Durante dos días no recibí noticias de Evan.
No dormí.
No toqué el dinero.
Solo hice exactamente lo que me pidió.
Protegí lo que todavía estaba a mi nombre.
La “clave de propiedad original” era un término que no escuchaba desde hacía casi diecisiete años.
Cuando Gabriel y yo fundamos la empresa, el primer paquete de patentes, dominios y derechos de software quedó registrado bajo una sociedad técnica creada antes de que existieran inversores.
Después de que la compañía salió a bolsa, Gabriel dijo que aquella estructura ya no importaba.
Mentía.
Yo seguía siendo la titular original.
Y alguien acababa de recordarlo.
Mi abogada confirmó lo peor.
—Natalia, si Gabriel consigue que firmes una cesión, puede consolidar legalmente activos que ahora mismo están fuera de su control.
—¿Por eso me dejó la filial inútil?
—Probablemente quería que pensaras que no te quedaba nada.
Esa misma tarde, Mónica apareció en mi casa.
Traía flores.
Y una carpeta.
—Gabriel está preocupado por ti.
Sonreí.
—Qué considerado.
Se sentó frente a mí.
—Solo necesitamos una firma para cerrar unas cuestiones antiguas de propiedad intelectual.
Ahí estaba.
La trampa.
—¿Y si no firmo?
Su sonrisa cambió.
—Entonces podrías complicar el futuro de Evan.
La miré directamente.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una recomendación.
No firmé.
Tres días después, recibí otro mensaje de Evan.

“Ve al edificio viejo de la empresa. Planta B2. Taquilla 17.”
Fui sola.
Dentro encontré un disco duro, documentos impresos y una carta.
“Mamá:
Perdón por lo que te dije antes del viaje.
Tenía que hacer que papá cre