La camioneta se detuvo frente a la entrada principal.
Dos empleados abrieron las puertas al mismo tiempo.
—Bienvenido, señor Montemayor.
Rafael bajó primero.
Luego se volvió hacia Laila.
Ella seguía inmóvil.
Miraba la mansión.
Los jardines perfectamente podados.
La fuente de piedra.
Los ventanales enormes.
Todo parecía pertenecer a otro mundo.
—¿No venías del puente? —preguntó casi sin voz.
Rafael sonrió apenas.
—Sí.
—Entonces…
—Entra. Te explicaré todo.
Laila no se movió.
—¿Quién eres realmente?
Él respiró hondo.
—Mi nombre completo es Rafael Montemayor Álvarez.
Ella sintió que las piernas le temblaban.
Ese apellido aparecía constantemente en revistas de negocios.
Constructoras.
Hoteles.
Fundaciones.
Rafael caminó hacia la sala principal.
—Hace ocho meses desaparecí por decisión propia.
Laila frunció el ceño.
—¿Por qué alguien haría eso?
Él tomó asiento.
Por primera vez parecía un hombre cansado, no un millonario.
—Porque quería saber quién se acercaba a mí por interés… y quién lo hacía por humanidad.
Laila no entendía nada.
Rafael continuó.
—Después de la muerte de mi esposa, empecé a desconfiar de todos.
Socios.
Parientes.
Empleados.
Todos parecían necesitar algo.
Dinero.
Influencias.
Contratos.
Así que desaparecí.
Solo mi abogado y mi jefe de seguridad sabían dónde estaba.
Laila abrió lentamente los ojos.
—¿Vivías de verdad bajo un puente?
—Sí.
—¿Todo este tiempo?
Él asintió.
—Con otra ropa.
Otro nombre.
Sin tarjetas.
Sin escoltas.
Sin decir quién era.
Ella guardó silencio.
No encontraba ninguna explicación lógica.
—¿Y por qué aceptaste casarte conmigo?
Rafael sostuvo su mirada.
—Porque cuando esa mujer me ofreció doscientos pesos para llevarte…
Pensé que estabas siendo víctima de un delito.
Laila sintió un nudo en la garganta.
—Pude negarme.
Pero entonces tú habrías regresado con ellas.
Ella bajó la vista.
Era verdad.
Rafael abrió una carpeta que uno de los empleados acababa de dejar sobre la mesa.
—Nuestro matrimonio es legal.
Pero también temporal.
Laila levantó la cabeza.
—¿Temporal?
—Mi abogado ya está preparando la nulidad por falta de consentimiento libre.
Nadie podrá obligarte a seguir casada conmigo.
La joven respiró por primera vez con tranquilidad desde el día anterior.
—Gracias.
Rafael sonrió.
—No tienes que agradecer.
Ahora estás a salvo.
En ese momento entró un hombre de traje gris.
—Buenos días, señor.
Traía un portafolio lleno de documentos.
—Licenciado Ortega —saludó Rafael—. Ella es Laila.
El abogado hizo una leve inclinación de cabeza.
—Mucho gusto.
Después colocó varias hojas sobre la mesa.
—Antes de iniciar la nulidad, hay otro asunto que debe conocer.
Rafael frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
El abogado abrió un expediente.
En la portada aparecía un nombre.
Alberto Gómez.
Laila sintió un vuelco en el estómago.
Era su padre.
—Encontramos el juicio sucesorio que nunca se concluyó después de su fallecimiento.
Ella lo miró sin comprender.
—¿Qué significa eso?
Ortega pasó varias páginas.
—Que la casa donde usted vivía nunca fue heredada legalmente a Carmen.
Laila dejó escapar el aire lentamente.
—¿Cómo?
—Porque su padre redactó un testamento seis meses antes de morir.
Rafael giró inmediatamente hacia el abogado.
—¿Y quién es la heredera?
El hombre sostuvo la mirada de Laila.
—La única heredera universal es usted.
El silencio llenó la sala.
Laila apenas podía procesarlo.
—Pero Carmen siempre dijo…
—Carmen nunca registró el testamento.
Respondió el abogado.
—En lugar de iniciar el procedimiento sucesorio, ocupó la propiedad y la administró como si fuera suya durante años.
Rafael cerró lentamente la carpeta.
—¿Puede demostrarlo?
—Sí.
El testamento original apareció hace dos semanas durante una revisión notarial.
Laila sintió que las lágrimas comenzaban a caer sin poder detenerlas.
Toda su vida creyó que dependía de Carmen para tener un techo.
Y ahora descubría que aquella casa siempre había sido suya.
Entonces sonó el teléfono del abogado.
Contestó.
Escuchó apenas unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—¿Está seguro?
Colgó despacio.
Rafael se puso de pie.
—¿Qué pasó?
El abogado respiró hondo.
—Acaban de informar que Carmen intentó vender la casa esta misma mañana.
Laila palideció.
—¿Ya la vendió?
—No.
El notario alcanzó a suspender la operación.
Pero hay un problema mucho más grave.
Rafael lo miró fijamente.
—¿Cuál?
El abogado sostuvo el expediente entre las manos.

—La persona que iba a comprar la propiedad… es socio de la empresa de la familia Montemayor.
Y afirma que alguien le aseguró que la heredera legítima había desaparecido para siempre.