PARTE 2: EL HOMBRE QUE ESPERÓ DEMASIADO

Mi peso cayó por debajo de los cuarenta kilos.

Durante aquel período, Xia Mian era la única persona que sabía cuánto miedo tenía.

Pero incluso ella desconocía algo.

Cada noche, antes de dormir, abría la conversación con Lu Chen.

No le escribía.

Solo releía los noventa y tres mensajes que había enviado el día en que abandoné el país.

Song Zhao, contesta.

No subas a ese avión.

Dime dónde estás.

Te lo explicaré todo.

Y al final:

Te lo suplico.

Dos palabras.

Solo dos.

Pero llegaron ocho años tarde.

El brazalete de sándalo en mi muñeca había sido un regalo de Xia Mian.

Me lo dio una noche en Ginebra cuando me encontró inconsciente sobre la mesa del laboratorio.

—Dicen que esta madera calma el corazón —me explicó—. Aunque en tu caso quizá necesitemos un bosque entero.

Desde entonces lo llevaba siempre.

No porque creyera que pudiera borrar el pasado.

Sino porque me recordaba que había sobrevivido a algo mucho más difícil que dejar de amar a Lu Chen.

Había sobrevivido a reconstruirme sin él.

Cuando llegamos al hotel, el personal de la ciudad ya había reservado toda una planta para nuestro equipo.

Mi regreso no tenía nada que ver con Lu Chen.

Yo había vuelto como directora científica de HelixNova, una empresa de biotecnología especializada en terapias para enfermedades neuromusculares.

El proyecto que casi me arruinó en Ginebra había terminado convirtiéndose en una tecnología reconocida internacionalmente.

La ciudad quería instalar nuestro primer centro de investigación en Asia.

Por eso la Oficina de Asuntos Exteriores había enviado un vehículo.

Por eso el vicealcalde quería recibirme.

Y por eso, durante los próximos días, muchas personas pronunciarían el nombre Song Zhao sin relacionarlo con la muchacha que había perseguido a Lu Chen durante ocho años.

Xia Mian abrió las cortinas de la suite.

—Desde aquí se ve media ciudad.

—Cierra otra vez.

—¿No quieres comprobar si el hombre del aeropuerto sigue allí?

La miré.

—¿Por qué seguiría allí?

—Porque tiene aspecto de persona capaz de esperar hasta que el aeropuerto cierre.

No respondí.

Dejé la carpeta con los documentos funerarios sobre la mesa.

—Mañana iremos primero a la funeraria.

Xia Mian se dejó caer en el sofá.

—Sabes perfectamente que no podrás evitarlo durante cinco días.

—¿Evitar qué?

—Encontrarte con Lu Chen.

Abrí el portátil.

—No me preocupa.

—Eso dices mientras pulsas la misma tecla desde hace medio minuto.

Bajé la mirada.

Mi dedo seguía apoyado sobre la letra “L”.

Lo retiré.

—Estoy cansada.

—Claro.

Xia Mian no insistió.

Aquella noche dormí mal.

Soñé con la boda.

Mi hermana, Song Yu, llevaba un vestido de encaje blanco.

Lu Chen estaba junto a ella, vestido de negro.

Yo permanecía entre los invitados con una copa en la mano.

Todos sonreían.

Todos menos yo.

En el sueño, cuando el presentador preguntaba si alguien se oponía al matrimonio, Lu Chen me miraba.

Esperaba que dijera algo.

Pero yo no podía abrir la boca.

Me desperté antes del amanecer.

Sobre la mesita había un mensaje del funcionario que nos acompañaría a la funeraria.

Doctora Song, debido a la atención de los medios, hemos adelantado la salida a las ocho.

No entendí de qué medios hablaba hasta que abrí las noticias.

Una fotografía mía entrando en la salida VIP ocupaba varias portadas digitales.

LA CIENTÍFICA SONG ZHAO REGRESA TRAS TRES AÑOS EN EUROPA

Debajo aparecía otra noticia.

Una fotografía de Lu Chen esperando en la salida general.

EL PRESIDENTE LU ESPERA TRES HORAS EN EL AEROPUERTO, PERO LA PERSONA QUE BUSCABA NUNCA APARECE

Cerré la pantalla.

Xia Mian entró con dos cafés.

—Tres horas —dijo—. Después preguntó al personal por cada vuelo procedente de Zúrich.

