Me quedé inmóvil.
—Estela, mírame.
Sus ojos se cerraron otra vez.
—¿Quién te hizo esto?
Intentó responder, pero el sedante volvió a arrastrarla hacia el sueño.
Ramiro se acercó.
—No podemos presionarla todavía.
Asentí.
Pero mi mirada seguía fija en el pedazo de camisa.
R. G. B.
Mi yerno.
Ricardo Gabriel Beltrán.
Un hombre al que había entregado la mano de mi hija sin dudar.
Salí de la habitación.
—Quiero las cámaras de seguridad —dije.
Ramiro me siguió.
—Esteban…
—Ahora.
A los pocos minutos, un técnico del hospital apareció con las grabaciones.
Las revisamos en una pequeña oficina.
Estela había llegado a urgencias a las 11:19.
Pero la cámara del estacionamiento mostraba algo extraño.
Su automóvil había entrado solo.
Nadie salió del asiento del conductor.
La puerta trasera se abrió siete minutos después.
Dos hombres sacaron a Estela.
Uno llevaba una chaqueta oscura.
El otro llevaba una gorra y una mascarilla.
—Amplía la imagen.
La pantalla mostró sus manos.
El hombre de la chaqueta llevaba un reloj metálico.
Lo reconocí.
Era de Ricardo.
Mi corazón se endureció.
—Ahí está.
Pero entonces el técnico amplió otra imagen.
El segundo hombre levantó accidentalmente la manga.
En su muñeca apareció una cicatriz larga.
Me quedé mirando la pantalla.
Conocía esa cicatriz.
La había visto durante casi treinta años.
—No puede ser…
Ramiro me miró.
—¿Quién es?
No respondí.
Tomé mi teléfono y llamé a mi antiguo jefe de inteligencia.
Contestó después del segundo tono.
—Esteban.
—Necesito una investigación discreta.
—¿Sobre quién?
Miré nuevamente la pantalla.
—Sobre mi propio yerno.
Hice una pausa.
—Y sobre el hombre que lo acompañaba.
A las tres de la mañana recibí el primer informe.
Ricardo había salido del país esa misma noche.
Pero no estaba huyendo.
Había tomado un vuelo privado hacia Houston.
El segundo dato fue peor.
Una empresa vinculada a Ricardo había transferido casi cuatro millones de pesos a una cuenta desconocida durante las últimas seis semanas.
El tercer dato me dejó sin palabras.
El propietario de aquella cuenta era un hombre que oficialmente llevaba diecisiete años muerto.
Mi antiguo compañero de unidad.
Coronel Gabriel Beltrán.
El padre de Ricardo.
El hombre que murió durante una operación militar cuando Ricardo tenía diecinueve años.
Me levanté lentamente de la silla.
Aquello ya no era un asunto familiar.
Era algo mucho más grande.
Volví a la habitación de Estela justo cuando ella despertaba.
Esta vez sus ojos estaban más claros.
Me acerqué.
—Hija, necesito que me digas una cosa.
Ella asintió débilmente.
—¿Ricardo te hizo esto?
Estela negó con la cabeza.
Sentí un alivio inmediato.
Pero duró menos de un segundo.
—Entonces, ¿por qué llevabas su camisa?
Estela respiró profundamente.
—Porque él intentó ayudarme.
Me quedé helado.
—¿Ayudarte de quién?
Sus dedos apretaron la sábana.
—De tu antiguo compañero.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Gabriel?
Estela comenzó a llorar.
—Papá… él no murió.
Miré a Ramiro.
Después a mi hija.
—¿Qué estás diciendo?
Estela levantó lentamente la mano.
—Gabriel Beltrán está vivo.
Silencio.
—Y lleva años preparándose para destruirte.
Entonces comprendí por qué habían escrito aquella frase sobre su espalda.
ÉL TE MINTIÓ A TI TAMBIÉN.
No hablaba de Ricardo.
Hablaba del hombre que había sido mi hermano durante treinta años.
El hombre cuya muerte había marcado el final de mi carrera militar.

Y si Estela tenía razón…
Mi retiro no había sido el final de aquella guerra.
Había sido apenas el principio.