…las manos del único hombre al que Isabel Vargas jamás había podido manipular.
Elena sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Su mirada quedó fija en la pantalla apagada del teléfono.
Isabel Vargas.
El último nombre que había llamado a Matthew.
Retrocedió instintivamente hasta pegar la espalda contra la puerta del automóvil.
Su respiración se volvió rápida.
Entrecortada.
—No… —susurró—. Usted la conoce.
Matthew no respondió de inmediato.
Afuera, la camioneta redujo la distancia hasta quedar apenas a unos metros del vehículo negro.
El conductor miró por el espejo retrovisor.
—Señor Carranza…
—Sigue.
—Nos van a cerrar el paso.
Matthew permanecía completamente inmóvil.
Como si la persecución no le preocupara en absoluto.
Elena sintió un nudo en la garganta.
Había escapado de una prisión para entrar en otra.
Con dedos temblorosos buscó la manija de la puerta.
Matthew habló sin siquiera mirarla.
—Si abres esa puerta ahora, estarás muerta antes de recorrer veinte metros bajo esta lluvia.
Ella congeló la mano.
—¿Cómo sé que no piensa devolverme?
Por primera vez, él giró lentamente la cabeza.
Sus ojos eran tranquilos.
Demasiado tranquilos.
—Porque, si quisiera hacerlo, nunca habría permitido que subieras al coche.
Elena no supo qué responder.
Entonces el teléfono volvió a vibrar.
Matthew activó el altavoz.
La voz de Isabel llenó el automóvil.
—Matthew.
No sonaba preocupada.
Sonaba furiosa.
—La chica está contigo.
Él apoyó un brazo sobre el respaldo del asiento.
—Sí.
—Devuélvemela.
—No.
Hubo un silencio inesperado.
Elena frunció el ceño.
Aquello no era la conversación de dos aliados.
Era la conversación de dos personas acostumbradas a enfrentarse.
La voz de Isabel perdió toda amabilidad.
—No te metas en asuntos que no te corresponden.
Matthew sonrió apenas.
—Tú acabas de convertirlos en mis asuntos.
—No sabes quién es esa muchacha.
—Sé exactamente quién es.
Elena levantó la cabeza.
¿Qué quería decir con eso?
Isabel respiró profundamente.
—No arruines una negociación de millones por una niña caprichosa.
Matthew miró por la ventanilla, donde la camioneta seguía persiguiéndolos.
—La única negociación que acabo de arruinar fue la tuya.
Y colgó.
Dentro del coche nadie habló durante varios segundos.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando el techo.
Finalmente Elena reunió valor.
—¿Quién es usted?
Matthew permaneció en silencio unos instantes.
Luego respondió.
—Matthew Carranza.
Ella negó con la cabeza.
El nombre no le decía nada.
Él continuó.
—Hace seis años mi empresa compró el cuarenta y ocho por ciento de Industrias Vargas.
Elena abrió mucho los ojos.
Conocía ese nombre.
La empresa de su difunto padre.
La misma que Isabel dirigía desde su muerte.
—Entonces… usted es socio de mi madrastra.
—No.
Su respuesta fue seca.
—Ella administra una empresa en la que yo soy el principal accionista.
Elena sintió un escalofrío.
Durante años Isabel había repetido que todo le pertenecía.
Que nadie podía desafiarla.
Que era la dueña absoluta del imperio familiar.
Matthew soltó una frase que hizo tambalear todas esas certezas.
—Isabel nunca fue propietaria de esa empresa.
Solo su administradora.
La camioneta aceleró nuevamente.
El conductor habló con tensión.
—Señor, van a intentar adelantarnos.
Matthew asintió con calma.
—Déjalos.
Elena lo miró incrédula.
—¿Qué?
La camioneta los rebasó bruscamente y se cruzó delante de ellos.
Los frenos chirriaron.
El vehículo negro se detuvo.
Cuatro hombres descendieron bajo la lluvia.
Elena reconoció enseguida a dos de los guardaespaldas de Isabel.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—Van a llevarme…
Matthew ni siquiera se movió.
Solo dijo:
—No.
Uno de los hombres golpeó la ventanilla.
—¡Señor Carranza! La señora Vargas exige que entregue a la muchacha.
Matthew bajó apenas unos centímetros el cristal.
Lo suficiente para hablar.
—¿Exige?
—Sí.
Matthew inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces dile que acaba de cometer el error más caro de toda su vida.
El guardaespaldas dudó.
—¿Perdón?
Matthew abrió la puerta del automóvil.
Salió bajo la lluvia sin paraguas.
Su traje oscuro comenzó a empaparse de inmediato.
Pero parecía no importarle.
Sacó el teléfono.
Marcó un único número.
Esperó apenas unos segundos.
—Activen el protocolo de emergencia.
Hizo una breve pausa.
—Suspendan inmediatamente todos los poderes de administración de Isabel Vargas.
Los cuatro hombres se quedaron inmóviles.
Matthew continuó hablando.
—Congelen las cuentas corporativas.
Bloqueen el acceso a los edificios.
Y convoquen una reunión extraordinaria del consejo para las ocho de la mañana.
Miró directamente al guardaespaldas.
—Diles que hoy mismo destituiremos a la directora general.
El rostro del hombre perdió todo el color.

Dentro del automóvil, Elena apenas podía respirar.
Durante veinticuatro años había creído que Isabel era la mujer más poderosa de su mundo.
Y acababa de descubrir que, con una sola llamada telefónica…
Matthew Carranza había comenzado a destruir todo el imperio que ella pensaba controlar.