondí.

Él dio un paso hacia mí.

—¿Qué más sabes?

Entonces comprendí que no iba a negarlo.

Levanté lentamente el teléfono.

La pantalla mostraba la grabación activa.

—Lo suficiente.

Su rostro cambió por completo.

Se abalanzó hacia mí.

Pero antes de que pudiera alcanzarme, la puerta principal se abrió de golpe.

Zhanzhan entró acompañada por dos agentes de policía.

Detrás de ellos estaba un abogado de mi familia.

Zhou Ziyan se quedó paralizado.

Yo tomé mi bolso.

Pasé junto a él sin mirar atrás.

—Esta mañana te dije que no hicieras esperar a quien te esperaba.

Me detuve frente a la puerta.

—Ahora soy yo quien no piensa esperar más.

Aquella noche no cené con mi esposo.

Tampoco regresé a aquella casa.

Y mientras la policía revisaba los medicamentos, los documentos falsificados y las cuentas vinculadas a Lin Yue, Zhou Ziyan comprendió demasiado tarde que la mujer que creía completamente dependiente de él había recuperado la memoria de quién era.

Pero todavía faltaba una última verdad.

La herencia que él llevaba años intentando controlar…

Nunca había pertenecido únicamente a mí.

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