PARTE 2: EL HIJO QUE NUNCA MURIÓ

Abrí el cajón inferior del escritorio.

Camila y yo habíamos acordado guardar allí cualquier documento relacionado con los viñedos que no debiera pasar por las manos de mi madre ni de Rodrigo.

La carpeta estaba.

Pero alguien la había abierto.

Faltaban páginas.

En el fondo encontré una nota escrita por Camila:

“Si algo me pasa, revisa las cámaras de la bodega norte. No confíes en tu familia.”

Sentí que se me helaba la sangre.

Saqué mi computadora.

Las cámaras principales habían sido borradas.

Todas menos una.

Camila había instalado meses atrás una cámara independiente después de descubrir que desaparecían documentos contables.

Abrí la última grabación disponible.

Fecha: tres días antes.

Camila apareció entrando a la bodega.

Estaba embarazada, caminaba lentamente y llevaba una carpeta contra el pecho.

Dos minutos después apareció Rodrigo.

No había audio.

Pero vi la discusión.

Rodrigo intentó quitarle la carpeta.

Camila retrocedió.

Él volvió a acercarse.

Ella se defendió.

Y entonces ocurrió.

Camila agarró su chamarra.

La tela se tensó.

Algo salió disparado.

Un botón.

El mismo que llevaba en mi bolsillo.

Me quedé inmóvil frente a la pantalla.

Pero la grabación todavía no había terminado.

Mi madre apareció.

Teresa.

No intentó ayudar a Camila.

Cerró la puerta.

Desde dentro.

Me levanté tan rápido que la silla cayó al suelo.

En ese momento escuché pasos afuera.

Guardé una copia de la grabación y cerré la computadora.

Rodrigo entró.

—Mamá dice que mañana cremaremos a Camila.

—No.

Su expresión cambió.

—Julián…

—Quiero una autopsia independiente.

Por primera vez, vi miedo.

Duró menos de un segundo.

Pero estuvo allí.

—¿Para qué quieres torturarte?

Metí la mano en el bolsillo y apreté el botón.

—Necesito saber exactamente cómo murió mi esposa.

Rodrigo sostuvo mi mirada.

—Murió durante el parto.

—Entonces una autopsia lo confirmará.

No respondió.

Aquello fue suficiente.


Esa madrugada llamé a mi abogado.

Después al investigador privado que Camila y yo habíamos contratado para seguir el dinero robado de los viñedos.

A las cinco de la mañana recibí el primer informe.

Camila nunca había sido ingresada al hospital donde mi madre afirmaba que había dado a luz.

No existía registro de su parto.

No existía certificado hospitalario del bebé.

Solo había un certificado de defunción de Camila presentado posteriormente por una clínica privada.

Y tenía una firma que conocía.

Doctor Esteban Ruiz.

Amigo de Rodrigo desde la universidad.

Entonces llegó el segundo descubrimiento.

El documento legal que Camila y yo habíamos firmado seis meses atrás establecía que, si alguno de nosotros moría en circunstancias sospechosas, sus participaciones de los viñedos quedarían bloqueadas hasta concluir una investigación independiente.

Rodrigo necesitaba aquellas acciones.

Por eso querían la cremación.

Sin cuerpo.

Sin autopsia.

Sin preguntas.

A las siete de la mañana bajé al salón.

Mi madre estaba hablando con la funeraria.

—La cremación será a las diez —decía.

Le quité el teléfono.

—No habrá cremación.

Teresa palideció.

Rodrigo apareció detrás de ella.

—¿Otra vez con esto?

Saqué el botón azul marino.

Lo dejé sobre la mesa.

Rodrigo dejó de respirar durante un instante.

—Camila murió sujetando esto.

Mi madre reaccionó inmediatamente.

—Puede pertenecer a cualquiera.

—Claro.

Miré el rasguño del cuello de mi hermano.

—Por eso quiero que la policía decida.

Teresa golpeó la mesa.

—¡No vas a destruir esta familia por una mujer muerta!

La miré.

—Camila era mi familia.

Entonces sonó el timbre.

Mi abogado había llegado acompañado por las autoridades correspondientes.

La expresión de Rodrigo se descompuso.

Pero mi madre hizo algo extraño.

Sonrió.

—Adelante —dijo—. Investiga todo lo que quieras.

Aquella tranquilidad me inquietó.

Hasta que mi teléfono vibró.

Era mi investigador.

“Julián, encontré el vehículo que trasladó a Camila.”

Debajo había una fotografía.

Una camioneta saliendo de nuestra propiedad la noche de su muerte.

Luego otro mensaje.

“No fue directamente a una funeraria.”

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme.

“Primero se detuvo en una clínica de maternidad a cuarenta kilómetros.”

Escribí inmediatamente:

“¿Por qué?”

La respuesta tardó unos segundos.

“Porque Camila llegó allí todavía embarazada.”

Tuve que apoyarme en la mesa.

Entonces llegó el último mensaje.

Y el mundo volvió a detenerse.

“Julián, tu madre mintió sobre el bebé.”

“Encontré un registro de nacimiento.”

“Nació vivo.”

Levanté lentamente la mirada hacia Teresa.

Ella seguía observándome.

—¿Dónde está mi hijo?

La sonrisa desapareció de su rostro.

Rodrigo retrocedió.

Y entonces comprendí que había estado investigando solamente la mitad del crimen.

Camila había muerto.

Pero nuestro hijo no.

Y alguien de mi propia familia se lo había llevado.

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