PARTE 2: EL HOMBRE QUE DESPERTÓ DEMASIADO PRONTO

Valeria sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Miró fijamente a Sebastián.

—¿Qué… dijiste?

Los labios de él apenas se movieron otra vez.

—Mauricio…

Su respiración se volvió irregular.

El monitor emitió un pitido más rápido.

Valeria reaccionó por instinto y presionó el botón de emergencia.

En pocos segundos entraron dos enfermeras y el médico particular de la familia.

—¡Se movió! —exclamó Valeria—. ¡Acaba de hablar!

El médico observó a Sebastián con incredulidad.

Le iluminó los ojos con una pequeña linterna.

Las pupilas reaccionaron.

Una enfermera rompió a llorar.

—Doctor… respondió al estímulo.

El hombre no podía creerlo.

—Llamen inmediatamente a la señora Elena.

La noticia recorrió la mansión como un incendio.

Cinco minutos después, Doña Elena apareció en la habitación sin perder la compostura.

Pero al ver los ojos de su nieto abiertos por primera vez en nueve meses, toda su rigidez desapareció.

Se acercó lentamente.

—Sebastián…

Él apenas giró la mirada hacia ella.

No podía mover el cuerpo.

Solo los ojos.

Solo la voz, quebrada y débil.

—Abuela…

Aquella única palabra bastó para que Elena se llevara una mano a la boca.

Había esperado nueve meses para escucharla.

Mauricio llegó casi al mismo tiempo.

Entró apresurado.

—¿Qué ocurrió?

Pero al encontrarse con la mirada consciente de Sebastián, se quedó inmóvil.

Durante una fracción de segundo olvidó sonreír.

Y ese detalle no pasó desapercibido para Valeria.

El miedo.

No sorpresa.

Miedo.

Mauricio recuperó rápidamente la compostura.

—¡Primo!

Intentó acercarse a la cama.

Sebastián hizo un enorme esfuerzo.

Levantó apenas un dedo.

Señaló directamente hacia Mauricio.

—Fuera…

La habitación quedó completamente en silencio.

Doña Elena frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

Sebastián respiraba con dificultad.

Cada palabra parecía arrancarle fuerzas.

—No… él…

El médico intervino inmediatamente.

—No puede seguir hablando. Necesita descansar.

Mauricio sonrió con aparente tranquilidad.

—Claro. Lo importante es que despertó.

Pero mientras todos rodeaban la cama, Valeria notó algo extraño.

Mauricio apretaba con tanta fuerza el teléfono que los nudillos estaban blancos.

Sin decir nada salió de la habitación.

Valeria, impulsada por una corazonada, caminó tras él.

No hizo ruido.

Desde el pasillo lo vio entrar en el despacho.

La puerta quedó apenas entreabierta.

Mauricio marcó un número.

Su voz dejó de ser amable.

—Despertó.

Silencio.

—Sí.

Escuchó la respuesta.

—No me importa cómo.

—Resuelvan el problema antes de que recuerde demasiado.

Valeria sintió un escalofrío.

Entonces escuchó algo todavía peor.

—La boda ya está hecha.

—Legalmente ella es la esposa.

—Si él muere ahora, todo sigue exactamente como estaba planeado.

Valeria dejó de respirar.

Retrocedió lentamente antes de que él pudiera verla.

Regresó a la habitación con el corazón desbocado.

Sebastián permanecía despierto.

Sus ojos buscaron inmediatamente los de ella.

Como si supiera que había descubierto algo.

Cuando todos salieron unos minutos para organizar el traslado al hospital especializado, Valeria quedó sola otra vez junto a la cama.

Él reunió las pocas fuerzas que le quedaban.

—Escúchame…

Ella se inclinó.

—Te escucho.

—No fue… tu padre…

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Sebastián tragó con dificultad.

—Él solo… era una pieza.

Su respiración volvió a acelerarse.

—Toda la boda… la organizó…

La puerta comenzó a abrirse.

Sebastián hizo un último esfuerzo.

Apretó débilmente la mano de Valeria.

Y antes de que Mauricio volviera a entrar acompañado de dos abogados, alcanzó a pronunciar el nombre de la persona que había planeado todo desde el principio.

—Mi… abuela… Elena…

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