PARTE 2: EL HOMBRE QUE LLEGÓ A RECLAMAR A MI HIJO EN NOCHEBUENA

Los golpes volvieron a sacudir la puerta.

No eran tímidos.

Eran firmes.

Autoritarios.

Emily retrocedió un paso, abrazando a Noah con tanta fuerza que el pequeño comenzó a moverse inquieto entre sus brazos.

—No abras —susurró.

La miré sin comprender.

—¿Quién es?

Ella negó con la cabeza.

—Por favor, Gavin.

No abras.

Aquellas palabras terminaron de convencerme de que llevaba meses viviendo con miedo.

Caminé hasta la entrada.

—¡Gavin, no!

Abrí la puerta.

Un hombre de unos sesenta años, vestido con un elegante abrigo negro, permanecía bajo la nieve acompañado por dos personas más.

No eran policías.

Tampoco parecían delincuentes.

El hombre sostuvo una carpeta de cuero.

Al verme, frunció ligeramente el ceño.

—Usted no es Emily Carter.

—Soy Gavin Rowan.

¿Quién es usted?

Su expresión cambió al instante.

—Entonces llegó antes de lo previsto.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

El desconocido levantó lentamente la vista hacia Emily.

—Señora Carter…

Necesitamos hablar sobre la tutela del niño.

Emily palideció.

—No.

El hombre dio un paso al frente.

—No hemos venido a discutir.

Solo a cumplir la voluntad de una persona que ya no puede hacerlo.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Qué tutela?

Él abrió la carpeta.

—Mi nombre es Harold Bennett.

Soy albacea del patrimonio del señor James Rowan.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

James Rowan.

Mi padre.

Había muerto hacía cuatro meses.

Lo miré incrédulo.

—Mi padre nunca mencionó a Emily.

Harold sostuvo mi mirada.

—Porque decidió hacerlo en su testamento.

El silencio cayó sobre la casa.

Emily cerró los ojos.

Como si hubiera esperado aquel momento desde hacía demasiado tiempo.

—¿Lo sabías? —le pregunté.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

—Sí.

Harold dejó la carpeta sobre la mesa.

—El señor Rowan modificó su testamento seis semanas antes de fallecer.

Todos los presentes permanecimos inmóviles.

El hombre sacó un sobre sellado.

En el frente aparecía una frase escrita de puño y letra por mi padre.

“Entregar únicamente si Gavin descubre la verdad.”

Mis manos temblaban al romper el sello.

Dentro había una carta.

Reconocí inmediatamente su caligrafía.

“Hijo…”

“Si estás leyendo esto, significa que finalmente conociste a Noah.”

Levanté la vista hacia Emily.

Ella ya no podía contener el llanto.

Seguí leyendo.

“Sé que creerás que Emily te ocultó el embarazo por egoísmo.”

“No fue así.”

Mi respiración comenzó a acelerarse.

“Fui yo quien se lo pidió.”

Las palabras dejaron de tener sentido.

Miré otra vez la carta.

Volví a leerlas.

“Fui yo quien se lo pidió.”

—No…

Susurré.

Harold habló con serenidad.

—Su padre descubrió el embarazo pocas semanas antes del divorcio.

Emily nunca quiso ocultárselo.

Fue el señor James quien la convenció.

La miré.

—¿Eso es verdad?

Ella asintió lentamente.

—Tu padre vino a verme.

Me rogó que no te dijera nada.

—¿Por qué?

Harold respondió antes que ella.

—Porque usted estaba negociando la fusión más importante de Rowan Technologies.

Los médicos acababan de diagnosticar al señor James un cáncer terminal.

Creía que, si conocía el embarazo y además debía enfrentarse a su enfermedad, abandonaría la empresa y destruiría el trabajo de toda su vida.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Mi propio padre…

Había decidido apartarme del nacimiento de mi hijo.

Emily comenzó a hablar entre lágrimas.

—Quise llamarte muchas veces.

Todos los días.

Pero él insistía en que era su última petición.

Prometió contártelo cuando terminara la operación de la empresa.

Entonces enfermó mucho más rápido de lo esperado.

Y murió antes de hacerlo.

Miré la fotografía de mi padre que aún llevaba en mi billetera.

Nunca imaginé que pudiera tomar una decisión así.

Harold respiró profundamente.

—Hay algo más.

Sacó otro documento.

—El señor James creó un fideicomiso para Noah.

Su valor actual supera los doscientos millones de dólares.

Fruncí el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver con venir esta noche?

El abogado permaneció en silencio unos segundos.

—Porque la existencia del niño dejó de ser un secreto.

Emily dejó escapar un sollozo.

—Ya lo encontraron…

—¿Quiénes?

Harold cerró lentamente la carpeta.

—Los miembros del consejo de Rowan Technologies.

Varios accionistas consideran que Noah modifica por completo la sucesión patrimonial.

Algunos ya iniciaron acciones legales para invalidar el fideicomiso.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era el director jurídico de la empresa.

Contesté.

No me dejó hablar.

—Gavin…

No regreses a la torre.

Acaban de convocar una reunión extraordinaria.

Quieren destituirte como director ejecutivo antes de que puedas reconocer legalmente al niño.

Colgué lentamente.

Miré a Noah.

Dormía ajeno a todo.

Después miré a Emily.

Durante cinco meses había creído que ella me había arrebatado a mi hijo.

La verdad era mucho peor.

Alguien había utilizado la última voluntad de mi padre para separarnos.

Pensé que ese era el golpe más duro de la noche.

Entonces Harold abrió un compartimento oculto de la carpeta.

Sacó una prueba de ADN ya realizada.

No era la mía.

Era de otra persona.

En la parte superior podía leerse un nombre.

Victoria Rowan.

Mi hermana mayor.

Debajo aparecía una conclusión que hizo que el mundo volviera a detenerse.

“Probabilidad de parentesco materno con Noah: 99,98 %.”

Lo miré sin comprender.

—Esto es imposible.

Harold tragó saliva.

—Precisamente por eso el señor James ordenó que usted recibiera este expediente únicamente después de conocer a su hijo.

Porque, si estos resultados son correctos…

Victoria Rowan no solo intentó quedarse con la empresa.

También llevaba meses ocultando un secreto capaz de destruir para siempre el apellido Rowan.

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