PARTE 2: EL HOMBRE EQUIVOCADO

Sentí que el columpio dejaba de moverse.

El viento seguía recorriendo el jardín de la residencia Morgan, pero todo el ruido desapareció cuando escuché aquella pregunta.

—Entonces, ¿por qué al final elegiste casarte con Adrian?

Lo miré confundida.

Julian seguía observándome con aquella sonrisa tranquila, aunque sus ojos ya no sonreían.

Durante unos segundos pensé que estaba bromeando.

—Julian… yo no elegí nada.

Él dejó escapar una risa baja.

—¿De verdad todavía lo crees?

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

No respondió enseguida.

Recogió una hoja seca del suelo y comenzó a doblarla lentamente entre los dedos.

—Claire… ¿recuerdas quién fue la primera persona que llegó a tu graduación aquella noche?

Intenté recordar.

Había demasiada gente.

Demasiado alcohol.

Demasiadas fotografías.

—No.

—Fui yo.

Aquella respuesta me dejó inmóvil.

Julian levantó la vista.

—Fui porque Margaret insistió en que no debías celebrar sola.

Hizo una pausa.

—Adrian ni siquiera pensaba asistir.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Qué?

—Tenía el vuelo reservado para la mañana siguiente.

Eso ya lo sabía.

Había encontrado el billete meses atrás entre aquellos viejos correos.

Pero Julian continuó.

—Aquella noche iba a despedirse de alguien.

Bajé lentamente la mirada.

—Lo sé.

Julian negó con la cabeza.

—No.

—No lo sabes todo.

El jardín parecía volverse cada vez más frío.

—Cuando llegué, estabas completamente borracha.

Sonrió con nostalgia.

—Intentabas convencer a un árbol de que bailara contigo.

No pude evitar avergonzarme.

—Me llevaste al salón privado para que descansara.

Asentí despacio.

Algunas imágenes muy borrosas empezaban a regresar.

—Después salí a buscar agua.

Julian respiró profundamente.

—Y cuando volví… Adrian ya estaba allí.

Sentí un extraño escalofrío.

—¿Él… acababa de llegar?

—Sí.

—¿Y luego?

Julian permaneció callado varios segundos.

—Discutimos.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

Su sonrisa desapareció por completo.

—Porque yo quería llevarte a casa.

—Y Adrian dijo que él se ocuparía de ti.

Mi respiración empezó a acelerarse.

—Eso es normal.

—Él era…

Julian me interrumpió.

—No.

—No era normal.

Se acercó un poco más.

—Porque aquella noche Adrian todavía pensaba marcharse a Inglaterra.

Mi corazón latía cada vez con más fuerza.

—Entonces…

—Entonces le pregunté por qué demonios quería quedarse contigo si llevaba tres años enamorado de otra mujer.

Sentí un dolor conocido atravesarme el pecho.

Julian continuó.

—¿Sabes qué respondió?

Negué lentamente.

—Dijo…

Imitó exactamente el tono frío de Adrian.

—”Ella estará bien. Solo necesito asegurarme de que llegue a casa.”

Aquellas palabras no tenían nada de especial.

Pero Julian añadió otra.

—Entonces tú dijiste mi nombre.

Me quedé completamente inmóvil.

—¿Qué…?

—No el suyo.

—El mío.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Eso es imposible.

Julian negó con suavidad.

—Claire.

—Esa noche me abrazaste creyendo que era yo.

Mi garganta se cerró.

No.

Eso no podía ser verdad.

Había recordado cientos de veces aquella noche.

Siempre imaginé que había sido Adrian desde el principio.

Julian observó mi expresión.

—Cuando Adrian escuchó que pronunciabas mi nombre… cambió completamente.

Una sensación de angustia comenzó a crecer dentro de mí.

—¿Qué quieres decir?

—Se enfadó.

Aquella respuesta no tenía sentido.

—¿Adrian?

—Sí.

Julian soltó una risa amarga.

—Nunca lo había visto así.

Recordó unos segundos.

—Me dijo que podía marcharme.

—Que él se haría responsable.

Mi mente intentaba unir piezas que no encajaban.

—Después me fui.

—Pensé que solo intentaba protegerte.

Miró hacia la enorme casa iluminada.

—Tres días más tarde anunció que iba a casarse contigo.

Bajó lentamente la cabeza.

—Y comprendí demasiado tarde que ya era imposible cambiar nada.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Podía escuchar mi propia respiración.

—Julian…

Mi voz apenas salió.

—¿Por qué nunca me contaste esto?

Él sonrió con tristeza.

—Porque pensé que eras feliz.

Miró el anillo que todavía llevaba en mi mano.

—Y porque Adrian era mi hermano.

Respiró hondo.

—No iba a destruir tu matrimonio solo porque aquella noche escuché decir un nombre.

Nos quedamos callados durante largo rato.

Hasta que Julian volvió a hablar.

—Pero hace dos semanas recibí una llamada.

Levanté la cabeza.

—¿De quién?

—De Adrian.

Sentí un vuelco en el estómago.

—¿Qué quería?

Julian me sostuvo la mirada.

—Me pidió que regresara inmediatamente al país.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Julian soltó una sonrisa extraña.

Una sonrisa cansada.

—Porque quería preguntarme algo.

—¿Qué cosa?

Él dio un paso hacia mí.

Su voz apenas fue un susurro.

—Quería saber…

Hizo una pausa que pareció eterna.

—…si alguna vez tú estuviste enamorada de mí antes de casarte con él.

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