PARTE 2: EL HOMBRE QUE DANIEL NO PODÍA SOPORTAR

Daniel siguió mirando el nombre en mi pantalla.

—¿Samuel?

No respondí.

—¿Ese Samuel?

Levanté una ceja.

—No sabía que existieran varios.

Su mandíbula se tensó.

—Me dijiste que era un compañero de trabajo.

—Lo es.

—No dijiste que había sido tu novio.

—Tú tampoco dijiste durante nuestra cena que Victoria seguía siendo la mujer de la que estabas enamorado.

—¡No estoy enamorado de ella!

—Perfecto.

Tomé una almohada del armario.

—Entonces ambos estamos tranquilos.

Eso pareció enfurecerlo todavía más.

—¿Cuánto tiempo llevas hablando con Samuel?

—Trabajamos en la misma empresa desde hace ocho meses.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Ocho meses?

—Sí.

—¿Y nunca me lo dijiste?

Solté una risa breve.

—¿Cuántas veces me preguntaste cómo había ido mi día durante esos ocho meses?

No respondió.

Exactamente.

Samuel y yo habíamos salido durante la universidad.

Terminamos cuando él aceptó un trabajo en Londres y yo decidí quedarme.

No hubo traición.

Ni escándalo.

Solo dos personas demasiado jóvenes tomando caminos diferentes.

Cuando regresó años después y apareció como consultor en mi empresa, nos sorprendimos.

Eso fue todo.

Hasta aquella noche.

Daniel tomó mi teléfono.

Se lo quité inmediatamente.

—No vuelvas a hacer eso.

—Quiero ver vuestros mensajes.

—No.

—Soy tu esposo.

—Y yo era tu esposa cuando dejaste que Victoria me humillara durante dos horas.

Aquello lo silenció.

Entonces sonó su propio teléfono.

Victoria.

Daniel rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

La rechazó otra vez.

—Contesta —dije.

—No quiero hablar con ella.

—Hace una hora estabas ordenando sus cajas.

—Claire…

—Buenas noches.

Cerré la puerta.

A la mañana siguiente llamé a mi abogada.

No porque Samuel hubiera regresado.

Ni siquiera sabía si todavía sentía algo por él.

Llamé porque durante aquella cena comprendí algo mucho más sencillo.

Daniel no me respetaba.

Y yo ya no quería convencerlo de hacerlo.

Cuando salí del dormitorio, Daniel estaba sentado en el sofá.

No había dormido.

—Cancelé el desayuno con Victoria.

—No necesitabas hacerlo.

—Voy a dejar de verla.

—Tampoco te lo pedí.

Me miró frustrado.

—Entonces dime qué quieres.

—El divorcio.

—¡Deja de decir eso como si fuera tan fácil!

—Para ti parecía bastante fácil explicar delante de ella que casarse conmigo no tenía nada que ver con enamorarse.

Se quedó callado.

Mi teléfono vibró.

Esta vez era mi jefa.

“Samuel confirmó la reunión con Whitmore Capital. Necesitamos tu presentación antes del mediodía.”

Daniel alcanzó a leer el mensaje.

—¿Qué reunión?

—Trabajo.

—¿Con Samuel?

—Sí.

—No vas.

Lo miré durante varios segundos.

—¿Perdón?

—No quiero que estés sola con él.

Algo casi cómico había ocurrido.

Durante años, Daniel había confundido mi tranquilidad con obediencia.

—No necesitas aprobar mis reuniones.

Tomé mi bolso.

—Claire.

—¿Sí?

—Si sales ahora con él, entenderé exactamente lo que significa.

—Entonces quizá por fin entiendas algo.

Me fui.

Samuel estaba en la sala de conferencias cuando llegué.

No mencionó a Daniel.

No mencionó nuestra antigua relación.

Revisamos cifras durante casi dos horas.

Cuando terminamos, guardó su portátil.

—¿Estás bien?

—Voy a divorciarme.

Se quedó quieto.

—Lo siento.

Aquella respuesta me sorprendió.

No sonrió.

No aprovechó la oportunidad.

Simplemente dijo:

—Si necesitas que mantenga distancia mientras solucionas esto, lo haré.

