Ricardo permaneció varios segundos con el teléfono pegado al oído, escuchando únicamente el tono que anunciaba que la llamada había terminado.
No volvió a marcar.
Algo en aquella frase había sonado demasiado natural.
“Este es el teléfono de mi esposa.”
No había rabia.
No había provocación.
Solo la seguridad tranquila de un hombre que no necesitaba demostrar nada.
Mauro seguía de pie frente al escritorio.
—¿Qué pasó?
Ricardo dejó el celular sobre la mesa.
—Contestó un hombre.
—¿La pareja de Camila?
—Dijo que era su esposa.
Durante unos segundos nadie habló.
Desde el ventanal, la Ciudad de México seguía moviéndose con el mismo ritmo frenético de siempre, pero dentro de aquella oficina el tiempo parecía haberse detenido.
Ricardo volvió a mirar la fotografía.
Camila estaba empujando la carriola doble mientras los dos pequeños reían alrededor de una fuente.
No parecía una mujer derrotada.
Parecía una madre ocupada.
Y, por primera vez en tres años, él sintió que no sabía absolutamente nada de la vida que ella había construido lejos de él.
—Investiga al hombre —ordenó al fin—. Todo.
Mauro asintió.
—Ya lo hice un poco.
Sacó otra hoja de la carpeta.
—Se llama Adrián Fuentes. Tiene cuarenta y dos años. Es pediatra en un hospital infantil de Guadalajara.
Ricardo levantó lentamente la vista.
—¿Pediatra?
—Sí.
—¿Están casados?
—No aparece ningún matrimonio registrado.
Ricardo frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué dijo “mi esposa”?
—Porque quizá así la presenta ante todo el mundo.
Aquella respuesta le incomodó más de lo que quería admitir.
Nunca había pensado en Camila formando otra familia.
Siempre imaginó que, tarde o temprano, ella seguiría sola.
No porque lo deseara.
Sino porque nunca se permitió imaginar otra posibilidad.
Mauro continuó leyendo.
—Los vecinos dicen que viven juntos desde hace más de dos años.
—¿Él es el padre de los niños?
—No existe ningún documento que lo indique.
Ricardo respiró con dificultad.
Los cálculos seguían sin cuadrar.
Los gemelos habían nacido seis meses después del divorcio.
Era imposible que Adrián fuera el padre biológico.
Entonces recordó otra escena que llevaba años enterrada.
Aquella mañana, mientras firmaban los últimos papeles con los abogados, Camila había intentado hablar.
—Ricardo… necesito decirte algo importante.
Él ni siquiera levantó la cabeza.
Su madre estaba sentada a su lado.
—No empieces con dramas ahora, Camila.
Ella había guardado silencio.
Cinco minutos después firmó.
Y salió del despacho sin mirar atrás.
En ese momento Ricardo creyó que aquella historia había terminado.
Ahora comprendía que quizá había comenzado ese mismo día.
—¿Qué más averiguaste? —preguntó.
Mauro dudó unos segundos.
—Hay algo raro.
—Habla.
—Hace cuatro meses alguien intentó solicitar copias certificadas de las actas de nacimiento de los gemelos.
Ricardo sintió un escalofrío.
—¿Quién?
—No pudieron obtenerlas porque no acreditaron interés jurídico.
—¿Nombre?
Mauro deslizó otra hoja.
Ricardo la tomó.
Al leerla, la sangre pareció abandonarle el rostro.
Solicitante:
Rebeca Valdés.
Su propia madre.
Él levantó lentamente la vista.
—¿Para qué quería las actas?
—No lo sabemos.
—Averígualo.
—Ya empecé.
Mauro respiró hondo antes de continuar.
—También encontré otra cosa.
Sacó una copia de un correo electrónico enviado desde el despacho jurídico que durante años había trabajado para la familia Valdés.
—Uno de los abogados renunció hace tres semanas.
—¿Y?
—Antes de irse declaró que rechazó un asunto porque lo consideró ilegal.
Ricardo sintió que el pecho comenzaba a oprimirle.
—¿Qué asunto?
Mauro sostuvo su mirada.
—Preparar una estrategia para obtener la custodia provisional de dos menores alegando que su madre ocultó deliberadamente la identidad del padre.
La oficina quedó completamente en silencio.
Ricardo volvió a leer el nombre de la solicitante.
Rebeca Valdés.
No era un error.
No era una coincidencia.
Su madre llevaba meses moviéndose sin decirle una sola palabra.
Y, por primera vez en toda su vida, empezó a preguntarse si la mujer que siempre había obedecido era también la responsable de haber destruido su matrimonio.
Mientras tanto, a quinientos kilómetros de allí, en una casa de Andares, Camila terminaba de acostar a los gemelos.
El niño abrazaba un dinosaurio de peluche.
La pequeña dormía aferrada a un oso amarillo ya desgastado por los años.
Adrián entró en la habitación hablando en voz baja.
—Otra vez llamaron desde un número de Ciudad de México.
Camila dejó de acomodar la cobija de su hija.
No necesitó preguntar quién era.
Lo había esperado durante tres años.
Solo que no imaginó que llegaría tan tarde.
Adrián se acercó.
—¿Quieres que cambie el número?
Ella negó despacio.
—No.
Miró a sus hijos dormir.
Luego cerró la puerta con cuidado.

—Porque si Ricardo por fin descubrió la verdad… también significa que Rebeca ya debe saberla.
Y si ella empezó a moverse…
No viene por mí.
Viene por mis hijos.