—No es asunto mío.

—También bloqueó la carretera durante veinte minutos porque creyó que tu coche había salido por otra puerta.

—Eso es un problema de tráfico.

—Y mandó a alguien a revisar todos los hoteles cercanos.

Levanté la vista.

—Eso ya es acoso.

—Por fin una emoción.

—Estoy irritada.

—Cuenta como emoción.

Tomé el café.

—Hoy trasladaremos los restos de mi padre. No quiero que Lu Chen aparezca.

—¿Se lo dijiste?

—No tengo su número.

Xia Mian me miró en silencio.

—Lo tienes memorizado.

—Eso no significa que lo tenga.

A las ocho salimos del hotel.

Cuando llegamos a la funeraria, había varios vehículos estacionados delante.

Reconocí el coche negro de Lu Chen.

Se encontraba de pie bajo los escalones.

No llevaba abrigo.

La mañana era fría, pero parecía no sentirla.

En cuanto me vio bajar, dio un paso hacia delante.

Yo no me detuve.

—Song Zhao.

Su voz sonó más ronca que en mis recuerdos.

Seguí caminando.

Él se puso delante de mí.

—Necesito hablar contigo.

—Yo no.

—Llevo tres años buscándote.

—Entonces deberías haber aprendido a buscar en el lugar correcto.

Sus ojos se tensaron.

Había entendido la referencia al aeropuerto.

—Ayer no sabía que saldrías por la zona VIP.

—Hace tres años tampoco.

—Aquella vez llegué tarde porque…

—No quiero escucharlo.

Intenté pasar.

Lu Chen extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarme.

—Solo dame diez minutos.

—Hoy trasladaré la tumba de mi padre.

Su expresión cambió.

—Lo sé.

—Entonces también sabes que este no es el momento.

—Puedo ayudar.

—No necesito tu ayuda.

El director de la funeraria se acercó con incomodidad.

—Doctora Song, todo está preparado.

Asentí.

Lu Chen siguió a nuestro lado.

Me detuve.

—No estás invitado.

—Tu padre me trató como a un hijo.

—Y aun así te casaste con su hija mayor después de rechazar a la menor durante ocho años.

Xia Mian contuvo el aliento.

El rostro de Lu Chen perdió el color.

—No fue así.

—Fue exactamente así.

—Song Zhao, yo…

—Presidente Lu.

Lo llamé por su título.

La distancia de aquellas dos palabras pareció golpearlo con más fuerza que cualquier reproche.

—Hoy no.

Entré en la funeraria.

No volvió a seguirme.

El traslado duró varias horas.

Cuando abrieron el antiguo nicho, las manos comenzaron a temblarme.

Mi padre había muerto un año antes de que Lu Chen se casara con mi hermana.

Después de su muerte, la familia se fragmentó.

Mi madre se mudó al extranjero.

Song Yu tomó el control de los asuntos familiares.

Y yo me aferré todavía más a Lu Chen, convencida de que era la última persona que me conectaba con mi antigua vida.

Quizá por eso soporté tantos rechazos.

No estaba persiguiendo únicamente a un hombre.

También perseguía la sensación de tener un hogar.

Cuando la urna fue colocada dentro del vehículo funerario, una anciana se acercó.

Era la señora Lu.

La madre de Lu Chen.

Llevaba ropa oscura y sostenía un ramo de crisantemos blancos.

—Zhao Zhao.

No me había llamado así desde la boda.

Incliné ligeramente la cabeza.

—Señora Lu.

La expresión de su rostro se volvió dolorosa.

—No tienes que ser tan distante.

—Creo que sí.

Miró hacia el vehículo.

—Tu padre siempre deseó que nuestras familias siguieran unidas.

—Mi padre también deseaba que yo fuera feliz.

—Lu Chen ha sufrido mucho estos tres años.

No pude evitar sonreír.

—¿Y eso debería significar algo para mí?

—No comía. No dormía. Se negó a celebrar la boda.

La miré.

—Se casó con Song Yu.

—La ceremonia se completó, pero…

—Entonces la boda se celebró.

La señora Lu bajó la voz.

—Ellos nunca fueron una verdadera pareja.

Sentí que una vieja herida intentaba abrirse.

Pero ya no tenía la misma fuerza.

—Ese es un asunto entre ellos.

—Se divorciaron hace dos años.

Esta vez sí me sorprendí.

