PARTE 2: El hombre que nunca aceptó ser mi secreto

Álvaro soltó mi muñeca.

—¿Tu futuro marido?

Por primera vez aquella noche, toda su seguridad desapareció.

—Estás intentando ponerme celoso.

—No.

—Entonces dime quién es.

—No te debo explicaciones.

Su expresión se endureció.

—Lucía, llevamos diez años juntos.

—Hace cinco minutos dijiste delante de todos que estabas soltero.

No pudo responder.

Detrás de nosotros se escucharon risas.

Clara seguía junto al restaurante, rodeada de antiguos compañeros.

Cuando vio que Álvaro hablaba conmigo, se acercó.

—¿Pasa algo?

Álvaro respondió demasiado rápido.

—No.

Sonreí.

—Exactamente. No pasa nada.

Entonces unos faros iluminaron la acera.

Un Mercedes gris se detuvo frente a nosotros.

La puerta se abrió.

Daniel Vega bajó del vehículo.

Álvaro lo reconoció inmediatamente.

Todos lo conocían.

Daniel había estudiado dos cursos por encima de nosotros y ahora dirigía una firma de arquitectura con proyectos en varias ciudades.

Pero aquello no era lo importante.

Lo importante era que Daniel caminó directamente hacia mí.

Sin mirar alrededor.

Sin comprobar quién observaba.

Sin miedo.

—¿Estás bien?

—Sí.

Me quitó suavemente el abrigo que llevaba sobre el brazo y me ayudó a ponérmelo.

Un gesto sencillo.

Público.

Normal.

Después miró a Álvaro.

—Buenas noches.

Álvaro no contestó.

Clara sí.

—¿Vosotros dos…?

—Nos estamos conociendo —respondí.

Daniel no intentó exagerarlo.

No me abrazó para provocar a nadie.

No fingió una intimidad que todavía no existía.

Eso fue precisamente lo que hizo que Álvaro pareciera aún más incómodo.

—Dijiste “futuro marido” —soltó.

Daniel me miró sorprendido.

Yo casi sonreí.

—Estaba terminando una relación que nunca existió públicamente.

Daniel entendió.

—Entonces vámonos.

Subí al coche.

Álvaro llamó a la ventanilla.

—Lucía.

Lo miré por última vez.

—Mañana hablamos.

—No tenemos nada que hablar.

—Tenemos diez años que hablar.

—Tú acabas de decir delante de cincuenta personas que esos diez años no existieron.

Daniel arrancó.

Aquella noche bloqueé a Álvaro.

No como castigo.

Porque necesitaba silencio.

A la mañana siguiente había diecisiete correos suyos.

El primero estaba enfadado.

El cuarto exigía explicaciones.

El noveno decía que Clara no significaba nada.

El último solo contenía cuatro palabras:

“Por favor, déjame explicarlo.”

No respondí.

En cambio, recibí un mensaje de Clara.

“Tenemos que hablar.”

Acepté verla.

No porque quisiera escuchar excusas.

Quería saber cuánto sabía.

Nos encontramos en una cafetería.

Clara llegó sin maquillaje y con los ojos hinchados.

—No sabía que estabais juntos.

La observé.

—Eres mi mejor amiga.

—Lo sé.

—Durante diez años.

—Lucía, te juro que no lo sabía.

Y lo peor fue que parecía decir la verdad.

—Entonces ¿por qué mencionaste aquella promesa?

Clara bajó la mirada.

—Porque alguien me recordó que existía.

—¿Quién?

Sacó su teléfono.

Un mensaje recibido tres días antes de la reunión.

Número desconocido.

“Álvaro sigue soltero. Pregúntale por vuestra promesa universitaria. Esta vez aceptará.”

Sentí un escalofrío.

—¿Y simplemente lo hiciste?

—Pensé que era una broma de alguno de nuestros compañeros. Y…

Vaciló.

—Siempre me gustó Álvaro.

Aquello dolió.

Pero al menos era verdad.

—¿Alguna vez pasó algo entre vosotros?

—Nunca.

—¿Él te dio motivos?

Clara negó.

—No. De hecho, durante años pensé que estaba enamorado de alguien.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque nunca aceptaba citas. Nunca se quedaba después de las cenas. Siempre desaparecía a cierta hora.

La hora en que venía a verme.

Entonces comprendí algo todavía más triste.

Álvaro no había llevado una doble vida romántica.

Había construido una vida conmigo y después había borrado mi nombre de ella.

Esa tarde finalmente acepté hablar con él.

Llegó a mi apartamento con una carpeta.

—Antes de que digas nada —dije—, Daniel no es mi prometido.

Su rostro cambió.

—Entonces mentiste.

—Sí.

—¿Por qué?

—Quería saber si la posibilidad de perderme te afectaba más que diez años escondiéndome.

—Claro que me afecta.

—Demasiado tarde.

Álvaro dejó la carpeta sobre la mesa.

—No te oculté porque me avergonzara de ti.

—Entonces ¿por qué?

Tardó varios segundos.

—Por mi padre.

Su padre, Ernesto Ferrer, había fundado Ferrer Capital.

Durante años había controlado cada aspecto de la vida de Álvaro.

Universidad.

