PARTE 2: EL INFORME MÉDICO QUE SU MADRE ESCONDIÓ

Alejandro se levantó despacio.

No apartó la vista de Sofía.

Luego miró a su madre.

—¿Quién hizo esto?

Doña Carmen suspiró con exagerada paciencia, como si estuviera hablando con un niño que no entendía las cosas.

—Ya te dije que esa mujer perdió la cabeza. Se golpea sola, rompe cosas y después inventa historias para dar lástima.

Alejandro no respondió.

Trabajaba desde hacía diez años como auditor financiero.

Había aprendido que las personas que mentían solían dar demasiadas explicaciones antes de que alguien las pidiera.

Se acercó nuevamente a la cama.

Tomó la mano de Sofía con cuidado.

Ella dio un pequeño respingo.

No porque le doliera la mano.

Sino porque esperaba otro castigo.

Aquello le rompió el alma.

—Sofía…

Mírame.

Ella tardó unos segundos en obedecer.

—No voy a hacerte daño.

Nunca más.

Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de su esposa.

Durante meses había esperado escuchar esas palabras.

Pero ya casi había dejado de creer que llegarían.


Doña Carmen dio un paso hacia adelante.

—Alejandro, deja de alimentar sus delirios. El embarazo la tiene inestable.

Él levantó lentamente la vista.

Por primera vez en su vida observó a su madre como si fuera una desconocida.

—¿Desde cuándo está así?

—Te digo que…

—No te pregunté eso.

¿Desde cuándo tiene esas heridas?

La mujer guardó silencio.

Apenas un segundo.

Pero fue suficiente.


Alejandro tomó su teléfono.

Marcó al ginecólogo que llevaba el embarazo.

—Buenas tardes, doctor.

Soy Alejandro, el esposo de Sofía.

Necesito hablar con usted ahora mismo.

Hubo un silencio al otro lado.

Después el médico respondió con evidente alivio.

—Llevo semanas intentando localizarlo personalmente.

El corazón de Alejandro dio un vuelco.

—¿Cómo que intentando localizarme?

—He dejado mensajes.

También envié dos correos electrónicos.

Y un informe recomendando hospitalización porque la señora Sofía presentaba signos preocupantes de desnutrición y estrés.

Alejandro sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—Yo no recibí nada.

El médico dudó unos segundos.

—Todos los mensajes fueron confirmados por una persona que dijo hablar en su nombre.

El nombre quedó suspendido en el aire.

—Doña Carmen.


Alejandro giró lentamente hacia su madre.

Ella ya no sonreía.

—Explícame eso.

Doña Carmen cruzó los brazos.

—Solo protegía a mi familia.

Los médicos exageran por cualquier cosa.

No hacía falta preocuparte mientras estabas trabajando.

—¿También era protegerme ocultándome los informes médicos de mi esposa?

Ella no contestó.

Porque no podía hacerlo.


Alejandro abrió la aplicación del correo electrónico.

No había ningún mensaje del doctor.

Después revisó la carpeta de eliminados.

Vacía.

Entonces recordó algo.

Su madre conocía la contraseña de la tableta que había dejado en casa meses atrás.

La utilizaba para hacer videollamadas con sus amigas.

Sintió un escalofrío.


Mientras tanto, Sofía hizo un esfuerzo por incorporarse.

Con manos temblorosas abrió el cajón del buró.

Sacó una pequeña bolsa de tela.

Dentro había varias hojas perfectamente dobladas.

—Los guardé…

Por si algún día regresabas antes.

Alejandro tomó los documentos.

Eran copias de los informes médicos.

Fechas.

Indicaciones.

Recomendaciones.

Y, sujetando todas las hojas con un clip oxidado, había una nota escrita por el propio médico.

“Se recomienda que la paciente no permanezca bajo situaciones de intimidación o aislamiento. El estrés sostenido representa un riesgo para ella y para el embarazo.”

La fecha era de casi dos meses atrás.

Dos meses durante los cuales Alejandro había creído que todo marchaba bien porque hablaba con su madre cada noche.

No con su esposa.


Afuera comenzó a escucharse el ruido de una ambulancia acercándose por la calle.

Alejandro ya había llamado a emergencias.

Se volvió hacia Doña Carmen.

Su voz salió baja.

Tan tranquila que resultó más dura que cualquier grito.

—Desde este momento no vuelves a quedarte sola con Sofía.

Ni con mi hijo.

La expresión de su madre cambió por primera vez.

Porque comprendió que aquella tarde no solo había perdido el control sobre la casa.

Acababa de perder la confianza del único hijo que durante años había creído ciegamente en cada una de sus palabras.

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