—¿Por qué me cuenta esto?

—Porque debes saber que Chen nunca la amó.

—Eso no mejora nada.

—Pero tú siempre creíste…

—Yo creí lo que vi.

Mi voz se mantuvo tranquila.

—Lo vi de pie junto a mi hermana. Lo vi ponerle un anillo. Lo vi aceptar una vida con ella después de decirme durante ocho años que no existía ninguna posibilidad entre nosotros.

—Tenía sus razones.

—Siempre las tiene.

La señora Lu quiso tomarme de la mano.

Retrocedí.

—Hoy he venido por mi padre.

—Lo entiendo.

—Entonces deje que termine esto en paz.

Se alejó con los ojos húmedos.

Al girarme, vi a Lu Chen junto a un árbol al otro lado del camino.

Había escuchado toda la conversación.

No intentó acercarse.

Por primera vez, respetó un límite.

Después del entierro, regresé al hotel.

Pensé que el día había terminado.

Pero en el vestíbulo me esperaba Song Yu.

Mi hermana llevaba un traje beige y el cabello recogido.

Seguía siendo hermosa.

Siempre lo había sido.

Cuando éramos niñas, los adultos decían que ella parecía una princesa y yo una muchacha traviesa que había entrado en el palacio por error.

Durante años pensé que la diferencia entre nosotras era su rostro.

Más tarde comprendí que la verdadera diferencia era que Song Yu nunca dudaba de que merecía conseguir lo que deseaba.

—Has vuelto —dijo.

—Solo por unos días.

—¿Podemos hablar?

—No tenemos mucho de qué hablar.

—Se trata de Lu Chen.

Solté una risa.

—Claro.

Nos sentamos en una zona apartada del salón.

Xia Mian permaneció cerca, fingiendo revisar mensajes.

Song Yu colocó una carpeta sobre la mesa.

—Nos divorciamos hace dos años.

—Ya lo sé.

—Entonces su madre te lo contó.

—Sí.

—Seguro que también te dijo que nunca tuvimos una vida matrimonial real.

—No necesito conocer esos detalles.

—Pero deberías.

La miré.

—¿Por qué?

Su expresión se endureció.

—Porque Lu Chen lleva tres años actuando como si yo hubiera destruido su vida.

—¿No lo hiciste?

—No más de lo que él destruyó la mía.

Aquella respuesta no era la que esperaba.

—Explícate.

Song Yu abrió la carpeta.

Dentro había fotografías, informes médicos y copias de mensajes.

—Antes de nuestra boda, la empresa de la familia Lu atravesaba una crisis.

—Lo sabía.

—No. Nadie conocía la magnitud real.

Me mostró un documento bancario.

La familia Lu estaba a punto de perder el control de su compañía.

Nuestro padre había prometido unir las dos empresas mediante el matrimonio de sus hijos.

Yo conocía aquel acuerdo.

Siempre creí que se refería a mí.

Mi padre sabía que amaba a Lu Chen.

Incluso había bromeado alguna vez con que acabaría convirtiéndolo en su yerno.

—Después de la muerte de papá —continuó Song Yu—, descubrimos que la condición del acuerdo era que el heredero de los Lu se casara con la hija mayor de la familia Song.

Me quedé inmóvil.

—¿La hija mayor?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque las acciones principales estaban a mi nombre.

Comprendí lentamente.

Lu Chen no se había casado con ella porque la eligiera.

Lo había hecho para salvar a su familia.

Pero la verdad no alivió el dolor.

Solo lo volvió más absurdo.

—Podía habérmelo explicado.

—Yo le pedí que no lo hiciera.

Levanté la vista.

Song Yu sostuvo mi mirada.

—Sabía que, si conocías la situación, intentarías sacrificarte otra vez.

—No tenías derecho a decidirlo.

—Lo sé.

—¿Por qué aceptaste casarte con él?

Tardó unos segundos en responder.

—Porque yo también lo amaba.

La sinceridad me sorprendió.

—¿Desde cuándo?

—Mucho antes de que tú empezaras a perseguirlo.

Sentí un sabor amargo en la boca.

—Entonces ganaste.

Song Yu soltó una risa cansada.

—No.

Cerró la carpeta.

—Nunca tuve ninguna oportunidad.

Me contó que, durante la preparación de la boda, Lu Chen apenas le hablaba.

Firmaba documentos.

