Adrian permaneció inmóvil junto a la acera.
El motor de mi automóvil desapareció al final de la calle, pero él seguía sin moverse.
Solo cuando su teléfono vibró volvió a la realidad.
Era Vanessa.
“¿Llegaste bien? Mañana revisamos el contrato a las ocho.”
No respondió.
Por primera vez en años, no pensó en el proyecto.
Pensó en una sola frase.
“Dentro de tres días voy a casarme.”
A la mañana siguiente, llegué al despacho media hora antes que todos.
Lucy dejó su café sobre mi escritorio.
—¿Terminaste con Adrian?
—Sí.
Esperó unos segundos.
—¿Y es verdad lo del matrimonio?
Sonreí por primera vez en mucho tiempo.
—Sí.
Lucy abrió los ojos.
—¿Con quién?
Antes de responder, alguien llamó suavemente a la puerta.
Un hombre alto, vestido con un traje gris oscuro, entró sosteniendo una carpeta de cuero.
Todo el departamento quedó en silencio.
—Buenos días, Claire.
Su voz seguía siendo tan tranquila como la recordaba.
Diez años atrás estudiamos juntos en la universidad.
Se llamaba Ethan Brooks.
El mejor estudiante de ingeniería financiera.
El único hombre que me confesó que estaba enamorado de mí.
Y el único al que rechacé porque, por entonces, acababa de empezar mi relación con Adrian.
Lucy me miró sin comprender.
—¿Él es…?
Asentí.
—Mi futuro esposo.
La noticia recorrió la empresa antes del mediodía.
No porque yo la anunciara.
Sino porque Ethan había acudido para entregarme personalmente unos documentos prenupciales que ambos habíamos revisado la semana anterior.
Todo era transparente.
Todo estaba decidido.
Cuando Adrian salió de una reunión, encontró a medio departamento murmurando.
—¿Qué ocurre?
Nadie respondió.
Fue Lucy quien, sin querer, dejó escapar:
—Claire se casa el viernes.
Adrian soltó una risa breve.
—Ya basta con esa broma.
Lucy negó lentamente.
—No es ninguna broma.
Le mostró una invitación que acababa de llegar por mensajería.
Registro Civil. Viernes. 10:00 a. m.
Los nombres estaban impresos con claridad.
Claire Morgan.
Ethan Brooks.
Adrian sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Quién demonios es Ethan?
Vanessa apareció a su lado.
—Adrian, tenemos que revisar la propuesta del señor Harrison.
Él ni siquiera la miró.
Salió del edificio casi corriendo.
Aquella tarde llamó más de veinte veces.
No contesté ninguna.
Después apareció frente a mi apartamento con un enorme ramo de lirios blancos.
Yo ya no vivía allí.
La portera le entregó una pequeña caja.
—La señorita Claire pidió que se la diera si usted venía.
Dentro solo había dos objetos.
Un llavero con forma de estrella.
Y un anillo de compromiso.
Sin carta.
Sin explicaciones.
Solo el anillo que llevaba dos años esperando convertirse en alianza.
El viernes, a las nueve y cincuenta de la mañana, Ethan y yo llegamos al registro civil.
No había una ceremonia lujosa.
Solo nuestros padres, Lucy y dos amigos de la universidad.
Ethan tomó mi mano.
—¿Estás segura?
Lo miré sonriendo.
—Llevas diez años esperando esta respuesta.
Él respiró hondo.
—Esperaría otros diez si fuera necesario.
Justo cuando el funcionario abrió el expediente matrimonial, la puerta del registro se abrió de golpe.
Adrian entró sin aliento.
Su corbata estaba torcida.
Tenía el cabello desordenado.
Y en la mano seguía sosteniendo el anillo que acababa de devolverle.
Miró directamente hacia nosotros.
Luego vio a Ethan.

Su expresión cambió por completo.
Porque acababa de reconocer al hombre que estaba a punto de casarse conmigo.
No era un desconocido.
Era el nuevo presidente del grupo empresarial que, apenas dos días antes, había comprado la compañía donde Adrian llevaba diez años construyendo su carrera.