Rodrigo guardó los papeles del divorcio dentro de su portafolio con la tranquilidad de quien cree haber ganado una partida antes de que el rival haga su primer movimiento.
Pamela se acomodó mi abrigo color marfil sobre los hombros y lanzó una última mirada de superioridad hacia las incubadoras.
—Vámonos, amor. Ya perdimos suficiente tiempo.
No alcanzaron a dar tres pasos.
La puerta automática de la Unidad Neonatal volvió a abrirse.
Primero entraron dos elementos de seguridad privada del hospital, vestidos de negro y con auriculares discretos. Caminaban con una disciplina que hizo que hasta las enfermeras dejaran de moverse.
Detrás apareció un hombre de cabello completamente blanco, traje azul oscuro perfectamente cortado y un bastón de madera que parecía más un símbolo de autoridad que una necesidad.
No levantó la voz.
Ni siquiera miró alrededor.
Sus ojos fueron directamente hacia mí.
—¿Cómo están mis bisnietos?
Las lágrimas que llevaba conteniendo durante horas finalmente escaparon.
—Siguen luchando, abuelo.
Él se acercó despacio, observó a Mateo y a Lucía dentro de las incubadoras y apoyó una mano sobre mi hombro.
—Van a salir adelante. Son Aranda.
Solo entonces giró el rostro hacia Rodrigo.
El silencio dentro de la sala cambió de peso.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Usted es el abuelo?
Don Ernesto lo observó durante varios segundos antes de responder.
—Así es.
Pamela soltó una risa pequeña.
—Con razón hizo tanto misterio.
Pero aquella sonrisa comenzó a desaparecer cuando un cuarto hombre cruzó la puerta.
Era Esteban.
Alto, impecablemente vestido y con un portafolio de cuero en la mano.
Rodrigo tardó apenas unos segundos en reconocerlo.
Y esos segundos bastaron para que el color abandonara su rostro.
—No puede ser…
Esteban Salinas era uno de los abogados corporativos más respetados del norte del país. Su despacho representaba a algunos de los grupos empresariales más importantes de México.
Rodrigo incluso había intentado contratarlo dos años antes.
Nunca consiguió una cita.
Esteban caminó directamente hasta don Ernesto.
—Señor Aranda.
Le estrechó la mano con un respeto que Rodrigo jamás había visto en él hacia ningún cliente.
Después me saludó con una inclinación de cabeza.
—Señora Mariana.
Rodrigo dio un paso al frente.
—Licenciado Salinas… qué casualidad encontrarlo aquí.
Esteban lo miró apenas.
—No es casualidad.
Abrió el portafolio.
—Vengo por instrucción del señor Ernesto Aranda.
Pamela empezó a mirar alternativamente a Rodrigo y al anciano.
—Rodrigo… ¿qué está pasando?
Él no respondió.
Seguía observando a don Ernesto como si intentara recordar de dónde conocía ese apellido.
Hasta que sus ojos se abrieron por completo.
—Aranda…
Su voz perdió firmeza.
—¿Los Aranda del Grupo Aranda?
Don Ernesto sonrió apenas.
—Al fin hiciste la conexión.
Rodrigo tragó saliva.
Todo empresario del norte conocía ese nombre.
Grupo Aranda era un conglomerado con inversiones en hospitales, desarrollos inmobiliarios, energía y fondos internacionales.
Una familia famosa por mantenerse lejos de la prensa.
Casi nadie conocía los rostros de sus integrantes.
Solo el apellido.
Pamela dio un paso hacia atrás.
—Rodrigo… dijiste que ella no tenía familia.
Él no contestó.
Porque tampoco entendía.
Miró directamente hacia mí.
—Nunca… nunca me dijiste…
Respiré hondo.
—Nunca preguntaste.
Los recuerdos comenzaron a cruzar por su cabeza.
Todas las veces que yo evitaba hablar de mi infancia.
Las pocas fotografías familiares.
Las visitas discretas de un anciano al que él jamás quiso conocer porque, según decía, “no tenía tiempo para gente sin influencia”.
Nunca imaginó quién era realmente.
Don Ernesto tomó entonces la carpeta del divorcio que aún sobresalía del portafolio de Rodrigo.
La abrió lentamente.
Leyó apenas dos páginas.
Después levantó la vista.
—¿Pretendes dejar sin patrimonio a la madre de tus hijos tres días después de una cesárea?
Rodrigo recuperó algo de arrogancia.
—Es un acuerdo legal.
Esteban habló por primera vez.
—No exactamente.
Sacó otro documento.
—Firmado bajo evidente estado de vulnerabilidad física y emocional, dentro de una unidad neonatal, con posible presión psicológica y sin representación legal.
Cerró la carpeta.
—Difícilmente sobrevivirá cinco minutos frente a un juez.
La sonrisa de Pamela desapareció por completo.
Rodrigo apretó la mandíbula.
—Eso lo veremos en tribunales.
Don Ernesto negó lentamente con la cabeza.
—No.
Se acercó un paso.
—Lo veremos mucho antes.
Rodrigo sintió un extraño vacío en el estómago.
—¿Qué significa eso?
Esteban consultó su reloj.
—Exactamente hace cuatro minutos envié una notificación.
—¿A quién?
—Al consejo administrativo de Salvatierra Infraestructura.
Rodrigo parpadeó.
—¿Cómo consiguió acceso al consejo?
Don Ernesto respondió con absoluta serenidad.
—Porque desde hace nueve meses soy el principal acreedor de la empresa.
El silencio fue absoluto.
Rodrigo dejó escapar una risa nerviosa.
—Eso es imposible.
Esteban deslizó otro documento frente a él.
—Su banco vendió discretamente la deuda principal hace meses.
Rodrigo bajó la vista.
Reconoció inmediatamente los sellos.
Eran auténticos.
Le temblaron las manos.
—No…
Don Ernesto sostuvo su mirada.
—Mientras tú estabas ocupado destruyendo a mi nieta, yo estaba comprando, una por una, las obligaciones financieras de tu compañía.
Rodrigo levantó la cabeza de golpe.
Por primera vez desde que había entrado al hospital, comprendió que ya no controlaba absolutamente nada.
Y el teléfono dentro de su bolsillo comenzó a sonar sin parar.
Era el presidente de su empresa.
Luego el director financiero.
Después otro consejero.
Las llamadas llegaban una detrás de otra.

Mientras tanto, don Ernesto simplemente observó las incubadoras donde dormían Mateo y Lucía.
Y dijo con una calma que heló la sangre de todos:
—Ahora sí, hablemos del verdadero precio de haber abandonado a tu familia.