Asistía a reuniones.

Aceptaba las decisiones familiares.

Pero cada noche preguntaba si yo había llamado.

El día de la ceremonia recibió la noticia de que me marcharía.

Intentó salir del hotel.

Su padre lo encerró en una habitación hasta que llegaron los invitados.

—Por eso envió los noventa y tres mensajes —dije.

—Sí.

—¿Y tú lo sabías?

—Vi parte de ellos.

Mis dedos se enfriaron.

—¿Los borraste?

Song Yu negó.

—No podía acceder a su teléfono.

—Entonces, ¿qué hiciste?

—Le dije que ya habías embarcado y que no querías volver a verlo.

—Eso era cierto.

—No del todo.

Sacó otro sobre.

Dentro había una carta escrita por mí.

La reconocí de inmediato.

La había dejado en casa antes de marcharme.

Estaba dirigida a Lu Chen.

Nunca supe si la recibió.

—La guardaste —susurré.

—Sí.

La rabia apareció tan rápido que me costó respirar.

—¿Por qué?

—Porque si la leía, habría cancelado la boda.

—Ese era su derecho.

—Y habría arruinado a ambas familias.

—¿Y por eso decidiste arruinarme a mí?

Song Yu cerró los ojos.

—En aquel momento pensé que te recuperarías.

—¿Recuperarme?

—Tenías una oportunidad en Europa. Eras inteligente. Podías empezar de nuevo.

—Mientras tú te quedabas con el hombre que yo amaba.

—Sí.

No intentó justificarse.

Aquella aceptación directa hizo que mi enojo fuera todavía más difícil de sostener.

—¿Por qué me das la carta ahora?

—Porque Lu Chen la encontró después del divorcio.

—¿Cómo?

—Nuestra madre vació la antigua casa y le entregó varias cajas. La carta estaba entre ellas.

Todo encajó.

Su insistencia.

Los mensajes recientes enviados a antiguos contactos.

La espera en el aeropuerto.

Tres años atrás yo había escrito:

Lu Chen, esta será la última vez que te diga que te quiero.

No te pido que me elijas. Solo quería que, por una vez, supieras que marcharme no significa que haya dejado de sentir.

Significa que ya no puedo seguir destruyéndome esperando una respuesta que nunca llegará.

Ojalá seas feliz con mi hermana.

Pero no vuelvas a buscarme.

Él había leído esas palabras dos años tarde.

—¿Por qué os divorciasteis? —pregunté.

Song Yu sonrió con tristeza.

—Porque no puedes construir un matrimonio con un hombre que pronuncia el nombre de otra mujer cuando duerme.

Bajé la mirada.

—Lo siento.

—No lo sientas.

Su tono se volvió frío.

—Yo sabía quién ocupaba su corazón. Aun así pensé que el tiempo me permitiría ganar.

—¿Y no ocurrió?

—Durante el primer año apenas me miraba. Durante el segundo dejó de fingir.

Se levantó.

—Cuando encontró la carta, presentó el divorcio esa misma semana.

—Entonces estás enfadada conmigo.

—Lo estuve.

—¿Y ahora?

Song Yu miró hacia la entrada.

Lu Chen acababa de entrar en el hotel.

—Ahora estoy cansada de ser el obstáculo en una historia que empezó antes que yo.

Se marchó sin acercarse a él.

Lu Chen ocupó su asiento.

Miró la carta sobre la mesa.

Su rostro se tensó.

—Te lo contó.

—Sí.

—Yo quería hacerlo.

—¿Cuándo? ¿Después de bloquear otro aeropuerto?

—No bloqueé el aeropuerto.

—Solo mandaste coches a todas las salidas.

—Tenía miedo de volver a perderte.

—Ya me habías perdido.

La frase lo dejó en silencio.

—Song Zhao, la boda…

—Sé por qué te casaste.

Sus ojos se iluminaron con una esperanza que me molestó.

—Entonces entiendes que no la elegí.

—Entiendo que elegiste no decirme nada.

—Quería protegerte.

—Todos repetís lo mismo.

Doblé la carta.

—Mi hermana me protegió escondiéndola. Tú me protegiste rechazándome. Nuestras familias me protegieron organizando una boda a mis espaldas.

Lo miré.

—Qué conveniente resulta hacer daño cuando uno puede llamarlo protección.

Lu Chen bajó la cabeza.

—Tienes razón.

