—¿Qué quiso decir? —repitió Gabriel.
Sophie apretó la carpeta contra su pecho.
—Nada. Está intentando destruir nuestra felicidad.
Pero Gabriel ya había visto su miedo.
Esa misma semana se hizo las pruebas.
El resultado fue definitivo.
La condición que le habían diagnosticado años atrás seguía presente.
Gabriel no podía ser el padre del bebé.
Cuando enfrentó a Sophie, ella terminó confesándolo todo.
El verdadero padre era un ejecutivo del Grupo Montfort con quien llevaba meses manteniendo una relación.
El embarazo había sido su oportunidad.
Sabía cuánto deseaba la familia Montfort un heredero y creyó que Gabriel jamás cuestionaría que el niño fuera suyo.
Pero Sophie había cometido otro error.
Había convencido a Gabriel de incluir en el divorcio la renuncia de Isabella al Grupo Montfort.
Aquello llevó a los abogados a revisar la estructura accionarial completa.
Y entonces apareció la verdad que Gabriel jamás había conocido.
Isabella poseía el 32 %.
Su familia, mediante otro fondo, controlaba un 19 % adicional.
Juntos tenían la mayoría.
Tres semanas después, Gabriel entró en una reunión extraordinaria del consejo.
Isabella estaba sentada en la cabecera.
—¿Qué haces ahí? —preguntó.
Ella levantó la mirada.
—Protegiendo mi inversión.
La votación duró menos de veinte minutos.
Gabriel fue destituido como director ejecutivo.
Sophie perdió inmediatamente el puesto que él le había conseguido.
Y cuando la familia Montfort intentó recuperar el control, descubrió que la deuda que mantenía vivo al grupo también estaba vinculada a empresas de la familia Laurent.
Gabriel apareció aquella noche frente a la casa de Isabella.
—Cometí un error.
Ella negó lentamente.
—No perdiste todo porque me dejaras.
—Entonces ¿por qué?
—Porque durante ocho años nunca te preocupaste por saber quién era la mujer que tenías a tu lado.
Gabriel bajó la cabeza.
Había perdido su matrimonio.
Su amante.

El supuesto heredero.
Y el control de la empresa que llevaba su apellido.
Isabella cerró la puerta.
Por primera vez en ocho años, no era la esposa de Gabriel Montfort.
Era simplemente Isabella Laurent.
Y resultó que ese nombre siempre había valido mucho más de lo que él imaginaba.