PARTE 2: EL HALCÓN NO HA MUERTO

A las cinco en punto, encontré a Evelyn esperándome junto a la ventana.

Sobre sus rodillas había una fotografía.

Dos muchachos sonreían junto a un embarcadero. Reconocí a Ronan enseguida.

El otro tenía los ojos de mi hija.

Evelyn señaló su rostro y después mi tatuaje.

«Adrian».

Sentí que cuatro años de silencio se me cerraban alrededor de la garganta.

—No puedo —susurré.

Ella levantó las manos.

«Él te enseñó nuestra respuesta. Ahora dime qué pasó».

Miré la puerta.

Adrian me había hecho prometer que llevaría un mensaje a su madre. Después llegaron los hombres que registraron nuestro apartamento, la noticia de su muerte y los documentos con mi nuevo apellido.

Había huido con Poppy antes de entender en quién podía confiar.

Mis dedos comenzaron a moverse.

«La noche del incendio, él regresó al embarcadero».

Evelyn apretó la fotografía.

«¿Estabas allí?».

Asentí.

Todavía recordaba el olor a combustible y la sangre empapando la manga de Adrian.

«Me dio una llave. Dijo que encontrarías lo necesario debajo del halcón».

Evelyn miró hacia un pequeño cuadro colgado junto a su cama.

Un halcón sobre un bosque nevado.

Me acerqué y lo aparté. Detrás había una cerradura.

—La llave está en casa —dije—. La he guardado todos estos años.

—Entonces iremos a buscarla.

Ronan estaba en el umbral.

No sabía cuánto había visto.

Entró despacio, mirando primero el cuadro y después a su madre.

—¿Qué sabes de mi hermano?

Ya no podía ofrecerle otra mentira.

—Me pidió que protegiera a alguien.

—¿A quién?

El teléfono vibró en mi bolsillo.

Era el conductor que debía llevarme a casa.

Contesté con las manos heladas.

—Estoy frente a su edificio —dijo—. Una vecina tiene a su hija. Dice que un hombre vino a recogerla del autobús, pero Poppy se negó a acompañarlo.

Me apoyé contra la pared.

—¿Está bien?

—Sí. Estoy con ellas.

Ronan extendió la mano.

—Dame el teléfono.

Mientras hablaba con el conductor, Evelyn me sujetó los dedos.

«¿La niña es de Adrian?».

Las lágrimas me impidieron responder con palabras.

Asentí.

Ronan terminó la llamada justo a tiempo para verlo.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Después Evelyn señaló la cerradura detrás del cuadro.

Sus manos temblaban, pero el mensaje fue inequívoco.

«Ábrela antes de que sepan que su hija está aquí».

Miré a Ronan.

—Adrian me dijo algo más aquella noche.

—Dímelo.

—Que no hubo ningún accidente.

Su expresión se endureció.

—¿Quién dio la orden?

Bajé los ojos hacia la fotografía que Evelyn todavía sostenía.

En una esquina aparecía un tercer hombre, casi fuera del encuadre.

El mismo que me había recibido en las puertas de Raven Hill aquella mañana.

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