No esperaba que lo admitiera tan rápido.

—¿Eso es todo?

—No.

Sus dedos se cerraron sobre la mesa.

—También fui un cobarde.

El salón parecía demasiado silencioso.

—Durante ocho años sabía que me querías.

—Eso no era difícil de notar.

—Y yo también te quería.

Mi corazón no reaccionó como habría reaccionado tres años atrás.

No se aceleró.

No se llenó de alegría.

Solo sentí una profunda tristeza.

—No digas eso.

—Es la verdad.

—Entonces eres todavía más cruel de lo que pensaba.

Lu Chen palideció.

—Cada vez que me confesabas tus sentimientos —continué—, me mirabas y decías que no había ninguna posibilidad.

—Porque tu padre me lo pidió.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—La primera vez que habló conmigo, tú tenías dieciséis años. Me dijo que no quería que confundieras admiración con amor.

—Eso no explica los años siguientes.

—Después descubrí el acuerdo matrimonial.

—Yo no lo conocía.

—Yo sí.

Su voz se volvió ronca.

—Sabía que, si correspondía a tus sentimientos, acabarías involucrada en una guerra entre las dos familias. También sabía que las acciones estaban a nombre de Song Yu.

—Podías haberte negado a la boda.

—Mi padre sufrió un infarto cuando lo intenté.

Cerró los ojos.

—La empresa empleaba a miles de personas. Las deudas afectaban a toda la familia. Pensé que podía soportarlo.

—¿Soportar casarte con mi hermana?

—Soportar perderte.

Una risa amarga salió de mis labios.

—¿Y decidiste que yo también podía soportarlo?

No respondió.

—Eso es lo que nunca entendiste, Lu Chen.

Me levanté.

—Siempre decidiste cuánto dolor podía soportar yo sin preguntarme.

Él también se puso de pie.

—Lo sé ahora.

—Tres años tarde.

—Dame una oportunidad.

—¿Para qué?

—Para hacer las cosas correctamente.

—No existe una forma correcta de devolverme los ocho años.

—No quiero devolvértelos.

—Entonces, ¿qué quieres?

Se acercó un paso.

—Quiero formar parte de los años que vienen.

Lo miré.

El hombre al que había amado durante casi toda mi juventud estaba frente a mí diciendo exactamente las palabras que una vez había deseado escuchar.

Pero yo ya no era aquella joven.

No podía recompensar su arrepentimiento entregándole la vida que había construido sin él.

—Mañana tengo una reunión con el gobierno local —dije—. Después trasladaré definitivamente la tumba de mi padre. En cinco días regresaré a Zúrich.

—Puedo ir contigo.

—No.

—Puedo esperar.

—Eso es lo que llevas diciendo desde el aeropuerto.

—Esperaré el tiempo necesario.

Negué suavemente.

—Esperar no te concede derechos sobre mí.

Su expresión mostró dolor.

—¿Hay otra persona?

—No.

—Entonces todavía tengo una oportunidad.

—No conviertas mi soltería en una puerta abierta.

Recogí la carta.

—No te debo una oportunidad solo porque finalmente entendiste lo que perdiste.

Me alejé.

Durante los días siguientes, Lu Chen no volvió a interceptarme.

Pero estaba en todas partes.

No de una manera invasiva.

Simplemente aparecía al fondo.

En la reunión con el vicealcalde, como representante de una empresa interesada en financiar el centro.

En el cementerio, manteniéndose lejos mientras colocábamos la nueva lápida.

En la antigua casa de mi padre, ayudando a mi madre a ordenar los últimos objetos.

No intentó hablar conmigo.

No pidió nada.

El cuarto día, Xia Mian dejó una carpeta en mi escritorio.

—¿Qué es?

—La propuesta de inversión del Grupo Lu para el centro de investigación.

La abrí.

Las condiciones eran sorprendentemente favorables.

No exigían control.

No pedían participación en patentes.

Solo ofrecían terrenos, infraestructura y financiación a largo plazo.

—¿Qué quiere a cambio? —pregunté.

—Nada personal.

—No le creo.

—Yo tampoco. Por eso revisé todo tres veces.

Cerré la carpeta.

—Recházala.

Xia Mian se sentó delante de mí.

—Como tu amiga, quiero golpearlo.

—Eso suena útil.

—Como directora financiera de HelixNova, sería una irresponsabilidad rechazar una oferta tan buena sin estudiarla.

