Todos miraron al niño.
Tendría unos cinco años. Se aferraba a la falda de la mujer mientras observaba el salón con unos ojos oscuros idénticos a los de Liang. Sin embargo, nadie prestaba atención a su parecido.
Todas las miradas estaban clavadas en el medallón que colgaba de su cuello.
Era una pequeña pieza de plata con forma de grulla. En el centro tenía una grieta fina que atravesaba una de las alas.
Yo conocía aquel defecto.
Había aparecido cuando, siendo niña, dejé caer el medallón sobre el suelo de piedra de nuestra cocina. Mi padre se había reído, lo había recogido y había dicho que las cosas verdaderamente valiosas no perdían su importancia por estar rotas.
Después desapareció.
Durante diecisiete años, mi madre y yo habíamos creído que se había marchado sin despedirse.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunté.
Mi voz apenas fue un susurro.
La mujer bajó la mirada hacia el niño.
—Se lo dio su abuelo.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Mi madre me sujetó por los hombros antes de que cayera.
—¿Qué has dicho? —preguntó ella.
La mujer levantó la cabeza. Tenía el rostro pálido y los ojos hinchados por el llanto.
—El padre de ella sigue vivo.
El salón entero pareció encogerse.
Mi madre dio un paso al frente.
—¿Quién eres?
—Me llamo Mei Lin.
—¿Cómo conoces a mi esposo?
Mei apretó los labios.
—Porque trabajé para él.
Liang reaccionó de inmediato.
—¡No la escuchen! Está confundida.
Mei se volvió hacia él con una mezcla de dolor y rabia.
—No estoy confundida. Tú fuiste quien me llevó hasta él.
Liang miró hacia la puerta.
Dos de mis tíos bloquearon su camino.
—Nadie se mueve —ordenó el mayor.
La señora Zhou comenzó a protestar.
—Esto es una locura. Esa mujer solo quiere dinero.
Mei soltó una risa amarga.
—Dinero fue precisamente lo que ustedes me prometieron.
El hombre del traje oscuro abrió la carpeta que llevaba consigo.
—Señorita Mei, ¿está dispuesta a declarar formalmente?
Ella miró al niño.
Después asintió.
—Sí.
Liang perdió el control.
—¡No sabes lo que estás haciendo!
—Lo sé perfectamente —respondió ella—. Durante cinco años te creí. Esperé mientras me decías que estabas construyendo un futuro para nuestro hijo. Pero hoy descubrí que ese futuro consistía en casarte con otra mujer, robarle a su familia y abandonarla.
El niño se estremeció.
Mei se arrodilló para abrazarlo.
—No tengas miedo, Jian.
El nombre me golpeó con una extraña familiaridad.
Mi padre había querido llamar Jian al hijo varón que nunca tuvo.
Miré a mi madre.
Ella también lo recordaba.
—¿Quién eligió ese nombre? —preguntó.
Mei respondió sin apartar los brazos del pequeño.
—Su abuelo.
Mi madre cerró los ojos.
Durante unos segundos, dejó de parecer la empresaria firme que había entrado acompañada por trabajadores y abogados. Volvió a ser la mujer que, durante años, esperaba cada noche el sonido de una puerta que nunca se abría.
—Llévame hasta él —dijo.
Mei negó con la cabeza.
—No puedo.
—Acabas de decir que está vivo.
—Lo está, pero nadie puede llegar hasta él sin permiso.
—¿Permiso de quién?
Mei miró a la señora Zhou.
El rostro de mi futura suegra cambió.
Mi madre lo vio.
—Tú lo sabes.
—No sé de qué están hablando —respondió la mujer.
—Mientes.
La señora Zhou retrocedió.
—Ese hombre abandonó a su familia. No tiene nada que ver con nosotros.
Mi madre se acercó hasta quedar frente a ella.
—Todavía no hemos dicho su nombre.
El silencio fue inmediato.
La señora Zhou comprendió su error demasiado tarde.
Uno de mis tíos tomó las fotografías de la mesa.
—Así que sí lo conoces.
—Hace muchos años que no lo veo.
—¿Cuántos?
—No lo recuerdo.
—¿Antes o después de que desapareciera? —pregunté.
Ella me miró con desprecio, pero ya no tenía la seguridad de antes.
—Tu padre hizo sus propias elecciones.
—¿Qué elecciones?
No respondió.
El hombre del traje sacó otro documento.
—Durante la investigación de los contratos encontramos movimientos financieros entre la fábrica Zhou y una empresa llamada Grulla del Norte.
Mi madre levantó lentamente la cabeza.
—Ese era el nombre que mi esposo quería poner a nuestro primer taller.
El abogado asintió.