Trabajo.

Amistades.

Incluso relaciones.

—Cuando empezamos —explicó Álvaro—, mi padre me dijo que si hacía pública nuestra relación, investigaría a tu familia.

—¿Y?

—Tu padre tenía deudas entonces. Tu madre estaba enferma. Pensé que podía protegeros manteniendo nuestra relación fuera de su alcance.

Lo miré incrédula.

—Eso pudo explicar el primer año.

Álvaro bajó la cabeza.

—Lo sé.

—¿El tercero?

Silencio.

—¿El séptimo?

Nada.

—¿Anoche?

Cerró los ojos.

—No tengo excusa.

Aquello fue lo único correcto que dijo.

Entonces señaló la carpeta.

—Pero hay algo que necesitas saber.

Dentro había documentos antiguos de Ferrer Capital.

Mi nombre aparecía en ellos.

Lucía Montes.

Fecha: once años atrás.

Un año antes de que Álvaro y yo empezáramos nuestra relación.

—¿Qué es esto?

—No lo sé.

Su padre había encargado una investigación sobre mi familia antes de que Álvaro siquiera me conociera.

Había fotografías.

Información financiera.

Incluso una copia de mi solicitud universitaria.

—¿Tu padre me investigaba antes de conocerte?

—Sí.

Sentí frío.

Álvaro continuó.

—Encontré esto esta mañana después de preguntarle directamente por ti.

—¿Qué dijo?

—Que nuestra relación nunca debía llegar a diez años.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

Entonces Álvaro me mostró otro documento.

Era un acuerdo entre Ferrer Capital y Montes Ingeniería, la antigua empresa de mi padre.

Mi padre había muerto creyendo que aquella compañía había quebrado.

Pero según esos documentos todavía existía una participación del dieciocho por ciento registrada dentro de un fideicomiso.

Beneficiaria:

Lucía Montes.

—Nunca he oído hablar de esto.

—Yo tampoco.

El valor actual podía ser enorme.

Pero había una cláusula.

Si yo me casaba con un miembro de la familia Ferrer antes de cumplir treinta y uno, esa participación recuperaría derechos de voto que el padre de Álvaro llevaba años controlando temporalmente.

Mi cumpleaños número treinta y uno era dentro de cuatro meses.

De repente comprendí algo.

—Por eso nunca querías hablar de matrimonio.

Álvaro palideció.

—Yo no sabía esto.

No estaba segura de creerle.

Pero entonces apareció Daniel.

No físicamente.

Su nombre estaba en la última página.

Daniel Vega figuraba como testigo autorizado del fideicomiso.

Lo llamé.

Llegó una hora después.

Cuando vio los documentos, dejó de fingir sorpresa.

—Lo sabías —dije.

—Parte.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace seis semanas.

Me levanté.

—¿Por eso empezaste a acercarte a mí?

—No.

—Daniel.

—Me acerqué porque el abogado de tu padre me pidió que te encontrara.

Álvaro se puso de pie.

—¿Qué abogado?

Daniel sacó un sobre.

—El hombre que lleva diez años intentando impedir que Ernesto Ferrer consiga esto.

Dentro había una carta de mi padre.

Reconocí inmediatamente su letra.

“Lucía:

Si recibes esta carta antes de casarte, significa que alguien finalmente decidió decirte la verdad.”

Tuve que sentarme.

“Los Ferrer no pueden controlar permanentemente tu participación mientras permanezcas soltera. Pero existe una excepción que Ernesto intentará utilizar.”

Seguí leyendo.

“Si consigue que renuncies voluntariamente a tus derechos después de una relación prolongada con su heredero, podrá argumentar que conocías la estructura familiar y aceptaste apartarte.”

Miré a Álvaro.

Él parecía tan horrorizado como yo.

Daniel puso otro documento sobre la mesa.

Un acuerdo de renuncia.

Todavía sin firmar.

Había sido preparado ocho años atrás.

En él aparecía mi nombre.

Y había un espacio reservado para mi firma.

Álvaro susurró:

—Nunca había visto esto.

Entonces mi teléfono sonó.

Clara.

Contesté.

Su voz temblaba.

—Lucía, encontré quién me envió el mensaje antes de la reunión.

—¿Quién?

—No era un compañero.

Escuché papeles moverse.

—El número pertenece a una empresa de Ferrer Capital.

Álvaro cerró los ojos.

Todo encajó.

Alguien quería que Clara recordara aquella promesa.

Alguien sabía que Álvaro, después de diez años escondiéndome, probablemente volvería a negar nuestra relación.

Y alguien esperaba que yo finalmente me marchara.

Pero Clara todavía no había terminado.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La persona que autorizó ese teléfono no fue el padre de Álvaro.

Miré a Daniel.

Después a Álvaro.

—Entonces ¿quién?

Clara pronunció un nombre.

Y Daniel dejó caer la carta de mi padre.

Porque la autorización había sido firmada por alguien que, según todos nosotros, llevaba nueve años muerto.

Mi propio padre.

Y de repente aquellos diez años de relación secreta dejaron de parecer únicamente la cobardía de Álvaro.

Alguien había estado esperando durante una década exactamente el momento en que yo decidiera abandonarlo.

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