PARTE 2: El hombre que recordó a la mujer equivocada

Hugo no apartaba los ojos de Elena.

Parecía haber olvidado dónde estaba.

El ruido del aeropuerto continuaba alrededor de ellos, pero para él todo había desaparecido.

Elena dio un paso atrás.

—¿Señor?

Hugo parpadeó.

—Perdona.

—¿Nos conocemos?

Él la miró como si aquella pregunta le hubiera dolido físicamente.

—No.

Mintió.

Yo lo vi.

Durante dos años había esperado que me dijera que me amaba.

Ahora tenía delante a la mujer que realmente había estado buscando.

Y su primera reacción no fue curiosidad.

Fue reconocimiento.

Elena tomó su maleta.

—Entonces creo que me ha confundido con alguien.

Hugo negó lentamente.

—No.

—¿No?

—No podría confundirte.

Elena frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

Hugo dio un paso hacia ella.

—Tu nombre es Elena.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Aquella pregunta hizo que Hugo finalmente comprendiera algo.

Yo había planeado todo.

Me alejé unos metros.

No quería escuchar lo que ocurriría después.

Pero entonces escuché mi propio nombre.

—¡Valeria!

Me giré.

Hugo me había visto.

Su expresión cambió.

Primero sorpresa.

Después comprensión.

Finalmente, algo parecido a miedo.

—Tú…

Caminó hacia mí.

—¿Qué hiciste?

Sonreí.

—Te presenté a la mujer que llevas dos años buscando.

—¿Sabías quién era?

—Siempre lo supe.

Hugo miró a Elena.

Después volvió a mirarme.

—¿Por qué?

—Porque estaba cansada de ser el rostro de alguien que no amabas.

Sus ojos se endurecieron.

—Eso no es cierto.

—Entonces dime que cuando la viste no sentiste nada.

No respondió.

Eso fue suficiente.

Elena nos observaba con desconcierto.

—Valeria, ¿qué está pasando?

Me acerqué a ella.

—Nada que tengas que resolver hoy.

Hugo soltó una risa amarga.

—Siempre haces esto.

Lo miré.

—¿Esto qué?

—Decides por los demás.

—No.

Negué lentamente.

—En mi vida anterior dejé que tú decidieras por mí.

Él palideció.

—¿Tu vida anterior?

Me di cuenta de mi error.

—Una forma de hablar.

Hugo siguió mirándome.

—Llevas dos años rechazándome.

—Sí.

—Y ahora apareces con Elena.

—Sí.

—¿Quieres que me case con ella?

La pregunta me atravesó.

No esperaba que la pronunciara así.

Tan directamente.

—No quiero que te cases con nadie.

—Entonces ¿qué quieres?

Miré a Elena.

Después a él.

—Quiero que descubras a quién amas antes de prometerle tu vida a alguien.

Hugo permaneció en silencio.

Elena finalmente intervino.

—Creo que necesito irme.

Tomó su maleta.

Hugo reaccionó inmediatamente.

—Espera.

—No.

Elena lo miró con firmeza.

—No sé quién eres.

—Puedo explicártelo.

—Entonces empieza por decirme por qué sabes mi nombre.

Hugo abrió la boca.

No encontró palabras.

Elena se marchó.

Hugo se quedó observándola hasta que desapareció entre los pasajeros.

Después se volvió hacia mí.

—¿Por qué siento que ya te he perdido?

Mi corazón se contrajo.

Esa frase.

Exactamente esa frase.

Me la había dicho años después en mi primera vida.

Cuando nuestro matrimonio ya estaba destruido.

Cuando Elena había regresado a España.

Cuando él finalmente entendió que yo nunca había sido la mujer que había amado.

Pero esta vez era diferente.

Todavía podía cambiarlo.

—Porque nunca me tuviste.

Me di la vuelta.

—Valeria.

No me detuve.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿Adónde?

Sonreí.

—A vivir mi propia vida.

Aquella noche regresé a casa.

Pensé que todo había terminado.

Me equivoqué.

A las 2:13 de la madrugada recibí un mensaje de un número desconocido.

«Tenemos que hablar.»

No respondí.

Llegó otro.

«Sobre Elena.»

Mi corazón se aceleró.

«Ella no es quien tú crees.»

Me quedé mirando la pantalla.

Luego apareció una fotografía.

Era una imagen antigua.

Hugo aparecía mucho más joven.

A su lado estaba Elena.

Pero había algo extraño.

La fotografía había sido tomada antes de que Elena se marchara al extranjero.

Y detrás de ellos aparecía nuestra madre.

En el reverso había una fecha.

La fecha de mi cumpleaños número dieciocho.

Debajo, alguien había escrito:

«Solo una de las dos hermanas sabe la verdad.»

Me quedé inmóvil.

En mi primera vida, siempre había creído que Elena era simplemente la mujer que Hugo había amado antes de conocerme.

Nunca había cuestionado cómo la había conocido.

Nunca había preguntado por qué nuestra madre insistía tanto en mantener nuestras vidas separadas.

Nunca había preguntado por qué Elena se marchó de España precisamente después de aquella fiesta.

Y ahora alguien estaba diciéndome que había otra versión.

El teléfono volvió a vibrar.

«Si quieres saber por qué Hugo creyó durante tantos años que tú eras Elena, ven mañana al antiguo hotel de la Gran Vía.»

Debajo aparecía una hora.

11:00.

Y una última frase:

«Lleva contigo la fotografía de tu boda.»

No dormí aquella noche.

A la mañana siguiente, llevé la fotografía.

Pero cuando entré en el hotel, no encontré al desconocido que esperaba.

Encontré a Elena.

Estaba sentada junto a una ventana.

Y sobre la mesa había una caja de madera.

—¿Tú me citaste? —pregunté.

Ella asintió.

—Sí.

—¿Por qué?

Elena abrió la caja.

Dentro había decenas de fotografías.

Todas de nuestra infancia.

Todas mostrando a dos niñas idénticas.

Pero debajo de cada fotografía había una fecha.

Y en la última había algo escrito que me dejó sin respiración.

«Valeria y Elena fueron separadas a propósito.»

Levanté la mirada.

—¿Quién hizo esto?

Elena me sostuvo la mirada.

—Nuestra madre.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Por qué?

Elena sacó un sobre amarillento.

—Porque una de nosotras no era hija de nuestro padre.

Me quedé completamente inmóvil.

—¿Qué?

—Y Hugo no fue el único hombre al que engañaron.

Entonces sacó un segundo documento.

Lo dejó frente a mí.

Era un antiguo informe médico.

Y en la parte superior aparecían nuestros dos nombres.

Pero junto al mío había una palabra que jamás había visto antes.

Adopción.

Levanté lentamente la mirada hacia Elena.

—¿Qué significa esto?

Ella tenía lágrimas en los ojos.

—Significa que quizá llevamos toda nuestra vida llamándonos hermanas sin serlo.

Y antes de que pudiera procesarlo, la puerta del hotel se abrió.

Hugo entró.

Nos miró a las dos.

Luego vio el documento sobre la mesa.

Su rostro perdió todo el color.

—No…

Elena se puso de pie.

—Tú también lo sabías.

Hugo negó con la cabeza.

—No sabía nada.

Yo lo miré.

—Entonces dime por qué tu padre aparece como testigo en este documento.

Hugo se quedó completamente inmóvil.

Porque aquella era la primera vez que comprendía que nuestra historia no había comenzado con una confusión amorosa.

Había comenzado mucho antes.

Y alguien había pasado toda una vida asegurándose de que ninguno de nosotros descubriera la verdad.

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