—La sociedad fue creada seis meses después de su desaparición.
—¿Quién figura como propietario?
—Nadie de forma directa. Está registrada mediante varias empresas intermediarias.
—Pero el beneficiario final existe —dijo mi tío.
El abogado pasó una página.
—Sí. Un hombre llamado Guo Wei.
Mi madre se quedó inmóvil.
Ese era el nombre de mi padre.
La señora Zhou se dejó caer sobre una silla.
Liang apretó los puños.
Ya no podía fingir ignorancia.
—¿Dónde está? —exigí.
Mei me observó con cautela.
—En una residencia médica privada, a dos horas de aquí.
—¿Está enfermo?
—No exactamente.
La respuesta me produjo más miedo que cualquier explicación.
—Habla.
Mei tragó saliva.
—No puede recordar quién es.
Mi madre palideció.
—¿Qué le hicieron?
—Cuando lo conocí, ya tenía problemas de memoria. A veces recordaba fragmentos de su vida anterior. Hablaba de una esposa que cosía vestidos y de una hija que llevaba dos trenzas.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de mi madre.
Yo sentí un dolor intenso en el pecho.
Mi padre no nos había abandonado.
Había intentado recordarnos.
—¿Quién lo mantiene encerrado? —pregunté.
Mei miró de nuevo a la señora Zhou.
—Ella.
Mi madre giró tan rápido que la otra mujer se levantó asustada.
—Eso es falso —dijo la señora Zhou.
—Yo llevaba los medicamentos —continuó Mei—. Cada semana recibía instrucciones para aumentar las dosis cuando él comenzaba a recuperar recuerdos.
—¡Cállate! —gritó Liang.
El niño comenzó a llorar.
Mei lo abrazó con más fuerza.
—Tú también lo sabías.
Liang se abalanzó hacia ella, pero uno de mis tíos lo sujetó y lo empujó contra la mesa.
—Vuelve a acercarte y no necesitarás esperar a la policía.
La señora Zhou señaló a Mei.
—Ella es cómplice. No crean que es una víctima.
Mei bajó la mirada.
—Tiene razón.
Todos guardamos silencio.
—Yo trabajaba como auxiliar en la residencia —confesó—. Sabía que los medicamentos no coincidían con su diagnóstico. Pero necesitaba el dinero.
—¿Y Liang? —pregunté.
—Fue allí para hablar con su madre. Nos conocimos hace seis años.
Mei miró al hombre que había amado.
—Me prometió que sacaría al señor Guo de aquel lugar. Dijo que necesitaba pruebas y acceso a las cuentas familiares. Después nació Jian.
La señora Zhou se llevó una mano al pecho.
—Ese niño no pertenece a nuestra familia.
Liang bajó la cabeza.
Su silencio confirmó lo contrario.
Mei continuó:
—Cuando su madre descubrió al niño, propuso un acuerdo. Si yo guardaba silencio, cubriría nuestros gastos. Liang debía casarse con la hija de Guo Wei para acceder legalmente a la empresa textil.
Mi madre entendió antes que yo.
—Querían controlar las dos compañías.
—La fábrica de alimentos y la empresa textil —dijo el abogado—. Ambas fueron financiadas originalmente con capital del señor Guo.
La señora Zhou golpeó la mesa.
—¡Nosotros construimos esa fábrica!
—Sobre terrenos adquiridos por él —respondió mi tío—. Con máquinas pagadas desde su empresa y préstamos garantizados con sus propiedades.
—Nos debía ese dinero.
Mi madre la miró con una frialdad que jamás le había visto.
—¿Por qué?
La mujer apretó los dientes.
—Porque prometió casarse conmigo.
Sentí que una nueva traición se abría ante nosotros.
Mi madre quedó en silencio.
—Antes de conocerte —añadió la señora Zhou—, Guo Wei y yo estábamos comprometidos. Nuestras familias habían acordado la unión. Pero él te eligió a ti. A una costurera sin apellido ni fortuna.
Mi madre no apartó la mirada.
—Así que lo castigaste.
—Recuperé lo que me pertenecía.
—Una persona no te pertenece.
—Él destruyó mi vida.
—Y tú destruiste la suya.
La señora Zhou sonrió con amargura.
—No pretendía que perdiera la memoria.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
Ella miró hacia Liang, como si buscara ayuda.
Él no levantó la cabeza.
—La noche de su desaparición —continuó la mujer—, solo quería obligarlo a firmar la cesión de una parte de la empresa. Discutimos. Intentó marcharse y cayó por las escaleras.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—¿Pediste ayuda?
La señora Zhou tardó demasiado en responder.
—Habrían pensado que yo lo había empujado.
