Me quedé mirando la pantalla del teléfono.
“Te dije que dejaras de fingir. Ahora todos van a saber quién soy.”
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Mi abuelo seguía observándome.
—Emma… ¿estás metida en algún problema?
Negué lentamente.
—No lo sé.
Y esa era la verdad.
Porque ya no parecía una broma.
Ni un admirador secreto.
Aquello empezaba a parecer una obsesión.
Esa noche bloqueé el número.
Cinco minutos después recibí otro mensaje desde un teléfono diferente.
“Puedes bloquear todos los números que quieras.”
“Yo siempre encontraré la manera de hablar contigo.”
Apagué el móvil.
Dormí con todas las puertas cerradas y las luces del pasillo encendidas.
A la mañana siguiente intenté actuar con normalidad.
Pero apenas entré en la oficina, todos comenzaron a aplaudir.
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasa?
La recepcionista sonrió.
—¡Tu esposo vino esta mañana!
Sentí que el corazón dejaba de latir.
—¿Qué…?
Sophie apareció detrás de ella.
—No llegaste a verlo.
—Era altísimo.
—Traje negro.
—Muy elegante.
—Nos dejó café para toda la oficina.
Sobre la mesa de reuniones había más de treinta vasos con el logotipo de una cafetería exclusiva.
Y una caja enorme de cruasanes.
La tarjeta decía:
“Gracias por cuidar de mi esposa todos los días.”
Todo el departamento estaba encantado.
—Emma, tu marido es increíble.
—Qué educado.
—Además es guapísimo.
Solo yo permanecía inmóvil.
—¿Vieron su cara?
Sophie respondió enseguida.
—Llevaba mascarilla.
—Pero sus ojos eran preciosos.
Mi respiración empezó a acelerarse.
Alguien había entrado en mi trabajo.
Había hablado con mis compañeros.
Y nadie había sospechado nada.
Fui directamente al departamento de seguridad.
—Necesito revisar las cámaras de esta mañana.
El responsable negó con la cabeza.
—Solo Recursos Humanos puede autorizarlo.
Corrí hasta allí.
Una hora después estaba viendo las grabaciones.
El hombre aparecía exactamente a las ocho y doce.
Medía cerca de un metro noventa.
Vestía un traje oscuro perfectamente cortado.
Llevaba gorra, gafas y mascarilla.
Era imposible identificarlo.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
No preguntó dónde estaba mi escritorio.
Caminó directamente hacia él.
Como si conociera perfectamente la oficina.
Dejó los cafés.
Habló unos segundos con Sophie.
Y se marchó.
Retrocedí el video.
Lo reproduje otra vez.
Solo habló con una persona.
Con Sophie.
Esperé a que terminara la jornada.
Cuando todos se fueron, me acerqué a ella.
—¿Qué te dijo?
Parpadeó.
—¿Quién?
—El hombre que vino esta mañana.
Sonrió con naturalidad.
—Solo preguntó si trabajabas aquí.
—¿Nada más?
—Nada más.
Mentía.
Lo supe inmediatamente.
Porque en la grabación vi que habían hablado casi tres minutos.
No diez segundos.
Aquella noche decidí seguirla.
No me sentía orgullosa.
Pero necesitaba respuestas.
Sophie salió de la oficina a las seis y veinte.
No fue a su casa.
Tomó un taxi hasta un hotel del centro.
Esperé desde el otro lado de la calle.
Diez minutos después apareció un automóvil negro.
Un hombre bajó del asiento trasero.
Llevaba la misma altura.
El mismo traje.
La misma forma de caminar.
No pude verle el rostro.
Sophie le entregó un sobre.
Él le dio una pequeña caja.
Hablaron menos de un minuto.
Después cada uno tomó un camino distinto.
Conseguí cruzar justo cuando el coche arrancaba.
Pero algo cayó al suelo.
Una tarjeta.
La recogí.
Era una tarjeta de acceso.
No tenía nombre.
Solo un logotipo plateado.
ORION PRIVATE INVESTIGATIONS.
Me quedé congelada.
Una agencia de detectives privados.
¿Qué hacía Sophie reuniéndose con un investigador?
¿Y por qué ese investigador llevaba semanas haciéndose pasar por mi inexistente esposo?
Cuando llegué a casa, mi teléfono volvió a vibrar.
Otro número desconocido.
Solo había una fotografía.
Era yo.
Sentada frente al escaparate de la boutique el día que vi el vestido azul.
La imagen estaba tomada desde detrás de mí.
Sin que yo lo supiera.
Debajo aparecía una única frase.
“Te observo desde mucho antes de que inventaras a tu esposo.”
Y justo cuando el miedo empezaba a convertirse en pánico, sonó el timbre de mi apartamento.

Miré por la mirilla.
No había nadie.
Solo una pequeña caja de regalo apoyada frente a la puerta.
Y encima, cuidadosamente colocado, había un sobre con una sola línea escrita a mano:
“Ábrelo antes de que Sophie llegue mañana al trabajo.”