PARTE 2: EL HEREDERO DESPIERTO

No respondí a Julián.

Me limité a dar un paso atrás.

Él recorrió la habitación con la mirada.

Primero a mí.

Después a Alejandro.

Finalmente al monitor cardíaco.

—Mi abuela quiere hablar contigo.

Sonrió con aparente tranquilidad.

—Será mejor que bajes.

Asentí.

Antes de salir, miré por última vez a mi esposo.

Seguía inmóvil.

Como si jamás hubiera abierto los ojos.

Pero ya conocía la verdad.

No estaba dormido.

Estaba fingiendo.


Doña Victoria me esperaba en la biblioteca.

Cerró la puerta antes de hablar.

—¿Cómo fue tu primera noche?

La observé con atención.

Aquella pregunta no era casual.

Quería medir mi reacción.

—Tranquila.

Ella sostuvo mi mirada durante varios segundos.

—¿Alejandro mostró algún cambio?

Negué lentamente.

—Ninguno.

Su expresión no reveló alivio.

Tampoco decepción.

Solo dijo:

—Puedes retirarte.

Cuando estaba por salir, añadió una frase que me hizo detenerme.

—En esta casa…

La gente vive más tiempo cuando aprende a guardar silencio.


Aquella noche regresé a la habitación.

Esperé.

Una hora.

Dos.

Cuando el reloj marcó las dos y diecisiete de la madrugada, escuché un susurro.

—¿La puerta está cerrada?

Era la voz de Alejandro.

Abrí los ojos de golpe.

Él seguía acostado.

Pero esta vez no fingía.

Sus ojos grises estaban abiertos.

Completamente despiertos.

Corrí hasta la puerta.

Eché el seguro.

Volví junto a la cama.

—¿Puedes hablar?

Asintió apenas.

—Baja la voz.

Me incliné sobre él.

—¿Desde cuándo estás consciente?

—Cinco meses.

Sentí un escalofrío.

—¿Cinco meses?

Él cerró los ojos unos segundos.

—Si descubren que desperté…

No llegaré vivo al amanecer.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Quién?

Alejandro dirigió lentamente la mirada hacia la puerta.

—No confíes en nadie.

Ni siquiera en mi abuela.

Aquellas palabras me dejaron inmóvil.

—¿Ella también?

No respondió directamente.

—En esta familia todos protegen algo.

Y todos esconden algo.

Respiraba con dificultad.

Todavía estaba demasiado débil.

—¿Qué ocurrió el día del accidente?

Sus ojos cambiaron.

Por primera vez apareció miedo.

—No fue un accidente.

Antes de que pudiera preguntar más, escuchamos pasos en el pasillo.

Alejandro volvió a cerrar los ojos.

Su mano soltó la mía.

Recuperó exactamente la misma postura de los últimos nueve meses.

Tres golpes sonaron en la puerta.

Entró Marisol, la enfermera.

Traía la bandeja con los medicamentos.

Se acercó a la cama.

Mientras preparaba la inyección, observé discretamente la etiqueta.

No era el medicamento que aparecía en el expediente.

Alejandro abrió apenas los dedos.

Sin que Marisol pudiera verlo, escribió una sola palabra sobre mi palma con la yema del índice.

NO.

Sentí que el corazón se aceleraba.

Marisol levantó la jeringa.

—Hora de su tratamiento.

Se acercó al brazo de Alejandro.

Entonces vi algo que me heló la sangre.

En el bolsillo de su uniforme sobresalía una fotografía.

Era una imagen tomada esa misma tarde.

Yo aparecía entrando a la biblioteca con doña Victoria.

En el reverso alguien había escrito a mano:

“Si la nueva esposa descubre que Alejandro está consciente, elimínenla primero a ella.”

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