—¿Lo empujaste?
—Fue un accidente.
—¿Lo empujaste? —repitió mi madre.
—Solo intenté detenerlo.
El salón estalló en murmullos.
—Después de la caída —dijo Mei—, lo trasladaron a una clínica propiedad de un primo de la familia Zhou. Falsificaron documentos y anunciaron que había viajado al extranjero.
—¿Por qué no lo mataron? —pregunté.
La señora Zhou me miró.
—Porque necesitábamos su firma.
La crueldad de aquella respuesta me dejó sin palabras.
Durante años habían mantenido vivo a mi padre únicamente para utilizarlo.
Mi madre dio un paso hacia ella.
Uno de mis tíos intentó detenerla, pero ella levantó una mano.
No gritó.
No la golpeó.
Solo señaló el cuenco de comida para cerdos que aún permanecía sobre la mesa.
—Querías obligar a mi hija a arrodillarse porque creías que no tenía a nadie que la defendiera.
La señora Zhou retrocedió.
—Ya me disculpé.
—No. Intentaste convertir una humillación en una broma cuando descubriste quiénes éramos.
Mi madre se acercó al cuenco y lo empujó lentamente hacia ella.
—Míralo bien. Esto era lo que pensabas que valía mi hija.
—No pienso comerlo.
—Ella tampoco.
Mi madre dejó caer el contenido sobre los contratos falsificados.
Los papeles quedaron cubiertos de restos podridos.
—Y esto es lo único que recibirás de nuestra familia.
En ese momento, las sirenas se escucharon frente a la vivienda.
Liang forcejeó con mi tío.
—¡Tenemos que salir de aquí!
La señora Zhou corrió hacia una puerta lateral, pero varios trabajadores se colocaron delante.
Los agentes entraron acompañados por una mujer de cabello gris que llevaba una credencial médica.
—Buscamos a la señora Zhou y a su hijo —anunció uno de ellos—. Están siendo investigados por fraude, amenazas y posible privación ilegal de libertad.
La mujer mostró una carpeta.
—Soy la doctora Shen. Dirijo la residencia donde se encuentra el señor Guo Wei.
Mei la miró con horror.
—Usted sabía lo que le hacían.
La doctora ignoró la acusación y se dirigió a mi madre.

—Su esposo tuvo una crisis hace una hora.
Mi madre corrió hacia ella.
—¿Está vivo?
—Sí. Pero comenzó a repetir un nombre.
—¿Cuál?
La doctora me miró.
—El de su hija.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Dijo mi nombre?
—No exactamente.
Sacó de la carpeta una hoja escrita con trazos temblorosos.
En ella aparecía una frase repetida varias veces:
“Protejan a mi verdadera hija antes de que los Zhou descubran que cambiaron a las niñas.”
Mi madre tomó el papel.
—¿Qué significa esto?
La doctora bajó la voz.
—El señor Guo recuperó un recuerdo de la noche en que usted dio a luz.
Miró hacia Mei y después hacia el niño.
—Según él, la familia Zhou sustituyó a dos recién nacidas en el hospital.
El salón quedó completamente en silencio.
Yo observé a mi madre.
Ella me miró como si temiera perderme de nuevo.
La doctora continuó:
—Antes de venir, solicité una revisión de los registros antiguos. Encontramos una inconsistencia en los brazaletes de identificación.
—¿Está diciendo que ella no es mi hija? —preguntó mi madre.
—Todavía no puedo afirmar nada sin una prueba genética.
La señora Zhou comenzó a reír.
No era una risa de alivio.
Era la risa desesperada de alguien cuyo último secreto acababa de salir a la luz.
—Ahora lo entiendes —dijo mirando a mi madre—. Tu hija verdadera nunca creció contigo.
Mi madre se volvió lentamente hacia ella.
—¿Dónde está?
La mujer miró a Mei.
Después dirigió la vista hacia el niño que llevaba el medallón de mi padre.
—Pregúntale a la madre de ese pequeño quién es realmente.
Mei palideció.
—No…
Yo me acerqué.
—¿Quién eres?
Ella retrocedió con lágrimas en los ojos.
—Nunca quise que te enteraras de esta manera.
—Contéstame.
Mei miró a mi madre.
Su voz se quebró.
—Mi nombre no es Mei Lin.
Sacó de su bolso una fotografía antigua.
En ella aparecía mi madre en el hospital sosteniendo a una recién nacida. En el reverso había una fecha y una pequeña mancha roja en una esquina.
La misma mancha de nacimiento que Mei tenía detrás de la oreja.
—Me llamo Guo Meilin —confesó—. Y creo que soy la hija que les robaron aquella noche.