El teléfono permaneció vibrando entre mis manos durante varios segundos.
No respondí de inmediato.
Volví a leer el mensaje de Valeria.
“Daniela, revisé los documentos de Rodrigo. Hay algo grave. El hombre con el que crees estar casada no existe.”
El amanecer apenas comenzaba a teñir de gris las ventanas de la cocina.
Respiré una vez.
Después marqué.
Valeria contestó antes del segundo tono.
—¿Estás sola?
Miré hacia el pasillo.
Desde la recámara llegaban los ronquidos de Rodrigo y de su madre.
—Sí.
—Escúchame con atención. No hables fuerte.
Su voz jamás sonaba nerviosa.
Llevábamos años trabajando juntas.
Había manejado asuntos delicados relacionados con oficiales de alto rango, divorcios complejos y litigios patrimoniales.
Aquella era la primera vez que la escuchaba medir cada palabra.
—El acta de nacimiento que Rodrigo presentó cuando se casaron es falsa.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Cómo que falsa?
—No existe en el Registro Civil de Nuevo León. Tampoco en la base nacional.
Me apoyé sobre la mesa.
—Debe ser un error.
—Pensé lo mismo.
Escuché el sonido de un teclado.
—Entonces pedí una búsqueda por CURP, por huellas registradas, por RFC y por antecedentes laborales. Todo conduce al mismo resultado.
Hizo una pausa.
—Rodrigo Herrera Salas no existe legalmente.
El silencio se volvió insoportable.
Recordé nuestra boda.
Las fotografías.
La firma ante el juez.
Los años viviendo juntos.
Las declaraciones fiscales.
La compra de la casa.
¿Cómo podía no existir?
—¿Quién demonios es entonces?
—Eso todavía no lo sé.
Cerré los ojos.
En el Ejército me habían enseñado que cuando una identidad era completamente limpia solo existían dos posibilidades.
Un testigo protegido.
O alguien que jamás había usado su verdadero nombre.
Las dos opciones eran peligrosas.
—Hay algo más —continuó Valeria.
—Dímelo.
—El notario que certificó su identidad murió hace cinco años.
—Eso no prueba nada.
—Murió dos semanas después de que ustedes compraran la casa.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda rapada.
Valeria respiró hondo.
—Y la persona que presentó los documentos de Rodrigo aquel día no fue él.
—¿Qué?
—Fue tu suegra.
Miré automáticamente hacia el pasillo oscuro.
Por primera vez desde que me había despertado sin cabello comprendí que Rosaura nunca había sido simplemente una mujer controladora.
Ella llevaba demasiado tiempo ocultando algo.
—Quiero que salgas de esa casa cuanto antes —dijo Valeria—. Ya inicié las medidas patrimoniales, pero esto dejó de ser un simple divorcio.
—¿Crees que estoy en peligro?
La respuesta tardó apenas un segundo.
—Sí.
Colgué despacio.
No porque dudara de ella.
Porque necesitaba pensar.
Abrí la computadora otra vez.
Entré al sistema interno de personal al que únicamente podían acceder oficiales con autorización especial.
Tecleé el nombre de Rodrigo.
Sin resultados.
Probé con la fecha de nacimiento.
Nada.
Ingresé el rostro mediante reconocimiento biométrico utilizando una fotografía reciente.
La pantalla tardó unos segundos.
Después apareció una alerta roja.
ACCESO RESTRINGIDO.
IDENTIDAD VINCULADA A INVESTIGACIÓN FEDERAL CLASIFICADA.
Mi pulso se aceleró.
Antes de que pudiera leer más, el sistema cerró automáticamente la sesión.
Al mismo tiempo escuché un ruido detrás de mí.
La cafetera seguía apagada.
La cocina estaba vacía.
Sin embargo, alguien acababa de apagar lentamente la luz del pasillo.

Giré despacio.
Rodrigo estaba allí.
Descalzo.
Sonriendo.
Y sostenía entre las manos mi teléfono militar oficial.