—Hay otras ciudades.

—No con esta infraestructura.

—No quiero deberle nada.

—Entonces no le debas nada. Firma un contrato donde todo quede claro.

Me quedé en silencio.

Xia Mian suspiró.

—Song Zhao, trabajar con su empresa no significa volver con él.

—Lo sé.

—¿De verdad?

—Sí.

—Entonces demuestra que puedes tomar una decisión profesional sin dejar que ese hombre siga gobernando tus emociones, incluso desde el rechazo.

Aquella frase me molestó porque tenía razón.

Acepté una reunión formal.

Lu Chen llegó acompañado de abogados y ejecutivos.

No hablamos del pasado.

Durante tres horas discutimos terrenos, financiación y propiedad intelectual.

Era competente.

Más calmado de lo que recordaba.

Y, por primera vez, me trató como a una igual profesional.

Al terminar, cerré la carpeta.

—La junta de HelixNova revisará la propuesta.

—Entendido.

—Cualquier contacto será a través de Xia Mian.

—De acuerdo.

Se levantó.

Antes de marcharse, dejó una pequeña caja sobre la mesa.

—Esto no forma parte de la negociación.

La abrí.

Dentro estaba la pluma estilográfica de mi decimoctavo cumpleaños.

—La dejaste en casa antes de irte.

—Pensé que la había perdido.

—La conservé.

Pasé los dedos por el metal.

Recordé el restaurante giratorio.

Las luces de la ciudad.

Su voz diciéndome que estudiara.

—Durante años creí que aquel regalo demostraba que no me conocías —dije.

—¿Por qué?

—Porque quería algo romántico y me diste una pluma.

Una sonrisa leve apareció en sus labios.

—La compré porque dijiste que algún día firmarías tu nombre en una investigación importante.

Me quedé inmóvil.

No recordaba haberle contado aquello.

—Siempre supe que eras capaz de hacer algo grande —continuó—. Por eso tenía miedo de que desperdiciaras todo persiguiéndome.

—Pero terminé haciéndolo durante ocho años.

—Porque yo no fui lo bastante claro para alejarte ni lo bastante valiente para acercarme.

—Fuiste muy claro al rechazarme.

La sonrisa desapareció.

—Sí.

Cerré la caja.

—Gracias por devolvérmela.

No dijo nada más.

El quinto día, antes de dirigirme al aeropuerto, fui sola a la tumba de mi padre.

Dejé flores frescas.

—Papá —susurré—, ya terminé.

No sabía si hablaba del traslado.

De mi pasado.

O de aquellos ocho años.

Escuché pasos detrás de mí.

Lu Chen se detuvo a unos metros.

—No sabía que vendrías.

—Yo tampoco sabía que tú estarías aquí.

Sostenía una botella pequeña.

—Traje el vino que le gustaba.

Se acercó a la tumba y vertió un poco sobre la tierra.

Después se inclinó.

—Señor Song, lo siento.

No pude evitar preguntar:

—¿Por qué te disculpas con él?

—Porque le prometí que te protegería.

—No hiciste un gran trabajo.

—No.

Permanecimos en silencio.

El viento movía las hojas de los árboles.

—Mi vuelo sale esta tarde —dije.

—Lo sé.

—No vayas al aeropuerto.

Sus dedos se tensaron.

—¿No quieres verme?

—No quiero otra escena.

Asintió.

—Está bien.

Esperé.

Una parte de mí todavía esperaba que insistiera.

No lo hizo.

—Song Zhao.

—¿Sí?

—No volveré a pedirte que regreses.

Lo miré.

—¿Te rindes?

—No.

Su respuesta fue tranquila.

—Solo entendí que amarte no significa perseguirte hasta que cedas.

Sacó algo del bolsillo.

Era una tarjeta.

—Aquí está mi número actual. Puedes tirarla.

No la tomé.

La dejó junto a las flores.

—El proyecto continuará aunque nunca vuelvas a hablarme fuera del trabajo.

—¿Por qué?

—Porque es importante.

—¿Para la ciudad?

—Para las personas que podrían beneficiarse de tu investigación.

Se volvió para marcharse.

—Y porque esta vez quiero apoyar algo tuyo sin convertirlo en una deuda.

Lo observé alejarse.

La tarjeta permanecía sobre la piedra.

No la recogí inmediatamente.

