Connor dio otro paso hacia mí.
—¿Qué fue tan gracioso?
Lo miré con la misma calma con la que había dado cientos de diagnósticos difíciles.
—Dentro de unos minutos lo entenderás.
Melinda levantó la cabeza por primera vez.
Su rostro estaba completamente blanco.
—Connor… vámonos.
Él sonrió con suficiencia.
—¿Por qué? ¿Te preocupa que mi ex no soporte ver una familia feliz?
No respondí.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez contesté.
—Ya llegué al ala pediátrica.
La voz al otro lado respondió con serenidad.
—Dos minutos.
Guardé el teléfono.
Connor soltó una risa.
—¿Llamaste a alguien para que te salvara?
Negué con la cabeza.
—No.
Hice una pausa.
—Solo vino alguien que también tenía derecho a estar aquí.
Las palabras parecieron inquietar a Melinda mucho más que a Connor.
Ella empezó a respirar con dificultad.
—Connor… de verdad tenemos que irnos.
Él la ignoró.
—¿Sigues obsesionada conmigo después de un año?
Lo observé unos segundos.
—Hace mucho que dejé de pensar en ti.
Aquello pareció molestarlo más que cualquier insulto.
Antes de que pudiera responder, las puertas del ascensor se abrieron.
Un hombre alto, de unos cuarenta años, vestido con un traje azul oscuro, caminó directamente hacia nosotros.
Al verlo, Melinda dejó caer el biberón.
El plástico golpeó el suelo con un sonido seco.
Toda la sangre desapareció de su rostro.
Connor frunció el ceño.
—¿Quién demonios es ese?
El hombre se detuvo frente al cochecito.
No me saludó primero.
Miró al pequeño niño.
Después levantó lentamente la vista hacia Melinda.
—Necesitamos hablar.
Su voz era firme.
Ella comenzó a temblar.
—No… no aquí.
Connor dio un paso adelante.
—Disculpa, ¿quién eres?
El hombre sacó una carpeta.
—Mi nombre es Daniel Mercer.
Abogado.
Dejó una credencial sobre el cochecito.
—Represento al señor Jonathan Hayes.
Connor no reconoció el nombre.
Melinda sí.
Cerró los ojos con desesperación.
Daniel abrió la carpeta.
—Hace tres semanas, mi cliente recibió los resultados de una prueba genética solicitada por orden judicial.
Connor miró confundido a Melinda.
—¿Qué prueba?
Nadie respondió.
Daniel continuó.
—El menor Oliver…
Miró al niño con suavidad.
—Es hijo biológico del señor Jonathan Hayes.
El pasillo quedó completamente en silencio.
Connor soltó una pequeña carcajada.
—Eso es absurdo.
Daniel le entregó una copia del informe.
—Los resultados arrojan una probabilidad de paternidad superior al noventa y nueve punto noventa y nueve por ciento.
Connor comenzó a leer.
Las manos empezaron a temblarle.
—No…
Levantó lentamente la vista hacia Melinda.
—Dime que esto es mentira.
Ella rompió a llorar.
—Connor…
—¡Dímelo!
Las lágrimas corrían sin control por su rostro.
—Yo… pensaba que era tuyo.
Connor retrocedió un paso.
—¿Pensabas?
Daniel habló nuevamente.
—Mi cliente desconocía la existencia del niño hasta hace un mes.
Por eso solicitó la prueba de ADN.
Ahora iniciará el proceso legal para ejercer sus derechos como padre.
Connor seguía mirando fijamente a Melinda.
Toda la arrogancia que había mostrado unos minutos antes desapareció por completo.
Entonces giró lentamente hacia mí.
Yo seguía exactamente donde estaba.
Serena.
Él comprendió de inmediato.
—Por eso dijiste “¿Ah, sí?”.
Asentí.
—Porque antes de presumir una verdad… conviene asegurarse de que realmente sea tuya.
El silencio volvió a adueñarse del pasillo.
La enfermera llamó mi nombre desde la estación.

—Doctora Sinclair, la reunión va a comenzar.
Sonreí con educación.
—Ya voy.
Tomé mi tableta y seguí caminando.
No miré atrás.
Porque, por primera vez en muchos años, el caos ya no me estaba esperando a mí.
Se había quedado completamente del otro lado del pasillo.