Adrian se quedó inmóvil frente al edificio.
Su mirada bajó lentamente hasta la mano de Alexander alrededor de mi cintura.
—Quítale las manos de encima.
Alexander ni siquiera se movió.
—No vuelvas a darle órdenes.
Adrian palideció.
Había una razón.
Alexander Hayes no era simplemente un conocido suyo. Era el presidente del grupo empresarial donde Adrian llevaba años intentando convertirse en socio.
El hombre cuya aprobación podía decidir su futuro profesional.
Adrian me miró.
—Emma, entra. Tenemos que hablar.
Casi me reí.
—¿Hablar de qué? ¿De la noche que me echaste durante un huracán porque Sophie podía ponerse de mal humor?
—Eso fue un malentendido.
—No. Fue una elección.
Alexander dio un paso hacia él.
—Yo la encontré inconsciente dentro de un coche detenido mientras las autoridades cerraban las carreteras.
El rostro de Adrian cambió.
—No sabía que terminaría así.
—Sabías que había un huracán —respondió Alexander—. Eso era suficiente.
Adrian apretó los puños.
Después señaló a Alexander.
—¿Y esto qué es? ¿Una venganza?
Lo miré directamente.
—No todo gira alrededor de ti.
Aquello pareció dolerle más que cualquier insulto.
Adrian había pasado tres años convencido de que podía dejarme esperando mientras corría detrás de Sophie.
Creía que yo siempre estaría disponible cuando ella desapareciera.
—Tres semanas —murmuró—. ¿Me estás diciendo que en tres semanas ya estás con él?
Alexander me miró.
Yo conocía la verdadera respuesta.
No habían sido tres semanas.
Alexander y yo nos conocíamos desde mucho antes de Adrian. Nuestras familias habían sido cercanas durante años, pero nos habíamos distanciado cuando yo empecé aquella relación.
Después del huracán, Alexander no intentó conquistarme.
Me ayudó a encontrar un apartamento.
Me acompañó a recuperar mis documentos.
Me consiguió un teléfono nuevo cuando el mío quedó destruido.
Y, sobre todo, jamás me pidió nada a cambio.
Una noche me dijo:
—No quiero que estés conmigo porque otro hombre te lastimó. Si algún día me eliges, quiero que sea porque realmente quieres hacerlo.
Eso fue exactamente lo que terminó haciendo que lo eligiera.
Adrian avanzó hacia mí.
—Emma, cometí un error.
—No.
Negué lentamente.
—Un error habría sido decir algo cruel y arrepentirte cinco minutos después. Tú preparaste la habitación para Sophie. Me ordenaste recoger mis cosas. Me viste salir bajo una alerta de emergencia y cerraste la puerta.
Su rostro se endureció.
—Sophie estaba pasando por un momento difícil.
Sonreí.
—Entonces sigue cuidándola.
—¡Yo no la amo!
El silencio cayó sobre nosotros.
Alexander arqueó ligeramente una ceja.
Yo simplemente pregunté:
—Entonces, ¿me echaste por una mujer que ni siquiera amas?
Adrian abrió la boca.
No encontró respuesta.
Alexander tomó mi mano.
—Emma, deberíamos entrar.
Fue entonces cuando Adrian vio algo sobresaliendo del bolsillo interior de su chaqueta.
Una pequeña caja negra.
Sus ojos se abrieron.
—¿Qué llevas ahí?
Alexander no respondió.
Pero Adrian ya había entendido.
—No.
Soltó una risa nerviosa.
—Emma, no puedes estar pensando en casarte con él.
Lo miré sorprendida.
—¿Y desde cuándo necesitas aprobar mis decisiones?
—¡Estuvimos juntos tres años!
—Precisamente.
Tres años esperando.
Tres años escuchando el nombre de Sophie.
Tres años sintiéndome segunda opción.
Me acerqué lo suficiente para que escuchara claramente.
—La noche del huracán me pediste que no dejara nada mío porque podía molestarla.
Respiré hondo.
—Cumplí tu petición, Adrian. Me llevé incluso el amor que sentía por ti.
Me giré.
Entonces escuchamos otra voz.
—Adrian.
Sophie estaba junto a un automóvil estacionado.
Su expresión era extraña.
No parecía celosa.
Parecía furiosa.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Adrian.
Ella levantó el teléfono.
—Preguntándome por qué llevas tres semanas diciéndome que Emma te está rogando volver.
Adrian se quedó blanco.
Sophie me miró.
—También me dijo que tú lo abandonaste durante el huracán.
Todo encajó.
Adrian no solo había intentado recuperarme.
Había estado mintiéndonos a las dos para seguir siendo indispensable en ambas vidas.
Sophie soltó las llaves de su antigua casa a sus pies.
—Se acabó.
Se marchó sin esperar respuesta.
Adrian quedó solo en la acera.
Por primera vez, ninguna de las dos mujeres estaba esperándolo.
Alexander y yo entramos al edificio.
Ya dentro del ascensor, miré su bolsillo.
—¿De verdad llevas un anillo?
Alexander sonrió.
Sacó la caja.
Pero no se arrodilló.
—Sí.
Mi corazón aceleró.
—¿Entonces?
—Entonces nada.
Guardó nuevamente la caja.
—No voy a proponerte matrimonio mientras tu ex está abajo perdiendo la cabeza. Ese momento será nuestro, no suyo.
Y aquella frase terminó de convencerme de la diferencia entre ambos hombres.
Adrian siempre había convertido mis momentos importantes en algo relacionado con Sophie.
Alexander se negaba a permitir que Adrian arruinara uno solo.
Seis meses después, regresamos al mismo lugar donde Alexander me había encontrado durante el huracán.
El cielo estaba despejado.
No había tormenta.
No había miedo.
Esta vez sí abrió la caja.
Y cuando me preguntó si quería construir una vida con él, respondí que sí.
Mucho después supe que Adrian había perdido la oportunidad de convertirse en socio del grupo.
No porque Alexander se vengara.
Simplemente porque, durante la revisión interna, salieron a la luz decisiones profesionales y mentiras que hicieron imposible confiarle aquella responsabilidad.
Adrian intentó llamarme una última vez.

No contesté.
Porque la noche del huracán él creyó que estaba echando de su casa a una mujer que siempre regresaría.
Nunca imaginó que estaba cerrando la puerta por última vez.
Y que al otro lado de aquella tormenta me esperaba una vida en la que jamás volvería a ser la segunda opción.