PARTE 2: EL HOMBRE DEL SENTRA DESAPARECIÓ EN TREINTA SEGUNDOS

Mariana respiraba con dificultad.

Las personas seguían caminando por Presidente Masaryk como si nada hubiera ocurrido.

Nadie sabía que aquella llamada estaba a punto de cambiar la tarde.

—¿Quién te tocó? —repitió Sebastián.

—Un guardia… me sacó a empujones.

—¿Te lastimó?

Mariana miró la sangre que comenzaba a aparecer en su rodilla.

—Sí… pero estoy bien.

Hubo un silencio.

No era un silencio de duda.

Era el silencio de alguien tomando una decisión.

—Quédate donde estás.

—Sebastián, no vengas. No quiero que hagas un escándalo.

—Mariana.

Su voz sonó completamente distinta.

Más grave.

Más fría.

—Mírame bien.

Ella cerró los ojos.

—No te muevas.

La llamada terminó.


Diez minutos después, Mariana seguía sentada junto al macetero frente a la boutique.

Algunas personas la observaban de reojo.

Nadie se acercaba.

Dentro de Casa Élodie, la música seguía sonando.

Daniela brindaba con Regina mientras Verónica mostraba vestidos.

Como si la humillación de una mujer fuera solo otro incidente de la tarde.

Entonces comenzaron a escucharse motores.

Primero uno.

Luego otro.

Después varios más.

Diez camionetas negras, idénticas, doblaron lentamente por Masaryk y se detuvieron frente a la boutique.

Las conversaciones en la calle se apagaron.

Las puertas se abrieron al mismo tiempo.

Hombres con traje oscuro descendieron en silencio.

No gritaban.

No corrían.

Simplemente formaron un discreto perímetro alrededor de la entrada.

Mariana frunció el ceño.

—¿Qué…?

La puerta de la camioneta central se abrió.

Bajó Sebastián.

Pero no era el hombre del Sentra viejo.

Vestía un traje azul oscuro perfectamente cortado.

Sin prisa.

Sin una sola expresión de enojo.

Caminó directamente hacia Mariana.

Se arrodilló frente a ella.

Miró su rodilla lastimada.

Después tomó con extrema delicadeza su mano.

—¿Te duele?

Ella apenas pudo asentir.

—Sebastián…

Él sacó un pañuelo blanco y limpió cuidadosamente la sangre.

—Perdóname.

—¿Por qué me pides perdón tú?

Le sostuvo la mirada.

—Porque prometí que nunca permitiría que alguien te hiciera sentir menos.


Desde el interior de la boutique, Verónica observaba la escena.

Su sonrisa había desaparecido.

Daniela dejó lentamente la copa sobre una mesa.

—¿Quiénes son?

Uno de los asistentes de Regina miró por el ventanal.

—No son escoltas normales.

Regina frunció el ceño.

—¿Entonces?

Nadie respondió.


Sebastián ayudó a Mariana a ponerse de pie.

—¿Fue aquí?

Ella asintió.

—Sí.

Miró la boutique unos segundos.

Luego se volvió hacia uno de los hombres que lo acompañaban.

—Julián.

—Sí, señor.

—Haz la llamada.

El hombre sacó inmediatamente un teléfono.

Marcó un número que parecía conocer de memoria.

Esperó apenas unos segundos.

—Buenas tardes, licenciado.

Hizo una breve pausa.

—El señor Aranda solicita que se suspenda cualquier negociación relacionada con el proyecto Élodie Residences hasta nuevo aviso.

Del otro lado respondieron algo.

Julián continuó.

—Sí.

Miró discretamente la boutique.

—Acaba de ocurrir un incidente que afecta directamente la relación comercial.

Colgó.

Mariana no entendía nada.

—¿Qué proyecto?

Sebastián respiró despacio.

—Hace ocho meses un grupo de inversión aceptó financiar la expansión internacional de Casa Élodie.

Ella seguía sin comprender.

—¿Y?

Él sostuvo su mano.

—Ese grupo… es mío.

Dentro de la boutique, el teléfono de Verónica comenzó a sonar.

Contestó sonriendo, todavía sin imaginar nada.

Cinco segundos después…

Toda la sangre desapareció de su rostro.

—¿Cómo que… suspendido?

El gerente financiero hablaba tan fuerte que incluso Daniela alcanzó a escuchar parte de la conversación.

—¡¿Qué significa que congelaron el contrato?!

Verónica levantó lentamente la vista hacia el ventanal.

Al otro lado del cristal, Sebastián seguía de pie junto a Mariana.

Ya no parecía el investigador agrícola que compraba pan dulce de oferta.

Y por primera vez, Verónica comprendió que el hombre al que acababa de llamar “muchachito sin dinero”… tenía el poder de destruir el negocio que ella llevaba veinte años construyendo.

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