Y por primera vez comprendí la diferencia entre alguien que respetaba mis límites y alguien que solo los respetaba cuando le convenían.

Esa tarde ocurrió algo inesperado.

Victoria apareció en mi oficina.

—Necesitamos hablar.

—No.

—Es sobre Daniel.

—Entonces habla con Daniel.

Su sonrisa desapareció.

—¿Sabes por qué aceptó casarse contigo?

Levanté la mirada.

—Supongo que estás deseando decírmelo.

Victoria dejó un sobre sobre mi escritorio.

—Porque yo se lo pedí.

Eso consiguió mi atención.

Dentro había correos de cuatro años atrás.

Daniel y Victoria seguían hablando cuando nuestras familias organizaron nuestra primera cita.

Uno de los mensajes decía:

“Cásate con ella. Es adecuada para tu familia. Yo no voy a regresar.”

Otro, enviado por Daniel:

“¿Y si algún día vuelves?”

La respuesta de Victoria:

“Entonces veremos si todavía sentimos lo mismo.”

Sentí una calma extraña.

—Gracias.

Victoria frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas? ¿Que llorara?

—Pensé que querrías saber la verdad.

—Ya la sé.

Le devolví el sobre.

—Daniel me eligió como opción segura mientras dejaba una puerta abierta para ti.

Victoria no tomó los papeles.

—No vine para recuperarlo.

—Entonces ¿por qué volviste?

Por primera vez perdió completamente aquella seguridad elegante.

—Porque Daniel me llamó hace tres meses.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

—Me dijo que vuestro matrimonio estaba terminando.

—Eso es mentira.

—Ahora lo sé.

Sacó su teléfono.

Había mensajes.

Muchos.

Daniel le decía que dormíamos separados.

Que apenas hablábamos.

Que yo estaba considerando irme.

Nada de aquello era cierto.

El mensaje más reciente era de una semana antes de la cena.

“Cuando vuelvas, Claire finalmente entenderá que nuestro matrimonio nunca fue amor.”

Sentí que algo dentro de mí terminaba definitivamente.

Entonces Victoria dijo:

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Daniel sabía que Samuel había vuelto.

La miré.

—¿Cómo?

—Porque alguien le envió fotografías tuyas trabajando con él.

Me mostró una imagen.

Samuel y yo saliendo de nuestra oficina.

Otra tomando café con otros compañeros.

Otra entrando en una reunión.

Las fotografías tenían fechas de seis meses atrás.

—Daniel llevaba meses vigilándote —dijo Victoria.

Aquello ya no era un asunto de celos normales.

Llamé inmediatamente a mi abogada.

Esa noche no regresé al apartamento.

Daniel llamó cuarenta veces.

No respondí.

Hasta que llegó un mensaje diferente.

“Claire, sé que viste las fotos. Puedo explicarlo.”

Después otro.

“Samuel no es quien crees.”

Y finalmente:

“Pregúntale por qué regresó realmente de Londres.”

Me quedé mirando la pantalla.

Samuel estaba al otro lado de la sala de reuniones hablando con mi jefa.

Entonces mi abogada me llamó.

—Claire, revisamos las fotografías que te entregó Victoria.

—¿Y?

—Hay algo extraño.

—¿Qué cosa?

—La primera fue tomada hace ocho meses.

—Eso coincide con el regreso de Samuel.

—No exactamente.

Escuché papeles moverse.

—Según los registros de tu empresa, Samuel comenzó a trabajar contigo hace ocho meses.

—Sí.

—Pero la fotografía es de tres semanas antes.

Mi corazón dio un vuelco.

—Eso no tiene sentido.

—Hay más.

Mi abogada me envió la imagen original.

La amplié.

Samuel aparecía entrando en el edificio donde yo trabajaba.

En la esquina inferior estaba la fecha.

Tres semanas antes de nuestro supuesto reencuentro.

Y junto a él caminaba otro hombre.

Daniel.

Los dos parecían estar discutiendo.

Miré a Samuel a través del cristal.

Durante ocho meses había creído que nuestro reencuentro había sido casual.

Pero mi esposo y mi antiguo amor ya se habían encontrado antes de que cualquiera de los dos me dijera una sola palabra.

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