Me quedé inmóvil.
Ava volvió a llorar.
La puerta se abrió.
Reed Callaway ocupó todo el marco.
Nunca lo había visto tan cerca. Traje negro, abrigo oscuro todavía cubierto de nieve y una expresión capaz de vaciar una habitación sin levantar la voz.
Sus ojos bajaron hasta Ava.
Después volvieron a mí.
—Explícate.
Sentí que el trabajo desaparecía bajo mis pies.
—Mi niñera enfermó. No tenía con quién dejarla. Solo necesito terminar el turno y…
—¿Metiste un bebé aquí?
—Sí.
—¿Junto a productos de limpieza?
Miré alrededor y comprendí lo terrible que sonaba.
—No había otro sitio.
Reed entró, tomó un recipiente del estante y leyó la etiqueta.
Luego hizo algo inesperado.
Lo sacó del cuarto.
Después otro.
Y otro.
—Tommy —llamó.
Su mano derecha apareció inmediatamente.
—Vacía este lugar. Todo químico fuera.
Parpadeé.
—Señor Callaway…
—Tú vienes conmigo.
Cinco minutos después, Ava estaba instalada en un pequeño sofá dentro de la oficina que oficialmente “no existía para mí”.
Yo esperaba mi despido.
Reed permanecía detrás del escritorio observando un documento.
—¿Cuánto ganas aquí?
Le dije.
—¿Guardería?
—No puedo pagarla.
—¿Familia?
Negué con la cabeza.
Entonces Ava empezó a quejarse.
Antes de que pudiera moverme, Reed se acercó.
Mi cuerpo se tensó.
Pero él solo recogió el chupete que había caído y me lo entregó.
Al hacerlo vio la pulsera diminuta alrededor de la muñeca de Ava.
Tenía su nombre completo.
AVA MERCER.
Reed dejó de respirar.
—¿Mercer?
El cambio en su voz me asustó.
—Sí.
—¿Quién es su padre?
—¿Por qué?
—Dime su nombre.
Retrocedí.
—Jason Mercer.
La expresión de Reed se volvió irreconocible.
Tommy, que acababa de entrar, también se congeló.
—Jefe…
Reed levantó una mano.
—¿Dónde está Jason?
—Phoenix, supongo.
—¿Supongo?
Sentí crecer mi irritación.
—Nos abandonó antes del nacimiento. ¿Por qué le importa?
Reed abrió lentamente un cajón.
Sacó una fotografía vieja.
La deslizó hacia mí.
Tres hombres aparecían frente al restaurante muchos años atrás.
Uno era Reed.
Otro, Tommy.
El tercero era Jason.
Mucho más joven.
Pero era él.
—¿Cómo conoce al padre de mi hija?
Reed se sentó.
—Porque Jason Mercer trabajó para mí.
Mi estómago cayó.
—¿Qué clase de trabajo?
—El tipo que hizo que tuviera que desaparecer.
Miré a Ava.
—Me dijo que vendía seguros.
Tommy soltó una risa sin humor.
Reed no.
—Jason llevaba nuestras cuentas. Hace dos años desaparecieron casi cuatro millones de dólares y documentos suficientes para enviar a varios hombres a prisión.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
—Quizá sí.
Reed giró la fotografía.
En el reverso había una fecha.
Era exactamente nueve meses antes del nacimiento de Ava.
Debajo, escrito a mano:
MERCER HABLÓ. ENCONTRAR A LA MUJER.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
—¿Qué significa?
Reed me miró.
—Que alguien sabía de ti antes que yo.
En ese instante sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Había una fotografía tomada aquella misma tarde.
Yo entrando por el callejón con Ava escondida bajo el abrigo.
Debajo decía:
“Sabemos dónde está la niña.”
El color desapareció del rostro de Reed.
Tomó su teléfono.
—Tommy, cierra el restaurante.
—¿Todo?
—Todo.
Después señaló a Ava.
—Nadie entra. Nadie sale.
Lo miré aterrorizada.
—¿Qué quieren de mi hija?
Reed tardó demasiado en responder.
Finalmente abrió una caja fuerte detrás de un cuadro.
Dentro había dinero, varias armas y una memoria USB.
Tomó únicamente la memoria.
—Jason no huyó con cuatro millones.
La dejó sobre el escritorio.
—Huyó con esto.
—¿Qué contiene?
—La contabilidad real de una organización que lleva veinte años comprando policías, jueces y funcionarios.
Sentí náuseas.
—¿Y dónde está Jason?
Reed sostuvo mi mirada.
—Eso es lo que todos llevan dos años intentando descubrir.
Entonces Ava hizo un pequeño sonido.
Reed la miró.
Su expresión cambió.
—Y ahora creen que él dejó algo contigo.
Negué inmediatamente.
—Jason no me dejó nada.
—Puede que tú no lo sepas.
—¿Por qué?
Reed señaló el collar alrededor de mi cuello.
El pequeño colgante de plata que Jason me había regalado antes de desaparecer.
—Porque ese collar —dijo— no es una joya.
Me llevé una mano al cuello.
Reed se inclinó hacia mí.
—Es una llave.

Y justo entonces, alguien golpeó tres veces la puerta cerrada del restaurante.
Tommy palideció.
Porque Callaway’s estaba cerrado.
Y aquella señal significaba que quien estaba afuera no venía a cenar.