PARTE 2: EL HOMBRE QUE GABRIEL MÁS ODIABA

Treinta días.

Eso era todo lo que faltaba para que Gabriel dejara de ser mi esposo.

Y durante esos treinta días hice algo que él jamás imaginó.

Dejé de perseguirlo.

No pregunté por Olivia.

No revisé dónde dormía.

No discutí cuando desaparecía durante horas.

Simplemente empecé a reconstruirme.

Mi cuerpo estaba demasiado débil después de meses sin comer ni dormir correctamente, así que el médico recomendó rehabilitación supervisada.

Entonces llamé al único hombre cuyo nombre Gabriel odiaba escuchar.

Alexander Reed.

Coronel retirado.

Antiguo instructor de operaciones especiales.

Y el hombre que años atrás había competido con Gabriel por el puesto que terminó convirtiéndolo en comandante.

Gabriel lo consideraba su enemigo.

Yo lo contraté como entrenador.

—Quiero volver a ser fuerte —le dije.

Alexander observó mis informes médicos.

—¿Para vengarte de tu marido?

—No.

Lo miré.

—Para no volver a necesitarlo.

Aceptó.

Las primeras sesiones fueron terribles.

Mi cuerpo había perdido fuerza. Apenas podía terminar ejercicios básicos sin marearme.

Alexander nunca me trató como una mujer rota.

—Otra repetición.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Alexander…

—Otra.

Una tarde terminé llorando, aferrada a su uniforme mientras intentaba mantenerme en pie.

—Por favor… detente… ya no puedo más…

Él sostuvo mi cintura para evitar que cayera.

—Sé buena, Ning. Apenas vamos por la mitad.

Alguien grabó exactamente esos segundos.

Al día siguiente, el video estaba circulando por toda la base.

Sin contexto parecía íntimo.

Y Gabriel perdió la cabeza.

Entró al gimnasio acompañado por cuatro soldados.

—¿Dónde te tocó?

Alexander dio un paso atrás.

Yo no.

—En la cintura, hombros y piernas.

Los ojos de Gabriel ardieron.

—Sáquenlo.

—No te atrevas.

La sala quedó en silencio.

Gabriel me miró incrédulo.

—¿Ahora lo proteges?

—Estoy protegiendo a un hombre al que contraté.

Su expresión cambió.

—¿Contrataste a Reed?

—Sí.

Alexander dejó una carpeta sobre el banco.

Gabriel la vio.

—¿Qué es eso?

—Mi contrato —respondió Alexander.

Gabriel soltó una carcajada amarga.

—¿Cuánto te paga?

Alexander dijo la cifra.

Gabriel me miró como si acabara de cometer una locura.

—¿Gastaste todo eso en él?

—Puedo permitírmelo.

—Es mi dinero también.

Entonces sonreí.

—Ya no.

Saqué otra carpeta.

El acuerdo que Gabriel había firmado meses atrás establecía consecuencias patrimoniales si reincidía en la relación que había prometido terminar.

Mi abogado ya había documentado aquella noche en casa de Olivia.

Ubicación del vehículo.

Registro de entrada.

Grabaciones.

Mensajes.

Todo.

La sonrisa de Gabriel desapareció.

—Me vigilaste.

—No necesitaba hacerlo. Usaste un vehículo con registro de seguridad activado.

Alexander permanecía callado.

Gabriel hojeó los documentos hasta llegar a la última página.

Allí estaba la estimación patrimonial.

Sus manos se tensaron.

—No puedes hacer esto.

—Tú lo firmaste.

—Porque pensé que nuestro matrimonio continuaría.

—Yo también.

Eso lo dejó sin respuesta.

Pero entonces ocurrió algo inesperado.

Alexander tomó la carpeta.

—Hay otra cosa que deberías saber, Cross.

—No te metas.

—Olivia Moore me buscó hace cuatro meses.

Gabriel quedó inmóvil.

Yo también.

Alexander abrió su teléfono.

Había correos.

Olivia había intentado conseguir información sobre mis despliegues, mis propiedades y ciertos beneficios asociados a mi matrimonio.

Pero lo más importante era una conversación.

Olivia preguntaba qué ocurriría con determinados activos de Gabriel si su esposa sufría un accidente antes de divorciarse.

El rostro de Gabriel cambió.

—Eso es falso.

Alexander reprodujo el audio.

La voz de Olivia llenó el gimnasio.

Gabriel dejó de respirar.

Yo tampoco sabía nada.

Alexander me miró.

—Por eso acepté entrenarte cuando llamaste. Quería asegurarme de que estuvieras fuera de aquella casa mientras investigábamos.

Gabriel levantó la cabeza.

—¿Investigábamos?

La puerta se abrió.

Dos investigadores militares entraron.

Uno pidió hablar con Gabriel.

El otro llevaba una carpeta relacionada con Olivia.

Por primera vez, Gabriel no corrió a protegerla.

Se quedó mirando aquellos documentos.

Como si finalmente empezara a comprender que la mujer por quien había destruido su matrimonio quizá nunca había sido quien él imaginaba.

Me marché.

Gabriel me siguió hasta el estacionamiento.

—Ning.

No me detuve.

—¡Evelyn!

Giré.

Sus ojos estaban rojos.

—Si hubiera sabido esto…

—¿Qué?

No pudo responder.

—¿No habrías ido con ella aquella noche? ¿No me habrías empujado en el hospital? ¿No habrías defendido a Olivia cada vez que yo necesitaba que defendieras nuestro matrimonio?

Bajó la mirada.

—Me equivoqué.

—Muchas veces.

—Dame otra oportunidad.

Negué con la cabeza.

—Las oportunidades sirven cuando alguien todavía está esperando.

Miré hacia el edificio.

Alexander estaba en la entrada.

Gabriel siguió mi mirada.

—¿Estás con él?

Finalmente entendí sus celos.

Y casi sentí lástima.

—No compré a Alexander para convertirlo en mi amante.

Me acerqué.

—Compré su tiempo, su experiencia y su ayuda para recuperar algo que tú llevabas meses destruyendo.

—¿Qué cosa?

—A mí.

Veintitrés días después, el divorcio quedó finalizado.

Gabriel perdió aquello que había aceptado arriesgar cuando firmó nuestro acuerdo.

La investigación sobre Olivia siguió su propio curso.

Y yo continué entrenando.

Meses después pude completar sola la rutina que la primera vez me había hecho llorar.

Alexander miró el cronómetro.

—Terminaste.

Respiré profundamente.

—¿Eso es todo?

Sonrió.

—Eso es todo.

Miré mi reflejo.

La mujer del espejo seguía teniendo cicatrices.

Pero estaba de pie.

Y entonces comprendí la verdadera derrota de Gabriel.

Nunca fue perder dinero.

Ni descubrir quién era Olivia.

Ni siquiera verme junto al hombre que más odiaba.

Fue descubrir que después de pasar años convencido de que yo no podía vivir sin él…

el hombre que más odiaba terminó enseñándome que sí podía.

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