Durante unos segundos no me moví.
El teléfono seguía iluminando mi mano.
La pantalla mostraba el último mensaje de Rebecca.
“Había contratado a alguien para regresar a la casa antes del amanecer.”
La puerta de la cocina volvió a crujir.
Despacio.
Como si la persona que estaba entrando no tuviera prisa.
Como si creyera que la casa le pertenecía.
Me levanté del balcón sin hacer ruido.
No tomé un arma.
No grité.
No llamé a nadie.
Porque durante seis meses había aprendido algo sobre Sebastián:
Los hombres que creen haber ganado siempre cometen el mismo error.
Hablan demasiado.
Caminé hacia el pasillo y tomé el teléfono.
Activé la grabación de audio.
Entonces escuché una voz.
—Victoria.
Se me heló la sangre.
No era Sebastián.
Era alguien que conocía.
Alguien que había cenado en mi casa.
Alguien que había sonreído frente a mí mientras fingía preocuparse por mi familia.
Mi hermano menor.
Daniel.
Salí lentamente de la oscuridad.
—Qué sorpresa.
Daniel se quedó inmóvil.
Por primera vez en mi vida vi miedo en sus ojos.
—Victoria…
Miró alrededor.
—¿Estás despierta?
Sonreí.
—Parece que sí.
Su expresión cambió.
Intentó recuperar la calma.
—Vine porque Sebastián me pidió que revisara algunas cosas antes de que regresaran.
—¿Regresaran?
Incliné la cabeza.
—Qué curioso. Pensé que Sebastián se estaba yendo para siempre.
Daniel guardó silencio.
Demasiado tiempo.
Y esa pausa me confirmó lo que ya sospechaba.
No era un visitante.
Era parte del plan.
Seis meses antes, cuando descubrí la relación entre Sebastián y Camila, pensé que solo eran dos personas ambiciosas.
Me equivoqué.
La traición nunca llega sola.
Siempre trae una cadena detrás.
Una persona abre la puerta.
Otra prepara la llave.
Otra limpia las huellas.
Y Daniel…
Daniel había sido quien más me defendía cuando éramos niños.
El hermano que decía que nadie volvería a aprovecharse de mí.
El mismo hombre que ahora estaba entrando a mi casa mientras mi esposo huía con mis bienes.
—¿Cuánto te pagó? —pregunté.
Daniel parpadeó.
—No sé de qué hablas.
Saqué mi teléfono.
Le mostré la pantalla.
Una transferencia bancaria.
Su nombre.
Una cantidad de 75,000 dólares.
La fecha.
Dos días después de que Sebastián y Camila empezaran a planear la fuga.
El rostro de Daniel perdió color.
—Eso no significa nada.
—Claro que significa algo.
Di un paso hacia él.
—Significa que mi esposo no confiaba ni siquiera en ti.
Porque si confiara, no habría dejado un rastro de dinero.
Daniel apretó los dientes.
—No entiendes nada.
—Explícame.
Su mandíbula tembló.
Durante años había sido el hermano que siempre se comparaba conmigo.
Yo heredé la visión de mi padre.
Yo dirigí la empresa.
Yo aparecía en los periódicos.
Él siempre estuvo detrás.
Y Sebastián había encontrado exactamente esa herida.
—Sebastián me prometió una parte de la empresa.
Ahí estaba.
La verdad.
—Me dijo que cuando se fueran, yo quedaría como administrador temporal.
Solté una risa amarga.
—¿Y tú le creíste?
Daniel bajó la mirada.
—Dijo que tú nunca notarías nada.
Esa frase dolió más que la traición.
Porque era la misma mentira que Sebastián había repetido durante años.
Que yo era demasiado buena.
Demasiado confiada.
Demasiado fácil de engañar.
Entonces mi teléfono vibró.
Era Rebecca.
Contesté en altavoz.
—Victoria, ya tenemos confirmación.
La voz de mi abogada llenó la cocina.
Daniel se puso rígido.
—¿Confirmación de qué?
No respondí.
Rebecca continuó:
—El vuelo de Sebastián y Camila fue detenido antes del embarque.
Daniel cerró los ojos.
—No…
—Las autoridades encontraron el efectivo, los documentos y las joyas en la maleta.
Sonreí.
—Especialmente el collar de mi madre.
Rebecca hizo una pausa.
—Hay otro detalle.
—¿Cuál?
—Sebastián intentó presentar documentos donde aparecía como propietario único de Salazar Medical Supply.
Miré a Daniel.
—Pero no lo es.
—Exacto.
Rebecca bajó la voz.
—Porque el fideicomiso que modificaste hace meses entró en vigor esta madrugada.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Qué fideicomiso?
Sonreí.
Ahora entendía.
Sebastián tampoco se lo había contado.
Había utilizado a todos.
A Camila.
A Daniel.
Incluso a su propia familia.
A las 4:05 de la mañana llegó otro mensaje.
Esta vez era de un número desconocido.
Una sola línea:
“Victoria, tenemos que hablar. Sebastián no era el cerebro.”
Miré la pantalla.
Luego miré a Daniel.
Él también había recibido algo.
Porque su teléfono vibró al mismo tiempo.
Lo sacó del bolsillo.
Y su rostro cambió.
—¿Quién te escribió? —pregunté.
No respondió.
Le arrebaté la mirada al teléfono.
Solo alcancé a leer una frase:
“Elena ya despertó. Sabe lo que hicieron.”
El nombre me dejó congelada.
Elena.
Mi antigua directora financiera.
La mujer que había desaparecido hacía ocho meses después de acusar a Sebastián de manipular las cuentas.
Todos creyeron que había huido.
Pero no.
Al parecer, había estado esperando.
Y ahora tenía información que podía destruir algo mucho más grande que mi matrimonio.
Porque Sebastián no había robado solamente mi dinero.

Había intentado ocultar un fraude que llevaba años construyendo.
Y si Elena decía la verdad…
La caída de Sebastián Ferrer apenas acababa de comenzar.