La habitación quedó en silencio.
Todos miraban el abdomen de Sebastián.
La misma cicatriz.
El mismo lugar.
La misma prueba que, en teoría, debía demostrar que él era quien decía ser.
Pero algo dentro de mí no encajaba.
Porque durante siete años había dormido al lado de ese hombre.
Conocía sus hábitos.
Sus heridas.
Sus miedos.
Y había algo extraño en la forma en que estaba reaccionando.
No estaba confundido.
No estaba preocupado.
Estaba preparado.
Demasiado preparado.
El agente Ramírez tomó algunas notas.
—Señor Reyes, necesitamos hacer una verificación más profunda.
Sebastián sonrió.
—Claro. Entiendo. Mi esposa también está muy nerviosa.
Me miró.
Y por un segundo sentí que aquella mirada no era de mi esposo.
Era la mirada de alguien que estaba evaluando cuánto sabía yo.
Salimos del hospital casi una hora después.
En el camino de regreso, Sebastián no dijo una palabra.
Yo tampoco.
Cuando llegamos al departamento, dejó las llaves sobre la mesa y caminó directamente hacia la cocina.
—Fue una noche absurda, ¿no crees?
Lo observé desde la puerta.
—Sí.
Abrió una botella de agua.
—Alguien usó mis documentos. Quizá intentaron fingir mi muerte.
Hizo una pausa.
—Qué extraño.
Lo dijo como si estuviera hablando del clima.
No como un hombre que acababa de descubrir que alguien había muerto usando su identidad.
Esa noche esperé a que se durmiera.
Pero Sebastián no durmió.
Durante casi una hora permaneció mirando el techo.
Luego tomó su teléfono y salió al balcón.
Cerró la puerta.
Yo me levanté sin hacer ruido.
No quería escuchar.
Necesitaba escuchar.
Me acerqué lentamente.
Entonces escuché su voz.
—No salió como estaba planeado.
Mi corazón se detuvo.
Hubo un silencio.
Después continuó:
—Sí. La policía llegó antes de lo esperado.
Mi mano cubrió mi boca.
Sebastián estaba hablando con alguien.
Alguien que sabía lo ocurrido.
—No, Lucía no sabe nada todavía.
Mi nombre.
Lo había dicho.
Me alejé antes de que pudiera verme.
Volví a la cama y cerré los ojos.
Cinco minutos después, él regresó.
Se acostó a mi lado.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no acabara de confirmar que había secretos detrás de aquella llamada.
A la mañana siguiente hice algo que nunca había hecho.
Revisé su teléfono.
No porque quisiera invadir su privacidad.
Sino porque ya no sabía si el hombre que dormía a mi lado era mi esposo.
Encontré una conversación eliminada recientemente.
Solo quedaba una copia automática.
Un mensaje de un número desconocido:
“Si el cuerpo aparece, recuerda: tú ya estabas muerto.”
Sentí un escalofrío.
Seguí buscando.
Había transferencias.
Reservas de hotel.
Un segundo número telefónico.
Y una fotografía.
La abrí.
Era Sebastián.
Pero no estaba solo.
A su lado había otro hombre.
Un hombre idéntico a él.
Misma altura.
Mismo rostro.
Mismo cabello.
La diferencia estaba en una pequeña marca debajo del ojo izquierdo.
El hombre muerto.
El hombre que llevaba su anillo.
El hombre que todos creían que era Sebastián Reyes.
Entonces encontré un archivo adjunto.
Un documento de hace seis años.
Un certificado de identidad.
Y un nombre que no había visto nunca.
No era Sebastián Reyes.
Era Alejandro Vargas.
Me quedé mirando la pantalla sin poder respirar.
Porque el hombre con quien llevaba siete años casada no había cambiado de nombre.
Había robado una vida.
En ese momento escuché la puerta del dormitorio abrirse.
Guardé el teléfono justo antes de que Sebastián entrara.
Me miró.
Sonrió.
—¿Qué haces despierta tan temprano?
Le devolví la sonrisa.
La misma sonrisa que él había usado conmigo toda la noche.
—Nada.
Se acercó y me besó la frente.
—Hoy tengo que salir unas horas.
—¿A dónde?
Se detuvo.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—A resolver un problema.
Lo vi salir del departamento.
Esperé diez minutos.
Después tomé mi bolso, el teléfono y la copia de la fotografía.
Porque acababa de entender algo.
La persona que murió en aquel accidente no era un desconocido.

Era alguien que sabía exactamente quién era mi esposo.
Y antes de descubrir la verdad sobre Sebastián Reyes…
necesitaba encontrar al hombre que había muerto llevando su nombre.