PARTE 2: EL HIJO QUE NO CONOCIÓ

A las seis terminé mi turno.

Guardé el resultado de mi embarazo en el bolso y llamé a Recursos Humanos.

—Quiero solicitar traslado al Hospital Central de Seattle.

Llevaban meses ofreciéndome una plaza.

Siempre la rechazaba por Adrián.

Esta vez acepté.

Después fui a casa.

Metí mi ropa en dos maletas, dejé el anillo de compromiso sobre la mesa y escribí una sola nota:

“Cuida bien de Olivia y de tu hijo.”

No mencioné el mío.

A las nueve, Adrián llegó.

Encontró la casa vacía.

Me llamó diecisiete veces.

No respondí.

Hasta que apareció frente al hospital.

—¡Elena!

Me alcanzó en el estacionamiento.

—¿Vas a terminar cinco años por una noche?

Lo miré.

—No. Los terminaste tú cuando tu amante llegó embarazada de siete semanas.

Palideció.

—Olivia y yo…

—No necesito explicaciones.

Me quité definitivamente el anillo.

—Eres libre.

Intentó sujetarme, pero retrocedí.

—No vuelvas a tocarme.

Entonces una enfermera salió corriendo.

—¡Doctor Hayes! Obstetricia lo está buscando. La señorita Laurent pregunta por usted.

Adrián cerró los ojos.

Y durante aquel segundo de duda entendí todo.

Sonreí.

—Ve. Ella te necesita.

Subí al taxi.

Tres semanas después estaba en Seattle.

Adrián descubrió mi embarazo dos meses más tarde.

Había ido a recoger unas pertenencias que olvidé en mi antiguo despacho.

Dentro del cajón encontró la ecografía.

Fecha del estudio:

Tres días antes de aquella noche en Urgencias.

Debajo, mi letra:

“Hoy voy a decirle a papá que existes.”

Adrián me llamó inmediatamente.

Esta vez contesté.

Durante varios segundos solo escuché su respiración.

—Elena… ¿estabas embarazada?

Miré mi vientre.

—Sí.

—¿Es mío?

—Biológicamente.

Su voz se quebró.

—Voy a Seattle.

—No.

—Es mi hijo.

—Y Olivia también esperaba uno tuyo cuando todavía eras mi prometido.

Silencio.

Entonces dijo algo que ya no importaba.

—Olivia me mintió.

Cerré los ojos.

Ahí estaba el giro que quizá meses atrás habría destruido mi mundo.

Ahora apenas consiguió cansarme.

—El embarazo no era mío —continuó—. La prueba de paternidad lo confirmó.

—Lo siento.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Adrián había corrido desesperadamente para proteger al hijo que creyó tener con Olivia.

Mientras tanto, había perdido la oportunidad de conocer al suyo.

—Elena, dame otra oportunidad.

—Ya te la di durante cinco años.

Colgué.

Después apoyé una mano sobre mi vientre.

No sentí victoria.

Solo paz.

Adrián finalmente descubrió quién era realmente el padre del bebé de Olivia.

Pero para entonces también comprendió algo mucho peor:

el único hijo que sí era suyo estaba creciendo lejos de él.

Y esta vez, yo no pensaba volver.

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