Pero tampoco la dejé allí cuando me marché.

En el aeropuerto no había coches bloqueando la entrada.

Ni guardaespaldas.

Ni un hombre esperándome frente al control de seguridad.

Xia Mian miró a su alrededor.

—No vino.

—Le pedí que no viniera.

—Y te hizo caso.

—Por primera vez.

Entregué el pasaporte.

Mientras caminábamos hacia la puerta de embarque, el teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Buen viaje, doctora Song.

Nada más.

No respondí.

Pero tampoco lo bloqueé.

Regresé a Zúrich.

El consejo aceptó la propuesta del Grupo Lu después de varias modificaciones.

Durante el siguiente año, Lu Chen y yo mantuvimos una relación estrictamente profesional.

Reuniones por videollamada.

Correos.

Informes.

Nunca mencionaba el pasado.

No preguntaba si estaba saliendo con alguien.

No intentaba utilizar el proyecto para acercarse.

A veces desaparecía durante semanas.

Después regresaba con una observación precisa sobre un contrato o una solución para un problema administrativo.

Poco a poco dejé de pensar en él como el hombre de la boda.

Empecé a verlo como una persona distinta.

No mejor por arte de magia.

Solo distinta.

Una persona que finalmente había aprendido a respetar la palabra “no”.

Dos años después, el centro de investigación abrió sus puertas.

Volví para la inauguración.

La ceremonia fue más grande que mi llegada anterior.

Había científicos, pacientes, funcionarios e inversores.

Lu Chen se encontraba en la última fila.

No subió al escenario.

No intentó compartir el mérito.

Cuando terminé mi discurso, nuestras miradas se cruzaron.

Aplaudió.

Solo eso.

Después del evento, lo encontré en el jardín exterior.

Llevaba una pequeña maceta entre las manos.

—¿Qué es?

—Un árbol de sándalo rojo.

Miró el brazalete de mi muñeca.

—Pensé que quizá podrías plantarlo aquí.

—¿Cómo sabes lo que significa?

—Xia Mian me lo contó.

—Traidora.

—Dijo que representa la etapa en que sobreviviste sin mí.

—Eso es correcto.

—Entonces debería estar en un lugar que también construiste sin mí.

Tomé la maceta.

—Tú financiaste parte del centro.

—El contrato dice que fue una inversión.

—Sigues formando parte de ello.

—Solo como inversor.

Sus ojos eran tranquilos.

—El mérito es tuyo.

Plantamos el árbol junto a la entrada.

Mientras cubríamos las raíces con tierra, Lu Chen preguntó:

—¿Cuánto tiempo te quedarás esta vez?

—Tres meses.

Su mano se detuvo.

—Es bastante.

—Tengo que supervisar el inicio de los ensayos clínicos.

—Entiendo.

No mostró una alegría excesiva.

No convirtió mi estancia en una promesa.

—¿Quieres cenar esta noche? —preguntó.

Lo miré.

—¿Es una reunión de trabajo?

—No.

—Entonces no.

Asintió.

—De acuerdo.

Seguí colocando tierra.

Después añadí:

—Mañana podría.

Lu Chen levantó lentamente la cabeza.

—¿Es una reunión de trabajo?

—No.

Por primera vez en muchos años, vi en su rostro una sonrisa auténtica.

No empezamos de nuevo inmediatamente.

No habría sido honesto.

Cenamos.

Hablamos.

Discutimos sobre cosas que nunca nos habíamos contado.

Yo le hablé de Ginebra.

Del hambre.

De los experimentos fallidos.

De cómo había aprendido a vivir sin esperar sus mensajes.

Él me habló de su matrimonio vacío.

De la culpa.

De los años en que estuvo convencido de que sacrificar su felicidad era una forma de responsabilidad.

—¿Todavía me amas? —preguntó una noche.

No respondí enseguida.

—No como antes.

Su expresión se oscureció.

—Eso no significa que no sienta nada.

Volvió a mirarme.

—Pero no quiero que confundas lo que queda con la muchacha que estaba dispuesta a perseguirte para siempre.

—No lo haré.

—Si intentamos algo, será desde el principio.

—Sí.

—Sin deudas.

—Sí.

—Sin que mi hermana, nuestras familias o el pasado decidan por nosotros.

—Sí.

Sonreí.

—Parece que has aprendido una palabra nueva.

