PARTE 2: EL HOMBRE QUE DESPERTÓ DEL COMA REVELÓ LA TRAICIÓN QUE NADIE SE ATREVIÓ A CONTAR

Valeria sintió que el corazón se le detenía.

—¿Sebastián?

Los labios de él volvieron a moverse, pero ningún sonido salió esta vez.

El monitor cardíaco comenzó a acelerarse.

Ella presionó el botón de emergencia.

En menos de diez segundos, médicos y enfermeras invadieron la habitación.

—¡Está despertando!

—¡Llamen al neurólogo!

—¡Suban la oxigenación!

Valeria fue apartada hacia un rincón mientras el equipo trabajaba alrededor de la cama.

Desde la puerta apareció Mauricio.

—¿Qué ocurrió?

Nadie respondió.

Pero Sebastián abrió lentamente los ojos.

Su mirada, todavía perdida, recorrió la habitación hasta detenerse en Mauricio.

Por un instante, el miedo cruzó su rostro.

—Fuera… —murmuró.

Los médicos pensaron que deliraba.

Solo Valeria entendió que aquella palabra iba dirigida a un hombre específico.

Mauricio sonrió con aparente tranquilidad.

—Primo, acabas de despertar. No te esfuerces.

Sebastián reunió todas sus fuerzas.

—Que… salga…

Doña Elena llegó pocos segundos después.

Al ver a su nieto consciente, las lágrimas llenaron sus ojos por primera vez en muchos años.

—Sebastián…

Él tomó débilmente la mano de su abuela.

—Abuela… él…

Su respiración volvió a agitarse.

El médico intervino.

—No puede seguir hablando. Su cerebro necesita descansar.

Todos abandonaron la habitación.

Todos, excepto Valeria.

Doña Elena observó a la joven durante unos segundos.

—Quédate.

Cuando estuvieron solos, Sebastián volvió a abrir los ojos.

Miró a Valeria.

—¿Cómo… te llamas?

—Valeria.

Él intentó sonreír.

—Gracias… por salvarme.

Ella negó con la cabeza.

—No hice nada.

—Sí… hablaste conmigo.

Valeria frunció el ceño.

—¿Podías escucharme?

Sebastián tardó varios segundos en responder.

—No podía moverme… pero escuchaba casi todo.

Aquellas palabras le erizaron la piel.

Durante nueve meses…

Él había oído conversaciones.

Llantos.

Secretos.

Mentiras.

Y nadie lo había sabido.

Sebastián cerró los ojos unos segundos antes de volver a hablar.

—¿Tu padre… aceptó dinero?

Valeria bajó la mirada.

—Sí.

Él respiró con dificultad.

—No fue idea… de mi abuela.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

—Alguien… organizó esa boda…

Su voz era apenas audible.

—¿Mauricio?

Sebastián negó lentamente.

—No…

Aquella respuesta la dejó completamente confundida.

En ese momento entró el neurólogo.

La conversación terminó.

Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron un desfile interminable de especialistas, estudios y periodistas que intentaban confirmar el milagro del heredero que había despertado después de nueve meses.

Mientras tanto, Mauricio se convirtió en la sombra perfecta.

Sonreía delante de todos.

Preguntaba constantemente por la salud de su primo.

Incluso abrazó a Valeria frente a las cámaras.

—Qué alivio que Sebastián esté mejor.

Pero cada vez que nadie lo observaba, sus ojos cambiaban.

Había perdido algo.

Y lo sabía.

Aquella misma noche, Valeria bajó a la cocina por un vaso de agua.

Al regresar escuchó dos voces detrás de la biblioteca.

Reconoció inmediatamente una de ellas.

Era Mauricio.

—Tenemos que adelantar todo.

La otra voz respondió con nerviosismo.

—Pero Sebastián ya despertó.

—Precisamente por eso.

Hubo un breve silencio.

Entonces Mauricio pronunció una frase que heló a Valeria.

—Si recuerda quién provocó el accidente, todos estamos acabados.

Valeria contuvo la respiración.

Retrocedió lentamente para no hacer ruido.

Pero al girarse, chocó contra alguien.

Era doña Elena.

La anciana la sostuvo del brazo antes de que pudiera caer.

—Yo también los escuché.

Valeria la miró, completamente desconcertada.

—¿Entonces Mauricio sí…?

Doña Elena negó lentamente.

—Mauricio oculta muchas cosas.

Hizo una pausa.

Luego añadió con una expresión inesperadamente grave:

—Pero el hombre que planeó tu matrimonio con mi nieto… no fue Mauricio.

Valeria sintió que el mundo volvía a desmoronarse.

—Entonces… ¿quién fue?

Doña Elena la observó fijamente.

—La única persona que podía obligar a tu padre a entregarte… y que también tenía acceso al fideicomiso de los Alcázar.

La anciana respiró hondo.

—Alguien que todavía vive bajo este mismo techo.

Y, por primera vez desde que llegó a la mansión, Valeria comprendió que el verdadero enemigo nunca había dejado de sonreír delante de todos.

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