PARTE 2: EL HOMBRE QUE YA NO TENÍA UN HOGAR.

Ethan tomó los papeles del divorcio con las manos todavía húmedas por la lluvia de París.

Leyó mi firma una vez.

Luego otra.

Después levantó la vista.

—¿Qué significa esto?

Mrs. Walker respiró hondo.

—La señora Olivia dijo que usted lo entendería cuando regresara.

Él dejó las rosas sobre la mesa.

Los pétalos comenzaron a caer uno por uno.

—¿Dónde está?

La mujer negó lentamente con la cabeza.

—No me lo dijo.

Ethan sacó el teléfono inmediatamente.

Mi número.

Apagado.

Volvió a marcar.

Otra vez.

Y otra.

Siempre el mismo mensaje.

El número al que llama no está disponible.

Su mandíbula se tensó.

Llamó entonces a mi mejor amiga, Emma.

—¿Dónde está Olivia?

Emma respondió con absoluta calma.

—No lo sé.

—No mientas.

—No estoy mintiendo.

—Aunque lo supiera, tampoco te lo diría.

La llamada terminó.

Por primera vez en muchos años, Ethan sintió que había perdido el control de una situación.

Subió al dormitorio principal.

Abrió mi armario.

Vacío.

Solo quedaban algunas perchas balanceándose lentamente.

Entró al baño.

Mi cepillo de dientes había desaparecido.

También mi crema para las cicatrices de la cesárea.

Las vitaminas.

Los pequeños frascos de leche materna que guardaba cuidadosamente.

Todo.

Abrió cada cajón de la habitación.

Nada.

Entonces vio la caja fuerte.

La abrió con rapidez.

Las joyas seguían allí.

Los relojes.

Los collares.

Los pendientes de diamantes que él compró cada vez que regresaba tarde.

Todo estaba intacto.

Mrs. Walker apareció en la puerta.

—La señora dijo que esas cosas nunca fueron regalos.

—Eran disculpas.

Ethan permaneció inmóvil.

La empleada continuó.

—Por eso no quiso llevarse ninguna.

Él bajó lentamente la cabeza.

Por primera vez, aquellas joyas parecían pesar toneladas.

Su teléfono vibró.

Era Sophie.

Contestó sin pensar.

—¿Ya llegaste?

No respondió.

Ella siguió hablando con entusiasmo.

—Encontré un restaurante francés increíble.

—Podemos volver el próximo mes.

—También pensé que…

—Sophie.

Su voz era extrañamente fría.

Ella guardó silencio.

—Olivia se fue.

Al otro lado hubo unos segundos de incomodidad.

Luego Sophie respondió con ligereza.

—Seguro volverá.

—Siempre vuelve.

Aquellas cuatro palabras hicieron que Ethan levantara la vista.

Siempre vuelve.

Era cierto.

Durante cinco años había llegado tarde.

Había cancelado aniversarios.

Había abandonado vacaciones.

Había corrido cada vez que Sophie decía necesitarlo.

Y yo…

Siempre volvía a perdonarlo.

Siempre esperaba.

Siempre permanecía allí.

Hasta ahora.

Colgó sin despedirse.

Entró al cuarto de la bebé.

El silencio era insoportable.

Se acercó lentamente al lugar donde antes estaba la cuna.

Todavía quedaba una marca clara sobre la alfombra.

Se agachó.

Tocó el espacio vacío.

Recordó algo que había olvidado por completo.

La noche antes de viajar a París.

Yo le había sostenido a nuestra hija recién nacida.

—Ethan…

—¿Podrías quedarte?

—Solo esta semana.

—Tengo miedo de hacerlo sola.

Él ni siquiera levantó la vista del portátil.

—Sophie no puede viajar sola.

—Regresaré pronto.

Entonces me besó distraídamente en la frente.

Como quien marca una tarea cumplida.

Ahora comprendía que aquella había sido la última vez que me vio.

Su respiración comenzó a acelerarse.

Abrió el armario infantil.

Vacío.

Los cajones.

Vacíos.

Solo quedaba un pequeño calcetín rosa olvidado en un rincón.

Lo tomó entre los dedos.

Era ridículamente pequeño.

Y, sin saber por qué, empezó a temblar.

En ese instante sonó el teléfono fijo de la mansión.

Mrs. Walker contestó.

Después levantó lentamente la mirada hacia él.

—Señor…

—Es el abogado de la señora Olivia.

—Dice que no vuelva a intentar localizarla directamente.

—A partir de ahora… toda comunicación deberá hacerse únicamente por vía legal.

Por primera vez desde que construyó aquel imperio, Ethan Montgomery descubrió que existía algo que el dinero, el poder y las flores más caras del mundo ya no podían comprar.

Una segunda oportunidad.

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