—Es la respuesta que debí darte muchas veces.

Comenzamos lentamente.

Tan lentamente que Xia Mian decía que parecíamos dos ancianos negociando una fusión.

Lu Chen no me pidió que abandonara Zúrich.

Yo no le pedí que dejara su empresa.

Viajábamos.

Organizábamos el tiempo.

Aprendíamos a estar juntos sin que ninguno redujera su vida para encajar en la del otro.

Song Yu lo supo meses después.

Me llamó.

—¿Sois pareja?

—Estamos intentándolo.

Guardó silencio.

—¿Te molesta?

—No.

Su respuesta sonó sincera.

—Solo quería saber si esta vez te eligió correctamente.

—Esta vez también lo elegí yo.

—Entonces está bien.

Nuestra relación nunca volvió a ser cercana.

Pero dejamos de ser enemigas.

Años después, Song Yu se casó con un fotógrafo que conoció durante un viaje.

No asistí a la boda.

Ella tampoco me invitó.

Aun así, le envié un regalo.

Dentro coloqué una nota:

Esta vez espero que nadie haya decidido por ti.

Respondió:

Nadie.

Lu Chen me pidió matrimonio dos años después de la apertura del centro.

No utilizó una fiesta.

No involucró a nuestras familias.

Estábamos en el restaurante giratorio de la torre de televisión.

El mismo de mi decimoctavo cumpleaños.

Colocó la antigua pluma estilográfica sobre la mesa.

—No traje un anillo.

Lo miré sorprendida.

—Eres terrible con el romance.

—Lo sé.

Empujó hacia mí un documento.

Era un acuerdo escrito a mano.

Prometo no decidir por Song Zhao lo que puede soportar.

Prometo decir la verdad incluso cuando tenga miedo de perderla.

Prometo no pedirle que abandone su trabajo, su ciudad ni su nombre.

Y prometo recordar que estar a su lado será siempre una elección, nunca una deuda.

Debajo había dos espacios para firmar.

Me eché a reír.

—¿Esto es una propuesta o un contrato?

—Aprendí que contigo las condiciones deben quedar claras.

Tomé la pluma.

—¿Y si no firmo?

—Seguiré respetando tu decisión.

—¿Y si firmo?

Sacó entonces una pequeña caja con un anillo.

—Intentaré no perder la cordura.

Firmé.

No porque hubiera esperado ocho años aquella oportunidad.

Sino porque el hombre frente a mí ya no era quien me había rechazado sin explicaciones.

Y yo tampoco era la joven que necesitaba ser elegida para sentirse valiosa.

Nuestra boda fue pequeña.

Mi padre no pudo estar.

Pero colocamos una fotografía suya junto a las flores.

Xia Mian lloró durante toda la ceremonia y después negó haberlo hecho.

La señora Lu no intervino en ningún detalle.

Lu Chen se aseguró de preguntarme cada decisión.

Incluso el color de las servilletas.

—No tienes que consultarme absolutamente todo —le dije.

—Estoy recuperando ocho años de práctica.

Sonreí.

Durante mucho tiempo pensé que nuestra historia era una tragedia sobre el amor no correspondido.

Después creí que era una traición entre hermanas.

La verdad era más complicada.

Lu Chen me amó, pero eligió el silencio.

Song Yu lo amó, pero eligió esconder una carta.

Nuestras familias quisieron proteger sus empresas y terminaron destruyendo a las personas que debían proteger.

Y yo pasé ocho años creyendo que debía insistir hasta volverme suficientemente valiosa para alguien.

No fue hasta que me marché cuando entendí que nunca había necesitado su aceptación para convertirme en quien era.

Tres años después regresé para trasladar la tumba de mi padre.

Lu Chen esperó en el aeropuerto equivocado.

Igual que años atrás.

Pero esta vez no corrí hacia él.

No cambié mi camino.

No abandoné mi vida.

Fue él quien tuvo que aprender a encontrarme donde yo estaba.

No recuperó a la muchacha que lo perseguía.

Ella había desaparecido en algún laboratorio de Ginebra, entre experimentos fallidos y noches sin cenar.

Lo que encontró fue a una mujer que podía marcharse de nuevo.

Una mujer capaz de decirle que no.

Una mujer que ya no necesitaba suplicar.

Y solo cuando aprendió a amar a esa mujer sin intentar poseerla…

Le permití caminar a mi lado.

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