PARTE 2: EL IMPERIO QUE YA NO LE PERTENECÍA

—Dejé de protegerte.

Lucas permaneció inmóvil.

Las flores comenzaron a resbalar lentamente de sus manos.

—Elena…

Esto no tiene sentido.

Negué con tranquilidad.

—Al contrario.

Es la primera decisión sensata que tomo en años.


Su teléfono volvió a sonar.

Esta vez era el director de producción.

Contestó con manos temblorosas.

—¿Qué pasa?

La voz al otro lado era un caos.

—Las plantas de Guadalajara, Monterrey y Querétaro acaban de detener toda la fabricación.

Los sistemas bloquearon automáticamente las fórmulas.

No podemos producir ni un solo lote.

Lucas sintió cómo el color abandonaba definitivamente su rostro.

—Eso debe ser un error.

—No lo es.

Las licencias fueron revocadas hace exactamente treinta y ocho minutos.


Colgó.

Volvió a mirarme.

—Reactívalas.

—No.

—Elena…

Hay miles de empleados.

No los castigues por una discusión.

Sonreí por primera vez desde el día anterior.

—Curioso.

Ayer tampoco te preocupaban las consecuencias cuando cuatro guardias me sujetaban para que otra mujer pudiera golpearme.


En ese momento llegó un tercer llamado.

El presidente del consejo.

Lucas respondió inmediatamente.

No alcanzó a decir una sola palabra.

—¿Dónde demonios está Elena?

La pregunta retumbó incluso desde el altavoz.

—Estoy con ella.

—Entonces escucha con atención.

La autoridad sanitaria suspendió la revisión de nuestro nuevo medicamento.

Sin las patentes registradas a nombre del laboratorio de Elena, toda la documentación queda inválida.

La salida al mercado queda cancelada.

Las acciones ya empezaron a desplomarse.


Lucas cerró lentamente los ojos.

Apenas hacía doce horas se sentía invencible.

Ahora su imperio comenzaba a desmoronarse llamada tras llamada.


—¿Por qué nunca me dijiste que todavía estaban a tu nombre?

Lo miré fijamente.

—Sí te lo dije.

Hace siete años.

El día que firmamos el convenio tecnológico.

Solo que dejaste de escucharme cuando empezaste a creer que todo lo que era mío automáticamente se convertía en tuyo.


Respiró profundamente.

—Podemos negociar.

Negué.

—No.

—¿Qué quieres?

—Lo mismo que tú me negaste ayer.

Respeto.


Antes de que pudiera responder apareció otro automóvil.

Era Sofía.

Bajó apresurada.

Traía el maquillaje impecable.

La seguridad de siempre.

Hasta que me vio.

Y después vio a Lucas completamente pálido.

—¿Qué pasó?

Lucas no respondió.

El teléfono volvió a sonar.

Esta vez era el departamento jurídico.

—Señor Ferrer…

Tenemos otro problema.


—¿Cuál?

—La doctora Elena notificó oficialmente al Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial y a la autoridad regulatoria que Shengheng está utilizando procesos patentados sin autorización vigente.

Si continuamos fabricando…

Podríamos enfrentar sanciones millonarias.

Sofía sintió un escalofrío.

—Eso es imposible.

Yo la observé con calma.

—No.

Es perfectamente posible.

Porque todas las patentes llevan mi nombre desde hace once años.

Nunca fueron de Shengheng.

Solo tenían una licencia de uso.


Sofía dio un paso hacia mí.

—¡Lo haces por venganza!

Negué despacio.

—No.

Lo hago porque ayer quisiste lanzar al mercado un medicamento utilizando datos clínicos alterados.

El silencio volvió a caer.

Lucas giró lentamente hacia Sofía.

—¿Qué acaba de decir?

Ella abrió la boca.

No salió ninguna palabra.


Saqué la carpeta azul.

La misma que llevaba conmigo durante la reunión.

La abrí delante de los dos.

Había copias certificadas.

Registros de acceso.

Sellos de tiempo.

Direcciones IP.

Y el historial completo de modificaciones.

—Los resultados fueron alterados desde tu usuario.

Sofía comenzó a retroceder.

—No…

Eso…

Eso puede manipularse.

Le entregué otra hoja.

—Entonces explícale al consejo por qué tu firma biométrica aparece en las cuatro versiones.

Lucas tomó los documentos.

Los revisó uno por uno.

Su expresión cambió página tras página.

Hasta que finalmente levantó la vista.

No hacia mí.

Hacia Sofía.


—¿Lo hiciste?

Ella guardó silencio.

—¡Respóndeme!

Las lágrimas aparecieron de inmediato.

—Solo quería acelerar la aprobación.

Los efectos secundarios eran mínimos.

Lucas sintió que el mundo entero comenzaba a derrumbarse.

Porque acababa de comprender dos cosas al mismo tiempo.

Había protegido durante cuatro años a la persona equivocada.

Y había destruido el único matrimonio que todavía podía salvar su empresa.


En ese momento llegó una camioneta negra.

Descendieron tres abogados.

El primero se acercó directamente a mí.

—Doctora Elena.

Todo está listo.

Lucas los observó confundido.

—¿Quiénes son?

El abogado respondió sin mirarlo.

—Representamos al Laboratorio Orion Biotech.

Frunció el ceño.

Era la mayor competencia internacional de Shengheng.

—¿Qué hacen aquí?

El abogado sonrió ligeramente.

—Venimos a cerrar la adquisición de todas las licencias que la doctora Elena decidió retirar esta mañana.

Lucas sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

—¿Las… vendiste?

Lo miré por última vez.

—No.

Todavía no.

Pero alguien supo valorar lo que tú llevabas años dando por hecho.


Los abogados me entregaron una carpeta para firmar.

Antes de hacerlo, mi teléfono vibró.

Era un mensaje del presidente del consejo.

Solo contenía una frase.

“La junta extraordinaria acaba de convocarse. La destitución de Lucas Ferrer como presidente será el único punto del orden del día.”

Guardé el teléfono.

Ya no hacía falta decir nada.

Porque el hombre que el día anterior había permitido que otra mujer me abofeteara doce veces acababa de descubrir que su cargo nunca dependió únicamente de su apellido.

Dependía de la única persona que decidió humillar delante de toda la empresa.

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