—Dime quién te hizo llorar.
No respondí.
Adrian Vale seguía frente a la puerta, completamente inmóvil.
—No es asunto tuyo.
Su mirada se endureció.
—Quizá no.
Hizo una pausa.
—Pero ahora quiero que lo sea.
No sabía qué decir.
Así que saqué el teléfono y reproduje la grabación que había iniciado antes de entrar al baño.
La voz de Daniel llenó la habitación.
“Ella va a creer cualquier cosa.”
Después:
“La apuesta vale diez mil dólares.”
Adrian escuchó todo sin interrumpirme.
Cuando terminó, preguntó:
—¿Daniel Cross?
Asentí.
—¿Lo conoces?
—Todo Manhattan conoce a Daniel Cross.
Su expresión se volvió fría.
—Pero aparentemente él todavía no me conoce a mí.
Sacó su teléfono.
—Marcus.
Una voz respondió al instante.
—Sí, señor.
—Quiero todo sobre Daniel Cross. Empresas, cuentas, socios, propiedades y especialmente quién organizó esa apuesta.
Me quedé mirándolo.
—No tienes que hacer esto.
Adrian guardó silencio.
—No lo hago por ti.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces por qué?
Me miró directamente.
—Porque odio a los hombres que confunden humillar a alguien con divertirse.
Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta.
Adrian abrió.
Un hombre trajeado le entregó una carpeta.
—La información básica ya está.
Adrian la abrió.
Su rostro cambió.
—¿Qué ocurre?
No respondió.
Pasó varias páginas.
Después me entregó una fotografía.
Daniel aparecía junto a tres hombres.
Reconocí a uno de ellos.
Era el director financiero de la empresa donde yo trabajaba.
Mi estómago se contrajo.
—Esto no puede ser.
Adrian señaló una transferencia bancaria.
—La apuesta no comenzó esta noche.
—¿Qué quieres decir?
—Daniel recibió dinero hace ocho semanas.
Exactamente cuando empezamos a salir.
Miré la cantidad.
Cincuenta mil dólares.
No diez mil.
—¿Quién se lo pagó?
Adrian levantó la mirada.
—Tu jefe.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Daniel no solo había estado jugando conmigo.
Alguien había pagado para acercarse a mí.
—¿Por qué?
Adrian cerró la carpeta.
—Eso es lo que vamos a descubrir.
Mi teléfono comenzó a vibrar.
Daniel.
Una llamada.
Después otra.
Después otra.
Adrian miró la pantalla.
—Contesta.
—No quiero hablar con él.
—Entonces ponlo en altavoz.
Respiré profundamente y acepté.
—Evelyn.
La voz de Daniel sonaba desesperada.
—Por favor, déjame explicarte.
No respondí.
—Lo que escuchaste no era lo que parecía.
Adrian levantó una ceja.
Daniel continuó:
—La apuesta era una broma entre amigos.
Entonces Adrian habló.
—¿Una broma?
Silencio absoluto.
Daniel reconoció su voz.
—¿Adrian Vale?
—Sí.
La respiración de Daniel cambió.
—Señor Vale, esto es un asunto personal.
—Ya no.
Adrian colgó.
Me quedé mirándolo.
—¿Qué acabas de hacer?
—Evitar que vuelvas a escuchar mentiras.
Entonces Marcus volvió a entrar.
Esta vez parecía mucho más serio.
—Señor, encontramos algo más.
Adrian tomó el documento.
Leyó la primera página.
Luego la segunda.
Finalmente levantó la mirada hacia mí.
—Evelyn, ¿alguna vez has trabajado con información financiera de Vantage Holdings?
—Sí. Hace dos años.
—¿Tuviste acceso a sus cuentas internas?
—Como contadora, sí.
—Entonces ya entiendo la apuesta.
—¿Qué significa eso?
Adrian puso el documento sobre la mesa.
—Daniel no fue contratado para seducirte.
Señaló una línea marcada.
—Fue contratado para descubrir qué sabías.
Mi sangre se heló.
—¿Qué sabía yo?
Adrian me miró fijamente.
—Un fraude de varios millones de dólares.
Y entonces entendí por qué Daniel había elegido precisamente a una contadora financiera.
No había querido conquistarme.
Había querido abrir mi vida.
Y quizá acababa de descubrir algo mucho más peligroso que una simple infidelidad.
Adrian cerró la carpeta.
—Ahora tenemos un problema.
—¿Cuál?
Su mirada se dirigió hacia la puerta.

—Ellos saben que tú descubriste la apuesta.
Afuera, alguien acababa de apagar las luces del pasillo.
Y Adrian inmediatamente se puso delante de mí.